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Hubert Poppel: La novela policiaca en Colombia


Hubert Poppel. La novela policíaca en Colombia

Aclaraciones terminológicas - Sicarios, la nueva violencia y la novela negra - Gonzalo España y las perspectivas de la novela policíaca en Colombia - Resúmenes de textos policíacos colombianos, en orden cronológico


Gonzalo España y las perspectivas de la novela policíaca en Colombia

D espués de haber recorrido los caminos que nos llevaron a los márgenes y confines del género negro, es justo de­dicarles este capítulo a los autores que en los últimos años han trabajado por una recepción creativa de la novela policíaca y en cuyas obras no surge la pregunta: ¿Pertenecen o no al géne­ro negro? , sino esa otra: ¿Cómo transforman los esquemas y las propuestas en el contexto colombiano?

La modelo asesinada, de áscar Collazos (1999), exagera un poco el aspecto de la contextualización. En su afán de escribir una novela policíaca política dentro del marco de la metrópo­lis, Collazos cayó en la tentación de llenarla con todos los problemas de la Bogotá y Colombia actual. De esta manera, su novela -que no está mal enfocada, planteada y realizada ­sufre parcialmente del defecto de una acumulación absoluta­mente innecesaria de datos, informaciones, problemas y te­mas. Mucho más equilibrado en este sentido es Santiago Gamboa ( 1997), con su Perder es cuestión de método. El tema de la corrupción en todas las capas de la sociedad y en todas las instituciones, lo trata de manera que la red de relaciones entre los personajes nunca pierde la conexión con la trama policía­ca. Incluso los elementos que a primera vista parecen ser me­ros desvíos -las hemorroides del periodista Silanpa, su forma particular de ejercer su segunda profesión de detective priva do y sus visitas a la casa de reposo donde habla con el otro "detective", quien lentamente se acerca a la realidad leyendo viejos periódicos, o la extraña narración del policía que cuenta su socialización como ejemplar servidor del Estado con ansias de comer y, finalmente, ansias de mucho dinero-, se convier­ten en piezas claves para la lectura de la novela.

También Luís Aguilera ( 1996), con Fulanitos de tal, zutanitas de tul, y Juan Carlos Rubiano ( 1996 ), con Tres exóticas aventuras de Ray López -detective privado-, eligen a Bogotá como esce­nario para sus novelas (en el caso de Rubiano se trata de tres cuentos). Pero aspectos como crítica social o cuestionamiento de estructuras político-económicas, que prevalecen en Collazos y Gamboa, son relegados en ellas a un segundo plano. Tanto Aguilera como Rubiano muestran un placer indomado para fabular. Se ubican dentro del esquema policiaco, pero la meta de la verosimilitud del plot no les interesa. Por el contrario, los casos fantásticos o mágico-realistas (¡en Bogotá!) que resuelve Ray López y la imagen del aparato judicial inepto que pinta con todos los colores Aguilera, no sirven sino de trasfondo para complejos juegos con el lenguaje. Contextualización del género negro significa en ambos autores un encuentro de múltiples códigos discursivos (el de la novela policíaca, el lenguaje jurí­dico, el dialecto de Bogotá, distintos sociolectos y otros más) que, en su empleo exagerado, se parodian el uno al otro. De estos procedimientos resultan, en textos totalmente distintos en lo que se refiere a tema, función del detective y de la investigación, solución, narrador, etc., dos libros que interpretan la novela policíaca en primer lugar como divertimento y entrete­nimiento, y solamente en segundo lugar como vehículo para un mensaje, sea este de tipo político, ético o estético (1).

Octavio Escobar (1995) y Carmen Victoria Muñoz (1996) salen, con Saide y Un gato en el acuario, de la capital para insta­lar sus historias en Buenaventura y Cartagena, respectivamen­te. Ambos autores eligen el tema del narcotráfico como trasfondo de sus obras, pero la " ciudad pequeña" (Muñoz, 1996: 9) permite cierta distancia de los grandes conflictos que sacu­den al país, de manera que los textos no se convierten en nove­las sobre la mafia, sino que mantienen su status de novelas policíacas, con la mafia como un actor entre otros. Felo Montana, el investigador privado de Muñoz, personaje confi­gurado claramente según los modelos del hard-boiled, se mueve en Cartagena como los peces en su acuario, hasta que el caso de un esposo desaparecido lo confronta con situaciones que le salen de la mano. Ante las alternativas de hacer desembocar la narración en la lucha del héroe contra las fuerzas oscuras, o bien en discusiones explícitas sobre causas y efectos del narcotráfico, de la política actual, de la falta de un sistema judicial eficiente, etc., la breve novela reafirma constantemen­te su vínculo al esquema seleccionado del género negro. El resultado es una transformación realmente lograda de la tradi­ción de Hammett y Chandler en el ambiente colombiano con­temporáneo. Escobar, por su parte, renuncia a un modelo füo. Su narrador-investigador no es un detective privado con su código específico (de hablar, de actuar, de coordinar su actuar con la ética profesional, etc.), sino un hombre normal que se enamora de Saide y, después de la muerte de ella, comienza con sus pesquisas. En este caso, son las relaciones personales en las cuales se centra la narración las que subvierten la ten­dencia del texto hacia una novela de crímenes o de violencia. Contrario a las propuestas de Vallejo (La virgen de los sicarios ), Franco Ramos (Rosario Tijeras ) o Collazos (Morir con papá), esas relaciones personales no constituyen el punto de partida para una reflexión sobre una sociedad que se hunde en el crimen, sino que llaman la atención sobre culpabilidades individuales (en este caso, el médico que mata al amante de Saide por celos) que complementan los crímenes a nivel estructural y se entre­lazan con ellos.

Dos aspectos tienen en común estos autores, para no hacer extensiva esta afirmación a casi todas las novelas policíacas que surgieron en los últimos años en Colombia. Por un lado, ellos dejan fracasar a sus detectives en por lo menos un punto, ten­ga éste que ver con la investigación o con su vida privada. La meta que se proponen no puede ser, por ende, la de entregarle al lector, con el final de la novela, un mundo ficcional ordena­do. Por otro, las incursiones de ellos en el género negro cons­tituyen casos singulares dentro de su obra (2).

En este segundo punto, Gonzalo España se diferencia de sus colegas. En 1995, el autor santanderiano publicó, con Implicaciones de una fuga síquica, la primera novela con el fiscal Salomón Ventura, quien sacrifica su matrimonio y la vida ruti­naria de Bogotá para combatir la impunidad en Alcandora, un puerto fluvial petrolero perdido en la selva. La segunda aven­tura del fiscal y del grupo de personajes alrededor de él, La canción de la flor, apareció en 1996; y, finalmente, en 1999 se estableció con la tercera novela, Un crimen al dente, y con la reedición de la primera, ligeramente cambiada y con el título Mustios pelos de muerto, la serie del fiscal Ventura.

Para los aficionados al género negro, una serie bien logra­da significa la consolidación de un proyecto narrativo que ofre­ce, para el público lector, un proceso de familiarización con el ambiente, con los personajes y con la propuesta estética; para el autor, por su parte, la serie permite una elaboración mucho más consistente y cronológicamente más extensa de la segun­da historia que se independiza, de esta manera, de un caso singular y específico, para dar lugar a la construcción de un mundo de vida ficcional más amplio.

Ya en los fundadores del género, Poe y Conan Doyle, se puede apreciar esa tendencia, y en todo el mundo ya lo largo de todo el siglo XX son, con muy contadas excepciones, los detectives e investigadores que aparecen en tres o más novelas los que entran en las historias de la literatura (Maigret, Lord Peter Wimsey, Hercule Poirot, Miss Marple, etc.). En América Latina, sorprendentemente, echamos todavía de menos esas series de un autor que ofrecen al público lector la posibilidad de acostumbrarse a la largo de los años a cierta atmósfera, a un estilo propio de escritura, a las capacidades y defectos que ca­racterizan a los personajes y, por qué no, al mensaje que llevan explícita o implícitamente las novelas. Las historias sobre el detective quizá más famoso de América Latina, don Isidro Parodi, no pueden cumplir con esos criterios, porque Borges y Bioy Casares las concibieron como colección de cuentos y no como entregas sucesivas de novelas que, por su extensión, per­miten y exigen esos elementos narrativos que le dan coheren­cia a una serie más allá de la trama policíaca. En el segundo país con una producción bastante amplia del género negro, Brasil, el diagnóstico es parecido. En los años setenta, por ejemplo, María Alicia Barroso ubicó dos novelas policíacas en su Macondo (que se llama, en este caso, Parada de Deus), pero ambas dependen demasiado de la gran saga familiar de Um nome para matar (1967) como para lograr separarse de esa som­bra. En Rubem Fonseca tenemos una tendencia, especialmen­te en su penúltima obra E do meio do mundo prostituto só amores guardei ao meu charuto (1997), de reinsertar en nuevos textos personajes ya conocidos de otros; pero esa técnica no lleva realmente a la constitución de un verdadero ciclo. Tampoco en Vargas Llosa, con su "detective" Lituma, se puede hablar de una serie, pues él implementa conscientemente inconsistencias temporales y en la caracterización del personaje desde La casa verde (que, además, no es novela policíaca) y ¿Quién mató a Palomino Molero ? hasta Lituma en los Andes, que impiden que se concretice algo como una coherencia. Queda, entonces, la es­peranza de que los nuevos autores policíacos chilenos, argenti­nos o cubanos emprendan el camino hacia una serie. Hasta que ello ocurra, tenemos que contentarnos los aficionados de la novela policíaca latinoamericana y amantes de las series, con el detective privado mexicano Héctor Belascoarán, héroe o anti-héroe de Paco Ignacio Taibo II.

Gonzalo España eligió como escenario de los casos de su fiscal, la ciudad Alcandora, la cual, por cierto, tiene muchos rasgos de Barrancabermeja. Pero, al mismo tiempo, le deja al autor todas las posibilidades para crear su mundo ficcional. Con la institucionalización de las fiscalías, Salomón Ventura decide ponerse al servicio de la justicia, en este lugar que antes tenía importancia por su puerto, pero que ahora no ofrece sino un aspecto desolador. Su esposa no aguanta ni el clima ni el tedio y regresa a Bogotá. Muy pronto el entusiasmo del soña­dor Ventura choca contra la realidad del sistema judicial. La policía no dispone ni siquiera de los medios técnicos más ele­mentales. Cualquier examen de laboratorio va a la capital Mayolis para regresar con el resultado, si es que regresa, meses después. Sus intentos de enseñarle al inspector Mondragón algunos conocimientos básicos sobre procedimientos legales en el trabajo, progresan muy lentamente. Nunca consigue que el secretario ad hoc, el responsable de los protocolos de todos los crímenes y todos los levantamientos, deje de mostrar su vocación literaria en los documentos oficiales. Tampoco logra conseguir un fotógrafo oficial, de modo que el reportero del periódico local se encarga de tomar las fotos de los cadáveres, para publicar invariablemente una copia en la próxima edi­ción del diario. A este curioso pandemónium de ayudantes de investigación, se juntan el asistente del médico legista, el carro maloliente del inspector; las cada día nuevas flores de la secre­taria que está profundamente enamorada de su jefe y el joven abogado Laurentino Cristófor con su brazo paralizado.

Lo que a primera vista parece una constelación demasiado caricaturesca y que de hecho le ayuda a España para introducir elementos cómicos o sarcásticos, no es solamente una referen­cia literaria a grupos de personajes en otras series de novelas policíacas o a los esplines de otros detectives de la historia, sino, ante todo, un reflejo de la realidad abstrusa y absurda que Ventura tiene que afrontar. En una situación donde el cri­men y la muerte abundan, donde nadie tiene interés en que los crímenes se aclaren, donde hasta los chivos expiatorios que la policía coge no quieren o no pueden colaborar, donde los asesinatos centrales de las novelas pierden sucesivamente su importancia ante otras y más sutiles infracciones de la ley, allí no sorprende que el centro del interés de la novela lentamente se aleje de la investigación detectivesca. Este centro lo ocupan la atmósfera de la ciudad, la creciente soledad del fiscal y el mismo sistema judicial. Las actividades de Ventura para develar los misterios se desgastan en el molino burocrático y en esa red que constituye el mundo de Alcandora que él no conoce.

En la medida en que las investigaciones oficiales se disper­san y desaparecen, surge el abogado Cristófor como detective. Las soluciones a las cuales él llega, no son, sin embargo, las que caracterizan a las novelas policíacas tradicionales. Dema­siado sabe o intuye ya el lector como para dejarse sorprender. y la gran escena del descubrimiento del culpable en cada una de las novelas lleva en sí demasiado de lo cómico, sarcástico y absurdo de la realidad, como para permitir leerla a la manera de las reconstrucciones de loS crímenes que suele escenificar un Hercule Poirot.

Pero no se puede hablar de las tres novelas como meras farsas. Todo lo contrario: especialmente la tercera de la serie, Un crimen al denle (1999) descubre en el recorrer de la lectura y en la mención explícita de Los crimenes de la calle Morgue, la intención de España de llegar a una reescritura, actualizada y en el contexto colombiano-latinoamericano, del texto de Edgar Allan Poe, que cuenta generalmente como iniciador del géne­ro negro. Mortunadamente, casi siempre logra obtener el equi­librio entre loS elementos que caracterizan, por ende, su serie: parodia, humor (negro), escenas cómicas y la discusión de pro­blemas socio-políticos actuales.

Lo que ofrece Gonzalo España en el concierto de propues­tas de una escritura actual de la nueva novela policíaca en América Latina es, por un lado, un provincialismo marcado, o sea un provincialismo no entendido como un concepto nega­tivo, ni mucho menos, sino una seria búsqueda de las raíces de loS problemas de Colombia. España utiliza el género negro como vehículo para una reflexión profunda sobre el estado de las cosas en su país y sobre su identidad. En este sentido, está bastante cercano de, por un lado, Vázquez Montalbán, con su propuesta de la investigación histórica a través de la novela po­licíaca; por otro, de Borges y Bioy Casares, con su parodia con don Isidro Parodi, quienes indagan en la identidad argentina. El segundo elemento de Gonzalo España lo vincula a un movimiento amplio en América Latina, que pone en el centro del interés de una novela policíaca la reelaboración de la tradi­ción (o sea, los aspectos de autorreflexividad o metaficcionalidad, y la intertextualidad). En Un crimen al denle (1999), donde reescribe el cuento de Poe y lo traslada a la realidad colombiana, España realmente traduce, hace suyo el cuento, lo cuenta nuevo en el contexto de un idioma, una cultura, una época diferente. Vinculada esta propuesta narrativa al aspecto del regionalismo pronunciado, las novelas de España evitan el pe­ligro de desviarse-hacia un costumbrismo policiaco-paródico; por el contrario, esa mezcla específica incluye en sí todo para conseguir significado universal. Desde los márgenes, desde un pueblo perdido en algún rincón de un país no tan importante en la época de la globalización, se logra poner en diálogo la línea horizontal-diacrónica de la tradición del género, con la vertical-sincrónica de los desarrollos actuales en el mundo, que interfieren incluso en este lugar cerrado y supuestamente aleja­do de toda civilización. El sueño del fiscal Ventura es instalar allí la justicia. Y aunque él por lo general fracasa, se convierte, junto con el abogado Cristófor -quien realmente soluciona los casos-, en la utopía de una posible Ilustración. Desafortunadamente, falta todavía un elemento importante para hacer de las novelas de España una serie que obtenga la merecida atención por parte del público lector. Se trata del pro­blema de la publicación y la distribución. Implicaciones de una fuga sú¡uica ( 1995a) se publicó en una editorial de Bucaramanga, como primer tomo de la colección Fiscalía Delegada. Pero este intento de establecer la serie fracasó, obviamente, ya que con La canción de la flor (1996) se presenta de nuevo una colección, con el nombre Las novelas del fiscal, en la editorial Panamericana de Bogotá. Para Un crimen al dente y la nueva edición del primer libro (Mustios pelos de muerto ), España tuvo que recurrir otra vez a una editorial de Bucaramanga, con el deplorable resultado que los esfuerzos del autor se pierden en la semiclandestinidad del mercado de libros.

Hasta que no se encuentre una editorial con la voluntad de asumir el reto de la novela policíaca colombiana y con una estrategia de difusión realmente nacional, es de temer que el género negro siga quedando al margen del mercado literario en Colombia, que los aficionados también en el futuro necesi­tarán cualidades de detectives para conseguirlos y que el gran número de posibles compradores de novelas policíacas colom­bianas tendrán que contentarse con uno que otro ejemplar que aparece en una que otra librería. El que existe un mercado para el género negro, lo comprueba la creciente oferta de textos extranjeros. El que existe una producción colombiana de bue­na calidad, ya lo han comprobado los autores en los últimos años. Lo que falta es un proyecto editorial que junte las dos tendencias, para el bien de los aficionados al género negro en Colombia, para el bien de las letras en Colombia y para hacer justicia a Gonzalo España y sus colegas.

 

1 Este último capítulo se limita a invitar a la lectura de las novelas; por ¡o tanto, nos permitimos utilizar conceptos o descripciones que normal­mente requieren de una aclaración más amplia. Indudablemente, el trabajo con códigos lingüísticos-idiomáticos y la referencia al género negro constituyen de por sí mensajes estéticos; de igual manera, la selección de discursos jurídicos implica una reflexión política. Pero aquí presentamos la impresión que da la primera lectura, y en ambos casos se trata de una lectura primordialmente agradable y divertida, sin que esto quiera decir que los textos se agoten con ello, ni que los demás libros no tengan el aspecto de entretenimiento.

2 Esta afirmación vale incluso para autores como Collazos y Espinosa, puesto que cada novela policíaca de ellos propone un nuevo procedimiento.

 

 


Hubert Poppel. La novela policíaca en Colombia

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