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Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad en la novela colombiana. Narrativa colombiana de fin de siglo - Metaficción en la novela colombiana

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Luz Mery Giraldo B.
Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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Raymond L. Williams
Novela y poder en Colombia - Posmodernidades latinoamericanas: La novela posmoderna.

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Bodgan Piotrowsky
La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea

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Carmenza Kline
Apuntes sobre literatura colombiana -comp.-

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Peter G. Earle
Grabriel García Márquez

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Angel Rama
La narrativa de Gabriel García Márquez. Edificación de un arte nacional y popular

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William Rowe
García Márquez: La máquina de la Historia

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Rubén Jaramillo Vélez
La postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia - Tolerancia e ilustración

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Treinta años después
Ponencias del IX Congreso Nacional de Literatura, Linguística y Semiótica

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Héctor H. Orjuela
El desierto prodigioso y prodigio del desierto" de Pedro Solís y Valenzuela. Primera novela hispanoamericana.

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Augusto Escobar
La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria?

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María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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María Helena Rueda
La violencia desde la palabra


Bodgan Piotrowsky: La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea


Obras seleccionadas dentro del contexto literario y nacional

Antes de presentar nuestras consideraciones sobre las obras seleccionadas, pensamos ubicarlas dentro del marco de la literatura y la sociedad colombiana y su historia. Pondremos igualmente atención a ciertos aspectos terminológicos y teórico-literarios.

Para escribir La marquesa de Yolombó, el maestro antioqueño se preparó y reunió datos durante cerca de sesenta anos, cosa que podemos constatar con base en una carta dirigida por el autor a Ricardo Moreno Uribe, del día 7 de mayo de 1939. Como lo indica el manuscrito, la novela fue concluida en enero 19 de 1926. Por primera vez apareció como folletines del diario Colombia, de Medellin, desde el 7 de junio de 1926 (número 1264) hasta el 9 de febrero de 1927 (número 1463). En forma de libro fue publicada por la Tipografía Industrial, de la misma ciudad, el 30 de abril de 1928.

Las opiniones de los críticos discrepan en cuanto a la corriente o escuela literaria donde se debe colocar al autor de La marquesa de Yolombó. Algunos, como por ejemplo Carlos Garcia Prada1, demuestran influencias del realismo y especialmente el de las novelas de H. Balzac, G. Flaubert, G. de Maupassant, C. Dickens, W. M. Thackeray, L. Tolstoi y F. M. Dostoievski. Apuntemos que incluso el nombre de Flaubert aparece en la novela que vamos a estudiar2. En otro escrito, Homilía N9 2, Tomás Carrasquilla expresa su admiración por V. Blasco Ibáiíez, C. Dickens y, sobre todo, por R. M. del Valle-Inclán 3. En la Historia de la literatura española de Valbuena Prat y Del Saz, la prosa de T. Carrasquilla está concebida como realista y naturalista hispanoamericana4. También Carlos Hamilton5 Emiliano Diez-Echarri y José Mario Roca Franquesa 6 ' Enrique Anderson Imbert y Eugenio Florit7 indican el realismo como la corriente representativa del autor antioqueno.

Hay voces que consideran la creación de Carrasquilla como ejemplo del "naturalismo hispanoamericano, naturalismo de tono menor"8.

Por supuesto, no faltan opiniones que prueban influencias de la literatura española del siglo XIX, especialmente en el enfoque costumbrista. El mismo Baldomero Sanín Cano compara a Tomás Carrasquilla, por la tendencia literaria -como escribió-, con José M. Pereda, e indicando influencias de otros autores de la época, cree que la forma de su estilo se parece a la de Emilia de Pardo Bazán9. Carlos E. Mesa hasta lo llama Pereda colombiano10. Anadamos todavía los nombres de escritores que se repiten en las críticas y comparaciones: Benito Pérez Galdós y Vicente Blasco Ibánez.

Otros críticos lo quieren relacionar con el modernismo. Por su parte, Federico de Onis lo considera como "un genial precursor, no superado, de la literatura americana posterior al modernismo"11. Rafael Maya12 señala los rasgos modernistas en la obra de don Tomás. Héctor Orjuela 13 lo pone al lado de J. A. Silva y lo sitúa en la misma generación, aseverando que representa una de las actitudes típicas modernistas.

El propio T. Carrasquilla se consideraba como un antimodernista. Las palabras más significativas con referencia al tema comentado, las incluyó en las famosas homilías que aparecieron en la revista Alpha, de Medellín. El autor escribió: "El tan decantado modernismo es un verdadero retroceso, un retorno a los tiempos del preciosismo, de pastorismo, y a las mil puerilidades de una época de frivolidad y afeminación. ¡ Qué anacronismo más extraño!"14. En las homilías se prounció también contra el decadentismo y contra el arte por el arte.

Según nuestro parecer, cualquier intento de encasillar a T. Carrasquilla no logra convencer. No hay creación literaria sin resonancia de la época o autores preferidos. Mas las obras de los grandes maestros siempre aportan novedades, tanto técnicas como ideológicas, que se integran de una manera peculiar. Tal es también el caso del gran antioqueño..

Es verdad que se puueden distinguir en sus obras ecos del modernismo, naturalismo y, sobre todo, del realismo; pero, y esto es lo más importante, no encontraremos ningún molde imitado o trasunto. Su actividad literaria es original y auténtica, efecto de sus propias observaciones y experiencias. Recordemos que empezó a escribir relativamente tarde y, como él mismo lo dice en su autobiografía, era un lector infatigable. Su primer cuento, Simón el Mago, fue publicado en 1890, y su primera novela, Frutos de mi tierra, en 1896, cuando tenla treinta y ocho años de edad.

Sus creaciones abundan en raciocinios pero no intentan adoctrinar. Sus minuciosas descripciones de cosas y pequeños sucesos de la vida cotidiana no tienen nada de naturalismo vulgar, pero tampoco de sentimentalismo. Las palabras de T. Carrasquilla son la prueba más convincente: "No tengo escuelas ni autores predilectos. Como a cualquier hijo de vecino, me gusta lo bueno en cualquier ramo"15. El hecho de haber manifestado su admiración por uno u otro autor universalmente conocido, no nos autoriza a deducir que don Tomás aplicaba en su propia creación planteamientos literarios de otros escritores.

En la obra de Carrasquilla se confirma la ley de que toda acción provoca una reacción. El autor creaba durante una época en la que estaban vigentes varias corrientes. Naturalmente cada una de ellas dejó huellas en su obra, pero él buscaba su propia solución. Sostenía que el autor debe ser libre e independiente y en su obra dar pruebas de su propia experiencia y conceptos. Opinó: "La higiene del artista está, seguramente, en no dejarse contaminar de ningún otro" 16. Su ideal de creación era obra nacional: soñaba con un acto literario colombiano del 20 de julio 17.

La marquesa de Yolombó, como toda la creación del maestro antioqueño, es una novela de tendencia costumbrista. Esta aseveración se repite en varias críticas. Así opinan Rafael Maya 18, Uriel Ospina 19, Abel Garcia Valencia 20, Alberto Moreno Gómez21 y Olga Inés Vallejo Ángel 22. Para Galo René Pérez, Carrasquilla fue la figura más representativa del costumbrismo colombiano 23 . Antonio Curcio Altamar la trata de realista, pero agrega que es fuste de la novela moderna 24. Federico de Onis 25 demuestra que Carrasquilla da comienzos a la novela americana moderna. Kurt L. Levy testimonia que es precursor del regionalismo literario hispanoamericano 26.

En las concepciones modernas, como lo prueba José F. Montesinos 27, el costumbrismo se enfrenta con la contemporaneidad, estudia las circunstancias nacionales pero no olvida lo artístico y.lo moral. A menudo se refiere a las ciencias sociales. Así, según parece, lo entendían los costumbristas americanos.

Cuando Colombia se determinó como país independiente en el ámbito político internacional, pero su situación económica y social seguía siendo muy complicada, las tendencias ideológicas de autoafirmación deberían tener éxito y lo tuvieron. Se habló cada vez más sobre los temas concernientes al pueblo, región, país. Comenzó a cristalizarse el sentido nacional y, como es obvio, los intelectuales participaron activamente en su evolución. Y así la literatura colombiana respondió con el costumbrismo que simultáneamente refleja las modas artísticas vigentes en la época.

En el costumbrismo colombiano podemos distinguir dos etapas. La primera surgió de las tertulias santafereñas y se agrupó alrededor del periódico El Mosaico, que apareció en dos épocas: en los años 1858-1861, bajo la dirección de José María Vergara y Vergara, Ricardo Carrasquilla y José Manuel Marroquín; en los años 1864-1872, redactado por José Joaquín Borda. Entre los colaboradores se destacaban Eugenio Díaz (famoso por su novela Manuela, donde narra la vida campesina de Cundinamarca), Ricardo Silva, José Manuel Groot, y el cantor de Antioquia, Gregorio Gutiérrez González. Todos ellos provenían de familias acomodadas, pero sus intereses literarios se enfocaron sobre la vida campesina. Tal vez su origen y la falta de conocer realmente esas condiciones, fueron causantes de que no lograran evitar el estilo y la forma cultos, y por ello su creación discrepaba del tema.

La segunda etapa, mucho más importante desde el punto de vista de la trascendencia cultural nacional, tuvo lugar en Antioquia. Quizás el hecho de que todos los costumbristas paisas vivieron en pequeños pueblos (T. Carrasquilla y F. Rendón vinieron de Santo Domingo; Efe Gómez, de Fredonia; Samuel Velásquez, de El jardín; Romualdo Gallego, de Yarumal; etc.) puede explicar por qué sus obras son mejor logradas. Conocieron a fondo el modo de vivir en la provincia, y sus descripciones no parecen artificiales. Contrariamente, los cachacos de Santa Fe de Bogotá tenían que ayudarse con la imaginación para presentar cuadros de los campos de Cundinamarca o Boyacá. En cuanto a la descripción de su ciudad, los bogotanos nunca llegaron a lograr el arte de escribir de Mesonero en sus famosas representaciones de Madrid en Panorama matritense.

Entre los costumbristas antioqueños, el verdaderamente notable es Tomás Carrasquilla. Su vastísima obra tiene admiradores no solamente en Colombia. Sus novelas y sus cuentos (el académico Adel López Gómez señaló la dificultad de establecer dónde empieza en su obra el cuento y dónde la novela28) son un manantial de información sobre la vida de entonces en Antioquia. La creación literaria le mereció al maestro antioqueño la Cruz de Boyacá, que le fue otorgada el 7 de agosto de 193529.

La marquesa de Yolombó es una novela histórica. Sus aspectos históricos han sido destacados por críticos como Federico de Onís30, Kurt L. Levy31 y otros. Hace reflexionar el hecho de que Donald Mac Grady, en su estudio La novela histórica en Colombia (1844-1959), ni siquiera menciona el famoso titulo de Carrasquilla. Parece que entre las veintinueve novelas que comenta el estudio, le faltó la más importante.

T. Carrasquilla tiende a construir no sólo el ambiente verosímil sino el auténtico, y por esta razón, como lo demostraremos después, sirviéndose a menudo de los datos de diferente tipo se guía por la fidelidad histórica. En este sentido afirma la tradición, llamémosla histórico-ortodoxa, de Manzoni y Flaubert. Toda la acción es inventada. Los personajes históricos importantes no actúan, hay únicamente referencias a ellos para aprovechar su prestigio y subrayar la autenticidad. Tanto la heroína como la mayoría de los personajes secundarios son auténticos, históricos; aunque a veces hay algunas modificaciones, no tienen importancia en cuanto a la fidelidad por la historia. Los hechos históricos universalmente conocidos están transmitidos a través del narrador omnisciente, y el ambiente de la época está construido gracias a los múltiples datos culturales. El autor recurría con frecuencia a sus conocimientos etnológicos y etnográficos.

De esta manera Tomás Carrasquilla evitó el extremismo que demostró Georg Lukács en las creaciones históricas, a saber, la exagerada objetividad y la extrema subjetividad de las colisiones sociales y politicas32. Y como la novela trata de los tiempos del cambio de régimen, este asunto representa un problema agudo. Vale señalar aquí que T. Carrasquilla no tomó ninguna posición determinada políticamente. No hay manifestaciones sino sugerencias concluyentes de índole más bien ética que ideológica.

Como en todas las grandes novelas históricas: Ivanhoe, de Scott, Guerra y paz, de Tolstoi,_Ouo vadis?, de Sienkiewicz 33, etc., lo histórico en La marquesa de Yolombó se transformó en lo estético. La historia no es solamente la base de la creación, sino que, junto con la ficción, forma a un tiempo los motivos emocionales.

La novela costumbrista criolla y la novela de tema indigena provienen de la misma estirpe. La realidad regional tiene que pintar sus huellas. A pesar de que las novelas Toá. Narraciones de cauchería y 4 años a bordo de mi mismo fueron escritas pocos años después de La marquesa de Yolombó, dan prueba de la evolución de la conciencia social colombiana. Su tema se basa en la cuestión de la raza, o más precisamente, en la posición de los aborígenes.

Las modificaciones en el plan de las ideologías tienen sus testimonios en la literatura. Y así, en varios países de América, que ya desde su descubrimiento tenla problemas raciales, se notó una gran vitalidad de los intelectuales en la defensa de las capas y grupos sociales oprimidos. En Colombia, como en todos los países latinoamericanos, los indígenas se encontraban al margen de la sociedad. Privados prácticamente de derechos, rechazados y despojados de sus bienes, exterminados, existían fuera de la civilización moderna; y si tenían contactos con ella era únicamente para ser explotados. El conjunto de la actitud, la actuación y la política en favor de los aborígenes del Nuevo Continente, como movimiento social o intelectual que surgió con este siglo, se suele llamar el indigenismo.

Al principio el movimiento era un indigenismo "sentimental"34, pero luego sus actividades evolucionaron por diversos caminos. Como indigenista se nombraba toda actuación que pretendía conocer o mejorar la vida de los indígenas americanos en cualquier aspecto. El indigenismo abarcaba las investigaciones científicas (etnológicas, sociológicas, etc.) y las realizaciones prácticas de todo tipo: educativas higiénicas, etc.

Frecuentemente el indigenismo se transformaba en una doctrina oficinas, como podemos observar en la siguiente definición: "El indigenismo es el aspecto especializado de la aplicación de las ciencias de la conducta: Antropología Social, Sociología Rural, Psicología Social y Ecologia en los procesos de reintegración social de las comunidades indígenas, que comprende la transformación de los sistemas de valores y costumbres, mediante una planificación de naturaleza antropológica"35.

Desde el punto de vista socio-histórico, Nina S. de Friedemann distingue en Colombia diversas clases de indigenismo:

- indigenismo paternalista, que se propone el proceso "civilizador";
- indigenismo eclesiástico católico, que tiene fines similares pero pone más énfasis en la introducción y la aplicación de la religión;
- indigenismo evangélico extranjero, sobre todo estadounidense, con objetivos parecidos al caso precedente pero que, al mismo tiempo, organiza investigaciones de todo tipo: lingüisticas (el Instituto Lingüistico de Verano), económicas, geográficas, etc.;
- indigenismo conductor de poder;
- indigenismo autóctono, que establece en su programa la defensa de la indianidad 36.

Como hemos visto, el indigenismo era y es una ideología que acompaña un comportamiento práctico, y cuyo objeto es el de estudiar la vida indígena individual y colectiva en todos los aspectos y en un tiempo históricamente preciso, que se propone como fin el de integrar a los indígenas a la actualidad económica, cultural y social de los países respectivos. Escasamente ha tratado de asegurar las condiciones necesarias para la conservación de las formas de vida y culturas antiguas de grupos aborígenes.

En los años setenta, aunque ya antes se hablan oído varias voces, surgieron numerosas polémicas sobre el incumplimiento de las doctrinas y sobre la incapacidad del movimiento indigenista 37. Por otra parte, el movimiento se basa en conceptos de la raza que actualmente en las ciencias sociales están desprestigiados. La defensa de los derechos de los indígenas se dirige por las vías de la lucha socio-económica.

En la literatura el indigenismo tiene su trayectoria paralela a otras actividades y, como ellas, es un acto de protesta, acto humanitario contra las injusticias que aguantan los indígenas. La critica brasileña María José de Queiroz, comentando las búsquedas de expresión propia de este movimiento, concibe que el indigenismo: "Exige-se a realidad. Reclama-se a verdade. (... ) Valoriza-se entao o sentimiento de solidaridade. (.. .) o sofrimento amadurecen o artista e agora éle e capaz de passar do cu exclusitivista ao tu, ao ele e ao nós" 38.

Los motivos indígenas aparecieron en las letras casi inmediatamente después del descubrimiento de América. Mas, según la tradicional aceptación histórico-literaria, el antecedente directo de la tendencia indigenista en las letras lo constituye el indianismo que empezó a formarse como corriente junto con las obras de los precursores del romanticismo, especialmente la de Juan Jacobo Rousseau y la de Francisco Renato de Chauteaubriand. Los frutos del indianismo son numerosos 39.

En sus consideraciones sobre la novela indianista, la critica puertorriqueña Concha Meléndez asevera: "Casi todos los factores que hablan de constituir en su momento a la novela indianista están ya en la literatura de los conquistadores y en lo colonial: idealización romántica del indio y queja social a su favor, en Las Casas y Garcilaso el Inca; el indio guerrero y la heroína apasionada, en Ercilla; el misionero y el conquistador, en las obras de los cronistas; lo pintoresco de las costumbres, mitos y supersticiones, en esas mismas crónicas"40.

El indigenismo literario es consecuencia, o más propiamente dicho, el siguiente peldaño de la evolución de la cuestión india. Como corriente se afirmó en los primeros años del siglo XX, aunque naturalmente, como es el caso de todo el fenómeno social o cultural, se pueden distinguir algunos aspectos en las fases antecedentes, por ejemplo, las protestas contra la explotación económica o las injusticias morales y físicas que sufrían los indígenas.

Esa corriente más consciente, resultado de las nuevas ideologías, produjo en la literatura hispanoamericana numerosas obras muy apreciadas. Conforme con la importancia y el porcentaje de la población indígena en determinado país, se suele observar que el indigenismo literario se desarrollaba en un grado más o menos alto. De este modo, precisamente en los países donde el número de indígenas era efectivamente notorio, habla una fecundidad más considerable de libros sobre esos aspectos sociales41.

Nosotros no introducimos en el presente estudio las concepciones literarias del indianismo o indigenismo por su arbitrariedad. Frecuentemente los enfoques indianistas e indigenistas se entrelazan, se mezclan, y su deslinde no tiene real importancia. Los dos movimientos se basan en la interpretación moral y sentimental del lector.

En las letras colombianas el tema indgena apareció, como en otras regiones americanas, durante la época de la conquista. La mayor expresión es la creación de Juan de Castellanos, quien redactó las Elegias de varones ilustres de Indias completadas con Historia del Nuevo Reino de Granada. Ambos poemas épicos reflejan el modo de pensar que durante el Renacimiento tenla propensión a la imaginación ¡limite, suscitada por el descubrimiento de nuevas tierras. Nos enteramos de misteriosas y extraordinarias aventuras, tesoros fabulosos, personajes legendarios o mitológicos como sirenas y andróginos, etc. Mas no faltan observaciones concienzudas referentes a la vida y la cultura de los aborígenes. La obra de Castellanos suministra muchos datos valiosos sobre las tribus autóctonas y sus costumbres.

Con erudición similar y la fantasía asociativo, Juan Rodríguez Freile escribió su libro de muchos rasgos novelescos El Carnero (circa 1638). Ahí también, al lado de los elementos culturales reales, como el baño del rey muisca en la laguna de Guatavita que dio base al mito de El Dorado, aparecen escenas de mera imaginación.

El tema indio está presente en la creación del primer novelista colombiano, Juan José Nieto: Ingermina (1844) relata las históricas sublevaciones de los indios calamares (de la región cartagenera) durante los primeros años de la conquista. La trama principal se funda sobre el amor caballeresco de Alonso, hermano de Pedro de Heredia, con la princesa india Ingermina. Más técnicas representativas para la novela histórica empleó en sus escritos Felipe Pérez. Las acciones de sus novelas Huayna Cápac (1856), Atahualpa (1856), Los Pizarros (1857) y jilina (1858) no están ubicadas espacialmente en el territorio colombiano, sino en el Perú. Todas ellas se complementan cronológicamente desde el reinado del hijo de Manco Cápac hasta las luchas personales de los conquistadores españoles. El mismo autor apreció igualmente la cultura precolombina de su región natal, lo que testimonió en la novela Los gigantes (1875), cuyos protagonistas y personajes principales son los indios muiscas. Sin respetar el fondo histórico trató de demostrar desproporcionadamente la participación de los indígenas en la lucha por la independencia de la República.

En el reino chibcha de la Sabana se desarrollan las acciones de Anacoana (1865), de Temistocles Avella Martinez, y de El último rey de los muiscas (1864), de Jesús Silvestre Rozo. En la primera de dichas obras aparecen de nuevo tramas de amor entre los conquistadores y las indígenas. La novela está centrada enteramente sobre la tradición muisca, y los españoles ocupan un segundo plano; figuran como fruto de los malos augurios y castigo de los dioses indígenas.

Al ciclo novelesco 42 sobre la cultura muisca podemos añadir La novia del Zipa (1882), de Emilio Antonio Escobar 43 . También al final del siglo pasado José Joaquín Borda compuso Koralia (1871), en torno a las costumbres de los indígenas en los Llanos del Orinoco 44.

En 1924 se revivió, junto con la famosa novela La vorágine, de José Eustasio Rivera, el interés temático por las culturas indígenas, aunque los aborígenes son allí personajes solamente secundarios. La novela tuvo buena acogida mundial y ejerció muy notable influencia en las letras latinoamericanas. Luego, siguen cronológicamente obras muy valiosas pero poco divulgadas: Toá. Narraciones de caucherías (1933), de César Uribe Piedrahita, 4 años a bordo de mi mismo (1934), de Eduardo Zalamea Borda.

El tema indígena se desarrolla con una nueva fuerza en José Tombé (1942), de Diego Castrillón Arboleda. Su expresión se vuelve más significativa si consideramos que trata de la insurrección histórica de Quintin Lame que tuvo lugar en el Cauca a principios del siglo. Son sumamente notorios sus objetivos sociológicos. De los mismos indígenas paeces, pero en la época anterior a la conquista, habla Alfredo Martínez Orozco en su Yaiángala (1950).

últimamente, según parece, no se han publicado novelas que tengan como tema principal el problema de los indígenas. Si hay algunas referencias son las que constituyen más bien el marco social, por ejemplo, las novelas de Eduardo Caballero Calderón Siervo sin tierra (1954) y Manuel Pacho (1962), donde el indígena se entiende como un campesino boyacense. En Llantíra, soledad y viento (1959), de Manuel González Martínez, la trama se funda en el juego de sentimientos de los protagonistas, impuestos por la naturaleza y el paisaje. La novela de Fernando Soto Aparicio Camino que anda (1979), en uno de sus dos planos narrativas desarrolla la acción en un pueblo precolombino muisca, y así se vuelve a subrayar la importancia de la más apreciada cultura antigua del actual territorio de Colombia.

En menos de veinte años después de la publicación de las seleccionadas por nosotros como novelas de tema indígena: Toá... y 4 años... empezó a formarse un nuevo género dentro de la literatura colombiana: la novela de la violencia. En el nuevo género, el compromiso no concernía directamente a una sola raza sino a toda la sociedad.

La novela de la violencia en Colombia pertenece a la literatura comprometida y es su manifestación más elocuente en este país. En el presente trabajo la consideramos como prosa fabulada que se refiere a los crueles acontecimientos de los años 1948~1957 y a sus causas y consecuencias inmediatas. Las muestras de este tipo de literatura varían; pueden ser testimonios directos, escritos hasta por los propios participantes en las luchas, o solamente aludir, con secuelas importantes para la acción novelesca, a las situaciones, personajes o hechos de la época. Su homogeneidad se basa en la temática, no en la forma o los recursos literarios. El conjunto de la literatura de la violencia lo debemos examinar como un testimonio de los sangrientos años que se reafirma en la memoria colectiva y se vuelve luego una fuente de divulgación de las ideas políticas para los lectores de las generaciones posteriores. El lector se entera de los delitos cometidos sobre individuos, colectividades y toda la Nación, es decir, que se reflejan todos los niveles de la violencia.

La literatura de la violencia ayudó en la formación de la conciencia social v política. Si después del año 1957 los colombianos empezaron a pensar en categorías ideológicas, socio-económicas y no en la pertenencia tradicional de la familia a uno de los dos partidos políticos, la literatura reforzó este proceso. Algunas muestras tropiezan desde el punto de vista artístico, pero se defienden por su carácter documental. La literatura no se restringe a su literariedad. La forma concurre al éxito del libro, pero su temática influye en él por lo menos de igual manera.

Gabriel García Márquez, por ejemplo, confesó en 1960 que, según su parecer, todas las novelas de la violencia eran malas y añadió que, no obstante, hablan prestado un valioso servicio a la sociedad 45. Nosotros no estamos de acuerdo con la opinión de que todas las novelas escritas hasta 1960 son 'malas'. Hay varias que cumplen todas las exigencias literarias. Recordemos sólo un hecho que podemos observar: El gran Burundún-Burundá ha muerto, de Jorge Zalamea Borda, ejer ció nítidas influencias sobre Los funerales de la Mamá Grande, del más popular escritor colombiano.

La literatura comprometida, a veces llamada tendenciosa o de protesta, y frecuentemente, a la francesa, engagée, aunque no es propaganda, en el sentido estricto, tiene objetivos políticos precisos. Puede reflejar tanto las ideas progresistas como las tradicionalistas, pero más a menudo refleja las primeras46. Con frecuencia se lee en la literatura comprometida sobre el derrumbe de las instituciones tradicionales, las deficiencias de las relaciones existentes para reemplazarlas por unas nuevas y que parecen ser más justas. A veces sólo relata ignominias, crímenes cometidos, cuya imagen es transmitida a los contemporáneos o a la posteridad, como ejemplos infames y crueles, señales de advertencia. En general juzga, rechaza y propone soluciones, refiriéndose a la totalidad de los conocimientos de los lectores.

Se admite que la literatura comprometida corre el riesgo de no ser lograda artísticamente, puesto que ante todo se propone trasladar de manera directa las situaciones de la realidad al escrito. Pero el autor procura referirse al tema por medio de recursos literarios, y de este modo enriquecer la lectura que realiza el público. El compromiso en la literatura permite al lector del siglo XX seguir, a un mismo tiempo, consideraciones políticas y literarias. Corresponde a los intereses de la actualidad. No cabe duda de que existen ejemplos donde la narrativa no pierde nada de sus valores literarios y gana en la trama que cautiva la atención de la sociedad.

Antes de comenzar el análisis de las novelas de la violencia y hacer su comparación, debemos esbozar como punto de partida el fondo histórico de los tiempos narrados. El conjunto de los hechos que acontecieron durante los años 1948-1957 constituye la mayor parte de la narración. A la vez, no podemos comentar dicha época sin sus antecedentes, por lo menos inmediatos.

En los años veinte de este siglo hubo una serie de conflictos sociales que culminaron en la huelga de los obreros de la United Fruit Co., en 1928 47. Durante cuatro meses protestaron treinta y dos mil trabajadores en la zona bananera de la Costa atlántica colombiana. El enfrentamiento se convirtió en el asesinato de mil quinientos operarios, lo cual se considera como una de las primeras manifestaciones de la violencia en Colombia en este siglo.

Como herencia del siglo pasado (desde 1848), Colombia tiene- un sistema político bipartidista tradicionalmente comparado por el Partido Conservador y el Partido Liberal. Desde la guerra civil de los Mil Días (17 de octubre de 1899-llde junio de 1903) hasta 1930, la administración del país la manejaron los conservadores. En los años veinte se notaron grandes inversiones que alcanzaron los 200 millones de dólares, de los cuales, 25 millones fueron pagados por Estados Unidos como recompensa por el reconocimiento de la independencia de Panamá, y los demás, como préstamos48. La rápida industrialización y, en consecuencia los cambios sociales y administrativos, facilitaron a los liberales la conquista del poder.

En 1930, Enrique Olaya Herrera asumió la presidencia de la República. Durante los dos años siguientes los liberales trataron de intimidar a los miembros del partido derrotado, quienes, por su lado, organizaron una fuerte resistencia. Se desató así la primera ola de violencia que, sin embargo, no llegó a situaciones críticas. La hegemonía de los liberales se mantuvo durante varias elecciones. En 1934 fue elegido, para el siguiente cuatrenio, Alfonso López Pumarejo, quien introdujo una serie de reformas en 1936. Sus iniciativas se basaron sobre el apoyo oficial para la reforma de sindicatos, reforma de la educación, una ley para estabilizar los derechos de los colonos y una reversión al Estado de latifundios explotados (la famosa Ley de tierras, núm. 20o de 1936) 49. Naturalmente que estos cambios fueron muy controvertidos y muy criticados, sobre todo por los conservadores. Luego, al gobierno llegó el también liberal Eduardo Santosi y en 1942 volvió otra vez como jefe del Estado, Alfonso López, quien en 1945 tuvo que renunciar a su cargo en favor de Alberto Lleras Camargo.

En las elecciones del año 1946 recuperaron la supremacía los conservadores. La victoria fue posible merced a la división del partido liberal, que aunque numéricamente ganó en votos, sus candidatos obtuvieron porcentajes menores que el conservador Mariano Ospina Pérez. El total de votos conservadores por Ospina Pérez fue de 565.9395 y el de los. liberales, 800.156: 441.199 por Gabriel Turbay y 358.957 por Jorge Eliécer Gaitán 50. El ascenso de Ospina al poder marcó la época de intensa represión, dirigida sobre todo contra los partidarios de Gaiitán, sectores más radicales, que se consideraron como herederos de las luchas liberales promovidas a nombre del comunismo y del socialismo. Sirviéndose del esquema tradicional, Gaitán promulgaba en sus discursos la oposición del pueblo contra los oligarcas, liberales y conservadores. Ya en 1947 aparecía como el candidato invencible para las elecciones de 1950. La represión se convirtió para los conservadores en el único medio de mantener el gobierno.

Uno de los momentos que marcó la pauta de la violencia fue el asesinato de J. E. Gaitán, el 9 de abril de 1948. El famoso Bogotazo causó tempestuosas protestas. En la capital de Colombia perecieron ese día por lo menos 2.585 personas 51. Desde entonces, cualquier manifestación de masas contra el gobierno fue prohibida. La lucha se iba formando en la clandestinidad.

El terrorismo creció todavía mas con el ascenso de Laureano Gómez en 1950, cuando sólo se presentaron a las elecciones los conservadores. Gómez, a causa de enfermedad, cedió aparentemente su cargo a Roberto Urdaneta Arbeláez un año después de haber ejercido la presidencia. En la política internacional se destacó el hecho de que Colombia fue el único país latinoamericano que mandó sus tropas a Corea, en 1952, de acuerdo con las negociaciones con los Estados Unidos. En el año 1953, Laureano Gómez declaraba públicamente sus intenciones de introducir una nueva reforma constitucional que le garantizaría para más tiempo su dominio legitimo. El conservatismo se dividió y la fracción ospinista apoyó a los liberales en los planes de la intervención militar.

Con el golpe de Estado que dio el comandante de las Fuerzas Armadas, general Rojas Pinilla, la situación en Colombia pareció cambiar. Rojas ofreció la amnistía a los guerrilleros, siguiendo su declaración enunciada poco después de haber asumido el poder: "¡No más sangre¡; ¡No más depredaciones!. Paz, justicia y libertad para todos". Las directivas de ambos partidos se adhirieron al programa del caudillo. Introduciendo ciertos cambios económicos en su primera fase, ganó bastante popularidad entre los trabajadores. Luego, viendo que el poder se le escapaba, introdujo una severa censura y comenzó una nueva fase represiva, llamada la segunda ola de violencia. Contra el ejército se enfrentaron las fuerzas de la guerrilla.

Los dos partidos tradicionales decidieron promover la violencia Y, al mismo tiempo, dirigirla contra Rojas. Sus jefes, Laureano Góméz y Alberto Lleras, de acuerdo con los pactos que hablan concluido en Benidorm, España, el 20 de julio de 1956, y Sitges, España, el 20 de julio de 1957, constituyeron un Frente Nacional, Rojas Pinilla se vio obligado a renunciar de su cargo el 10 de mayo de 1957, y lo entregó a una Junta Militar que se comprometió a devolver en un año el poder al Frente Nacional. El convenio entre los dos partidos52 estableció que durante 16 años el poder se alternarla en periodos de cuatro altos. En cumplimiento del pacto, comenzó gobernando el liberalismo, junto con su jefe Alberto Lleras Camargo (1958-1962)53. La violencia oficial terminó. La narrativa testimonia toda esa época y sus consecuencias en los años posteriores. Se reflejan la política y los principios ideológicos. Según los convencimientos partidistas del autor, están enfocados los personajes políticos sobresalientes, los sucesos históricos, pero también las condiciones de vida de las masas obreras y campesinas. Están recogidos en esos textos, diferentes aspectos de la vida nacional, regional, pueblerino o individual. Sus autores transmitieron la visión total del trágico periodo. Percibimos la violencia vertical y social, la violencia horizontal e individual, la violencia inespacial e interior, la violencia narrativa o del lenguaje54.

La literatura de la violencia es, para los colombianos, un vergonzoso testimonio histórico. No cuenta hechos heroicos sino sufrimientos. Si, por ejemplo, las novelas de la Revolución mejicana elogian las justas luchas, las colombianas de la Violencia hablan del martirio que aguantaban los nacionales de este país. Denuncian como para purificar las emociones morales y realizar la catarsis social.

El tema de la violencia lo encontramos en otras literaturas nacionales, aunque ya no en el sentido de la guerra civil. Hallamos la violencia en la selva, en el campo, en la ciudad. La violencia en la lucha por los derechos propios (Raza de bronce, de Arguedas), en la venganza (Montevideanos, de Benedetti), en la explotación (La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes), en la autodestrucción (novelas de Donoso), en la descomposición social (La ciudad y los perros, de Vargas Llosa), la dictadura de los caudillos (El señor Presidente, de Asturias), etc. Estos aspectos los observamos igualmente en la literatura colombiana; no obstante, el género de la violencia partidista es representativo únicamente para Colombia.

La novela colombiana de la violencia se basa en la ficción literaria que tiene su concreta fuente en la realidad histórica. Por esto nos llaman la atención a lo menos dos factores sociales referentes al funcionamiento de este género. Primero, el mecanismo de crear en favor de las aspiraciones del autor que corresponden, a su vez, a las esperanzas de algún grupo social o toda la sociedad. Segundo, cuando los textos ya funcionan, la realización efectiva de los postulados incluidos en ellos. Si en el factor primero disponemos de la posibilidad de documentar la relación entre la realidad histórica y la realidad creada, el factor segundo nos permite únicamente señalar ciertas observaciones generales. (El estudio sobre la receptividad de esta literatura exige otras investigaciones, que se salen de nuestros propósitos.) Estamos conscientes de que su lectura y su imagen varían según los individuos, grupos, pero también según el tiempo y las circunstancias: por ejemplo, en la época de las elecciones presidenciales donde rivalizan otra vez los partidos, durante el empalme presidencial o en la participación en los cargos ministeriales. La novela de la violencia constituye la muestra más elocuente del género literario nacional colombiano.


1. CARLOS GARCÍA PRADA, "Tomás Carrasquilla, clásico antioqueno", en Revista Iberoamericana, vol. XXIV, núm. 47, pág. 25.
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2. TOMÁS CARRASQUILLA, La marquesa de Yolombó, pág. 213; más adelante, las páginas de las citas o de las referencias suelen ser indicadas entre paréntesis directamente en el texto.
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3. CARRASQUILLA, "Homilía No. 2", en Obras completas, t. II, pág. 686.
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4. A. VALBUENA PRAT y DEL SAz, Historia de la literatura española, pág. 241.
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5. CARLOS HAMILTON, Historia de la literatura hispanoamericana, págs. 164-165
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6. EMILIANO DíEZ-ECHARRI y JOSE MARio ROCA FRANQUESA, Historia de la literatura española e hispanoamericana, pág. 1139.
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7. ENRIQUE ANDERSON IMBERT y EUGENio FLORIT, Historia de la literatura hispanoamericana, págs. 383-384.
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8. GONZÁLEZ PORTO-BOMPIANI, Diccionario de autores, t. 1, pág. 482
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9. BALDOMERO SANÍN CANO, "Tomás Carrasquilla", en el Suplemento literario de El Tiempo, 19 de junio de 1952.
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10. CARLOS E. MESA, Cuatro escritores antioqueños, pág. 82.
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11. FEDERICO DE ONÍS, "Tomás Carrasquilla, precursor de la novela americana moderna", en el Suplemento literario de El Tiempo, 3 de julio de 1955.
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12. RAFAEL MAYA, Los orígenes del modernismo en Colombia, págs. 111-149.
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13. HECTOR H. ORJUELA, Literatura hispanoamericana, págs. 57 y 69.
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14. TomÁs CARRASQUILLA, "Homilía N9 1", en Obras completas.. t. II, pág. 668.
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15. CARRASQUILLA, "Autobiografía", en Obras completas, t. 1, pág. 27.
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16. CARRASQUILLA, "Homilía N<> 2", en Obras completas, t. 11, pág. 679
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17. Ibid., pág. 688.
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18. RAFAEL MAYA, Los tres mundos de don Quijote y otros ensayos, págs. 44 y 59
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19. URIEL OSPINA, Sesenta minutos de novela en Colombia, págs. 67 y 73.
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20. ABEL GARCÍA VALENCIA, "Tomás Carrasquilla y la literatura antioqueña", en El Colombiano literario, enero 19 de 1958.
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21. ALBERTO MORENO GÓMEZ, "La novela de Carrasquilla", en Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 12 (núm. 12), 1969.
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22. OLGA INES VALTEJO ÁNGEL, El costumbrismo, págs. 60 y 62.
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23. GALO RENE PEREZ, Historia crítica de la novela hispanoamericana, pág. 110
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24. ANTONIO CURCIO ALTAMAR, Evolución de la -novela en Colombia, pág. 138
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25. FEDERICO DE ONÍS, "Tomás Carrasquilla, precursor.. .", en el Suplemento literario de El Tiempo, julio 3 de 1955.
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26. KURT L. LEVY, The Spokesman of a Region, págs. 98 y 102
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27. JOSE F. MONTESINOS, Costumbrismo y novela, págs. 47 y 48
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28. ADEL LOPEz GóMEz, El costumbrismo, pág. 19.
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29. Con base en el decreto núm. 1.392 del 19 de marzo de 1936
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30. FEDERICO DE ONÍS, "Prólogo de la primera edición", en Obras completas de Tomás Carrasquilla, t. II, pág. XVII
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31. KURT L. LEVY, Vida y obras..., págs. 74, 75 y 125.
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32. GEORG LuKÁcs, La novela histórica, pág. 136
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33. Tomás Carrasquilla rindió homenaje a Henry Sienkiewicz dando el nombre de la heroína de Quo vadis? A la protagonista de Ligia Cruz. El título de la novela del Premio Nobel de Literatura de 1905, aparece en las págs. 117, 118 y 140 de esta novela
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34. M. BALLESTERos GAIBROIS Y J. ULLOA SuÁREz, Indigenismo americano, pág. 214.
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35. JORGE OSORIO SILVA Y MERCEDES PÁEZ DE OSORio, El indio y su causa, pág. 59; llamamos la atención sobre los aspectos paternalistas y oficialistas de esta definición.
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36. NINA S. DE FRIEDEMANN, "Niveles de indigenismo", en Indigenismo y aniquilamiento de indígenas en Colombia, págs. 18-35.
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37. Por ejemplo, el libro de ALEJANDRO MARROQUÍN Balance del indigenismo o la compilación de GONZALO AGUIRRE BELTRÁN ¿Ha fracasado el indigenismo?
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38. MARÍA JOSE DE QUEIRoz, Do indianismo ao indigenismo nas letras hispanoamericanas, pág. 167.
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39. Parece que en la historia de la literatura fue Fray Bartolomé de Las Casas (1474-1566) quien inició el tema del aborigen americano, aunque naturalmente se conocen los relatos de los primeros descubridores que informan sobre los iniciales contactos con los indígenas. Si se considera al autor de Historia general de Indias como iniciador es porque su obra trata, en efecto, de y sobre los indios. También el Inca Garcilaso de la Vega (1540-1616) defendía con parecidos argumentos los derechos de los indios y expresaba su admiración por las antiguas culturas americanas. De entre otros hombres de letras del siglo XVI cuya obra tiene valiosos aspectos indígenas, debemos enumerar a Alonso de Ercilla y Zúñiga con su famosísimo poema épico La Araucana, a Pedro Cieza de León, el autor de la Crónica del Perú, y a Juan de Castellanos. En el siglo XVII, el tema indígena se intensificó y disponemos de obras escritas en verso y en prosa. En las realizaciones poéticas se destacó Bernardo de Valbuena con su Grandeza mejicana (1604). En la narrativa se hicieron conocer Fernando Alva Ixtlixochitl, autor de Historia chichimeca, Francisco Núñez de Pineda: Cautiverio feliz, Lucas Fernández Piedrahita: Historia general del Nuevo Reino de Granada, y Frav Juan de Barrenechea y Albis con su Restauración de la Imperial y conversión de almas infieles. Las fuertes influencias culturales europeas del siglo XVIII alejaron a los autores hispanoamericanos del tema indio. En esa ¿poca descuella la obra dramática de Manuel José de Lavardén intitulada Siripo (1789). Mucha trascendencia tuvieron en esos tiempos el drama Ollantay, de Antonio Valdés, escrito en versos quechuas, y el poema en latín Rusticatio mexicana, del guatemalteco Rafael Landívar; ambas creaciones fueron vertidas más tarde al español. Por el contrario, en la Europa del siglo XVIII se notó un vivo interés por las culturas primitivas, y naturalmente por las antiguas americanas; sobre todo en Francia. Las obras de Voltaire y Saint-Pierre, y especialmente las de Rousseau con su bon sauvage, fueron imitadas en América un siglo después. Como ya lo hemos señalado, los principios románticos, con su moralidad más de corazón que de razón, solidificaron la llamada actitud indianista de los pensadores y artistas; los testimonios literarios se multiplicaron. En la primera mitad del siglo XIX se hicieron famosos los poetas que incluyen el tema indio: los argentinos Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez, el uruguayo Adolfo Berro, el cubano Gabriel de la Concepción Valdés (seudónimo: Plácido). La pieza dramática que se destaca en estos tiempos por sus valores estéticos es El Charrúa, del uruguayo Pedro P. Bermúdez. Las primeras "novelas indias" se escribieron hacia 1840. La cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda fue autora de Guatimozín y El cacique de Turmequé. En Méjico, el país donde más se produjo la literatura sobre el tema indio, tenemos: Los aztecas, de José Joaquín Pesado; Leyendas mejicanas, de José María Roa Bárcena; Los mártires de Anáhuac, de Eligio Ancona; Azcaxóchitl o la flecha de oro, de J. R. Hernández; La hija de Tutul-Xio, de Eulogio Palma y Palma; y las novelas de Ireneo Paz. En la Argentina aparecieron dos novelas con el mismo tema y la misma protagonista: Ltícía de Miranda (1858), de Rosa Guerra,y Lucía Miranda (1860), de Eduarda Mansilla. Una de las más valiosas novelas con la presencia de los autóctonos, es la de Manuel de jesús Galván intitulada Enriquillo. Otra novela que alcanzó fama universal es Cuma-ndá, del ecuatoriano Juan León Mora. En Venezuela, la expresión máxima en esa época fue lograda por José Ramón Yepes con sus novelas A-naida e Iguaraya. La creación de los tres últimos escritores que hemos mencionado decidió poderosamente sobre la constitución de la nueva forma de la novela de tema indígena, más cercana al indigenismo. Se observan ya ciertos factores representativos para la nueva corriente.
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40. CONCHA MELENDEZ, La novela indianista..., pág. 19.
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41. Unas de las primeras expresiones indigenistas realmente logradas son las del boliviano Alcides Arguedas: Wuatawuara (1904) y Raza de bronce (1918). También de Bolivia proviene otro apreciado novelista, Adolfo Costa de Rela, el autor de El embrujo de oro. En Méjico encabeza esa corriente la novela Tomochic (1905), de Heriberto Frías; siguen Los de abajo (1916), de Mariano Azuela, El indio (1935), de Gregorio López Fuentes, Nayar (1941), de Miguel Ángel Menéndez, Mamita Yunai (1949), de Carlos I. Fallas, Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo, etc. En Guatemala se destaca Hombres de maíz (1949), de Miguel Ángel Asturias. De entre los textos peruanos, cabe mencionar los relatos La venganza del cóndor (1927) y Cuentos peruanos (1952), de Ventura García Calderón; Tungsteno (1931), de César Vallejo; La serpiente de oro (1935), Cholos (1935) y también Plata de bronce (1927), de Fernando Chávez. Agreguemos aún la creación del uruguayo Horacio Quiroga y sus Cuentos de la selva (1918), Anaconda (1921), etc. En la literatura venezolana contemporánea de este tipo, la obra maestra la escribió Rómulo Gallegos: Canaima (1935).
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42. Al señalar los escritos literarios sobre la cultura muisca conviene agregar el cuento María Ticinee, o Los pescadores de Funza (1860), de Eugenio Díaz Castro.
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43. Dato tomado de A. CURCIO ALTAMAR, Evolucíón de la novela.. ., pág. 85.
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44. Ibidem
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45. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, "Dos o tres cosas sobre la « novela de la violencia »", en Revista Eco, núm. 205 (1960), págs. 104-108. Dice allí, por ejemplo: "Quienes han leído todas las novelas de violencia que se escribieron en Colombia, parecen de acuerdo en que todas son malas" (pág. 105). "Con todo, un valioso servicio nos han prestado los testigos de la violencia, al imprimir sus testimonios en bruto" (pág. 108).
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46. J. LECHNER, El comproimiso en la poesía española del siglo XX, vol. I, págs. 9 y 10: "el compromiso puede muy bien ser producto de una actitud conservadora, tradicionalista, de extrema derecha, reaccionaria en los fines que persigue".
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47. Véanse JUDITH WHITE, Historia de una ignoininia. la United Fruit Co. en Colombia; ALBERTO CASTRILLÓN, 120 días bajo el poder militar; anónimo, Bananeras 1928-1978; JORGE ELlíCER GAITÁN, La masacre en las bananeras.
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48. ANTONIO ZAPATA, Etapas y coyunturas de la lucha guerrillera en Colombia
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49. PAUL OQUIST, Violencia, conflicto y política en Colombia, pág- 14.
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50. DANE, Colombia. Política 1935-19701 pág. 154
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51. PAUL OQUIST, violencia, conflicto..., pág. 234.
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52. Los principios del Frente Nacional fueron establecidos en Sitges
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53. Alberto Lleras Camargo fue sucedido por el conservador Guillermo León Valencia (1962-1966). Luego fue elegido el liberal Carlos Lleras Restrepo, y en 1970 ganó las elecciones el conservador Misael Pastrana Borrero, quien terminó su gobierno en 1974.
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54. Estos aspectos ya fueron señalados por ARIEL DORFMAN, Imaginación y violencia en América, sobre todo, págs. 9-42.
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