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Carmenza Kline - Apuntes sobre literatura colombiana (comp.)


Del amor y otros demonios, Incluido el amor

Por grande que haya sido el miedo que ha inspirado (Satán), hay que confesar que sin él nos habríamos muerto de pura monotonía.
Jules Michelet "La Bruja"

Conrado Zuluaga

Nació en Medellín, Colombia. Hizo sus estudios de literatura en la Universidad de los Andes, de la cual fue profesor durante muchos años. También ha sido profesor en la Universidad Javeriana. Ha ocupado posiciones de alto prestigio cultural en Colombia, como Director de la Biblioteca Nacional y de la División de Desarrollo Cultural de la Comunidad de Colcultura. Actualmente desempeña el cargo de Director Editorial de Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara y El País-Aguilar en Colombia. Durante años ha colaborado en revistas y suplementos literarios de Colombia y España. Es considerado como la persona que más ha estudiado la obra del escritor Gabriel García Márquez. Entre sus publicaciones cabe destacar Novelas del Dictador o dictadores de novela y Puerta abierta a García Márquez y otras puertas.

Hace veintisiete años, cuando apareció Cien años de soledad en la edición de Suramericana de Buenos Aires, no faltó quien se preguntara, qué se traía García Márquez con la mención en el último capítulo de la novela, a Rabelais: "...Gabriel ganó el concurso y se fue a París con dos mudas de ropa, un par de zapatos y las obras completas de Rabelais..." Y sin rumiarlo mucho, fueron varios los que sustentaron en esa referencia literaria la "desmesura" Garcíamarquiana tan llamativa y elocuente en Cien años de soledad.

Tiempo después, y en diversas oportunidades, el autor mismo se ha propuesto echar por tierra las especulaciones surgidas a partir de allí. En cierta ocasión, incluso, llegó a afirmar que lo había hecho con el ánimo de confundir a los críticos. En otra oportunidad, anotó que el libro que Gabriel lleva consigo cuando se marcha de Macondo es El diario de la peste, de Daniel Defoe. "Yo releo un libro que es muy difícil saber qué tiene que ver conmigo, pero lo leo y lo releo -confesó en el diálogo que sostuvo con Mario Vargas Llosa, eran otros tiempos entonces, en la Universidad Nacional de Ingeniería en torno a la novela en América Latina- y me apasiona. Es 'El diario del año de la peste', de Daniel Defoe. No sé qué habrá en eso, pero es una de mis obsesiones".

Y esa obsesión ha estado presente, manifiesta o embozada, en la obra del escritor colombiano. El contagio y sus manifestaciones externas, los síntomas de un mal colectivo que se incuba a espaldas de los personajes, el trastorno físico, anímico o espiritual, constituyen un tema recurrente, un trasfondo imprescindible en la mayoría de sus novelas, como una especie de presencia agorera que se cierne sobre sus criaturas de ficción. Sin ir muy lejos, 'la hojarasca' social que desencadena la instalación de la compañía bananera -véase La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba- reúne todos los rasgos de una epidemia de consecuencias imprevistas para Macondo. Algo similar puede decirse de El amor en los tiempos del cólera, pues cuando Florentino Ariza sucumbe ante la figura de Fermina Daza, su madre descubre que tiene los mismos síntomas del cólera.

En los casos anteriores se trata de atmósferas, escenarios y circunstancias, como ocurre también con el mercado de Cartagena, pues su batiburrillo y algarabía son recreados en El otoño del Patriarca durante la visita del delegado papas para la santificación de Bendición Alvarado, y en El amor en los tiempos del cólera cuando la narración se escurre por esos laberintos tras las huellas enamoradas de Florentino Ariza. Incluso en textos que desbordan los límites de la ficción pero que por su naturaleza y el tono impuesto por el autor se encuentran bastante cerca de la atmósfera narrativa que recorre sus obras, como es el caso de Un payaso pintado detrás de una puerta en donde ese turbulento sector del muelle, el mercado y sus calles aledañas alcanzan una de sus mejores expresiones literarias.

En ese mismo texto hay otra mención que encaja directamente con uno de los primeros episodios de la nueva novela. Se trata de la historia, casi mítica, contada por una tercera persona, de la esclava fascinante por la cual un rico de la época había pagado su peso en oro y luego había tenido que matarla para deshacerse de su embrujo. En esta ocasión asistimos a la escena misma de la adquisición de la esclava, porque es bueno aclarar que la novela tiene lugar doscientos años atrás, es decir, cuando empieza la leyenda recuperada por el recuerdo de hoy: "A la hora en que el perro pasó por el mercado ya habían rematado la carga sobreviviente (de un barco de la Compañía Gaditana de Negros que atraca casi a la misma hora en que el perro entra en el mercado), devaluada por su pésimo estado de salud, y estaban tratando de compensar las pérdidas con una sola pieza que valía por todas. Era una cautiva abisinia con siete cuartas de estatura, embadurnada de melaza de caña en vez del aceite comercial de rigor, y de una hermosura tan perturbadora que parecía mentira. Tenía la nariz afilada, el cráneo acalabazado, los ojos oblicuos, los dientes intactos y el porte equívoco de un gladiador romano. No la herraron en el corralón, ni cantaron su edad ni su estado de salud, sino que la pusieron en venta por su sola belleza. El precio que pagaron por ella, sin regateos y de contado, fue el de su peso en oro".

Hay ocasiones, en cambio, en que la obsesión no transciende más allá de una imagen fulgurante, aunque no por es menos vital e importante, pero que, como las anteriores, le permiten a un lector atento, establecer una serie de vasos comunicantes, al punto de constituir un sutil y asombroso tejido que comprende la totalidad de la obra del escritor colombiano. Tal es el caso del perro con mal de rabia, que El Libertador Simón Bolívar encuentra colgado de un árbol a la entrada de Cartagena en El general en su laberinto, pues la anecdótico mención que se halla en esa obra, -"Cuando entraron por la puerta de la Media Luna, un ventarrón de gallinazas espantados se levantó del mercado al aire libre. Aún quedaban rastros de pánico por un perro con mal de rabia que había mordido en la mañana a vanas personas de diversas edades, entre ellas a una blanca de Castilla que andaba merodeando por donde no debía"-, parece ser el principio, casi el primer párrafo, de la novela que ahora el lector tiene entre sus manos: "Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpió en los vericuetos del mercado el primer domingo de diciembre, revolcó mesas de fritangas, desbarató tenderetes de indios y toldos de lotería, y de paso mordió a cuatro personas que se le atravesaron en el camino. Tres eran esclavos negros. La otra fue Sierva María de Todos los Angeles, hija única del marqués de Casalduero, que había ido con una sirvienta mulata a comprar una ristra de cascabeles para la fiesta de sus doce anos".

En estas circunstancias, entonces, Del amor y otros demonios se presenta como la novela que reúne una serie de elementos hasta ahora dispersos o, al menos, tratados en forma aleatoria: el amor, la peste, y el ingrediente adicional, la posesión.

En los límites de la brujería se encuentra, casi siempre, la herejía. Y en ambos casos, su tratamiento ha significado para las autoridades de la Iglesia una lucha sin cuartel contra el demonio. Se trate de una enfermedad física -la peste- o de un trastorno espiritual -la herejía o el comercio con el demonio - los riesgos de propagación y contaminación son los mismos. De ahí el énfasis y la forma categórica como la Iglesia ha reaccionado contra una cualquiera de estas manifestaciones.

Este es el telón de fondo sobre el que transcurren los acontecimientos que encadenan, con una precisión demoledora, los destinos de la niña a quien el día de su décimo segundo cumpleaños la muerde un perro, y el del joven sacerdote Cayetano Delaura, un franciscano que sólo aspira, desde los tiempos en que fue estudiante en Alcalá de Henares, a ocupar un cargo distinguido en la biblioteca del Vaticano.

Aquí, en Del amor y otros demonios como en los más tradicionales casos que registra la historia de la brujería y las posesiones, un ingrediente imprescindible es el de las crisis de las relaciones interpersonales sumada a las calamidades individuales o colectivas de un grupo social determinado. En la novela, esa crisis de relaciones -del marqués de Casalduero y su mujer Bernarda Cabrera, del médico judío nigromante y las autoridades eclesiásticas, de la Abadesa del Convento de las Clarisas y el señor Obispo, etc- se encuentran en el límite mismo de la exacerbación. Y entre tanto, la ciudad se sumerge en un letargo de siglos que se prolonga en el tiempo de una manera ominosa, "Todo estaba saturado por el relente opresivo de la desidia y las tinieblas". De tal modo están las cosas en esa Cartagena de Indias de 1750 que ésta constituye el mejor caldo de cultivo para que la imaginación desbordante dé claras pruebas de su capacidad de infundio, para que se vean en todas partes del Convento signos de prodigio como si hubiese sido el escenario de un espeluznante sábat, para que como lo dice Defoe en su meticuloso relato de la peste, las viejas, y los Temáticos e hipocondríacos del otro sexo, "a los que casi podría llamar también viejas" observen en el cielo toda clase de presagios. Es que como lo señala Michelet, sin la presencia del demonio el aburrimiento y la monotonía habrían reinado por siglos.

El otro ingrediente, imprescindible ya en la obra de García Márquez, es el amor. Así sea la perorata y el reproche, como el monólogo en un acto que acaba de publicar en Colombia y que había escrito en 1988, Diatriba de amor contra un hombre sentado, y que tiene su más remoto antecedente en la cantaleta que Femanda del Carpio exhibe en Cien años de soledad, o el amor esclavizante y tenaz que embarga a Florentino Ariza, siempre, en su obra se encontrarán dos personajes atenazados por esa pasión. En esta oportunidad el amor también es voraz y demoledor - otra situación que bien podría equipararse a la peste- pero que en esta ocasión se encuentra envuelto por el aura idílica que le imprime a la relación los versos apasionados, pero contenidos de Garcilaso de la Vega, de quien el sacerdote Delaura es pariente lejano. Aparte de la anécdota tremebundo que vive Sierva María, en esta novela hay que reconocer que García Márquez ha llegado también a un límite abrumador en el manejo de su prosa, porque si bien, por una parte, la obra exhibe un lenguaje diáfano, preciso, pues como lo afirma uno de los personajes "cuanto más transparente es la escritura más se ve la poesía"; por otra, el nobel colombiano sigue exhibiendo su destreza en el manejo de un lugar común que llega siempre remozado, con un aire nuevo, colocado siempre en el contexto exacto y que le permite recuperar ese esplendor que tuvo en el momento en que fue usado por pri mera vez, "no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad"

Las imágenes sobrecogedoras, pero alejadas por completo de la dimensión rabelesiana que en algún momento se intento endilgarle a su obra, abundan por toda la novela. Sin embargo, la más dramática, quizás, es cuando la niña entra al convento, entregada por su padre quien con su vocación mística está convencido de que su hija está poseída por el demonio, pues la mordedura del perro rabioso noventa días atrás no ha producido ningún efecto sobre ella: "El marqués la vio alejarse, cojeando del pie descalzo, y con la chinela en la mano. Esperó en vano que en un raro instante de piedad se volviera a mirarlo. El último recuerdo que tuvo de ella fue cuando acabó de atravesar la galería del jardín, arrastrando el pie enfermo, y desapareció en el pabellón de las enterradas vivas".

Esa capacidad de narrar que posee todo buen novelista, la única que le permite recrear una imagen, penetrar una interioridad, mostrar una vida, generar una atmósfera y construir un universo, es la que exhibe García Márquez en Del amor y otros demonios, en donde hace alarde de ese talento que ha ido perfeccionando en cada una de sus obras y que constituye, en cada nueva entrega, uno de los mayores placeres de su lectura.



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