Cartas cruzadas: una lección de realismo - Jaime Alejandro Rodríguez

Sociales Virtual


Novela Colombiana

Volver al índice anterior

Ya en su primera salida como novelista -en una interesante propuesta que reivindicaba el retorno a lo simple como una manera de contrarrestar las  trampas de la complejidad formal-, Dario Jaramillo había recurrido a la carta para contar una historia bien sugestiva: La muerte de Alec (1983). Ahora, en Cartas cruzadas, Jaramillo elabora todo un epistolario: la "recopilación' de doce años de correspondencia entre varios amigos que no sólo sirve para dar cuenta de las singulares peripecias de sus vidas -de sus preocupaciones, intimidades, secretos, reflexiones y temores durante ese lapso de tiempo (la primera carta se fecha el 5 de octubre de 1971 y la última el 30 de noviembre de 1983)--, sino que, al paso de su recuento, acaba simbolizando la propia travesía contemporánea de nuestra sociedad.

De una a otra novela, no sólo ha ocurrido una potenciación de las posibilidades del género epistolar como vehículo de la comunicación narrativa, sino que también ha madurado el observador social, la capacidad de ironía y de crítica y sobre todo el compromiso intelectual de un hombre que tiene cómo y por qué saber tanto del proceso de deterioro social del país.

A mi modo de ver, lo más importante de Cartas cruzadas -a pesar de los peligros inherentes a la resolución estructural por la que ha optado su autor (la extensión misma de la novela, la diferenciación de las "voces" que habitan el texto, la aventurada anticipación de datos y hechos "reales" que podrían minar su verosimilitud, entre otros)-, es que termina siendo una novela muy efectiva en términos de recreación de los cambios sociales y éticos acaecidos durante los últimos años en el país, precisamente porque -a diferencia de lo que podría haber hecho un ensayo sociológico, con su estrategia conceptual y estadística- logra desplegar toda la riqueza y el complejo dinamismo de la realidad reproducida en sus páginas.

En últimas, esta eficacia literaria se debe a que la novela de Jaramillo observa y armoniza tres condiciones de la literatura realista: en primer lugar, elabora minuciosamente la singularidad de los escenarios seleccionados, en segundo lugar -respetando las exigencias genéricas- , construye una historia interesante, pero, sobre todo, consigue aprovechar y desarrollar todo su potencial simbólico.

A medida que la novela avanza -morosamente, exigiendo la paciencia del lector- se van perfilando los personajes, conocemos sus debilidades y sus evoluciones.  Así va surgiendo el mundo académico universitario con todas sus contradicciones, sometido, por un lado, a una retardataria, pragmática institucional y dinamizado, de otro, por los aislados intentos de renovar su rol social, de poner en práctica una conciencia crítica y formadora.  No es una casualidad que Luis, el protagonista, sea nada menos que un profesor de literatura; esta es una condición que hará más patético el proceso de descalabro social.

Así va surgiendo también el escenario de la sociedad antioqueña con todos sus conflictos.  Tampoco es una casualidad que los personajes principales sean antioqueños (y que vivan "exiliados"), no es solamente autobiografía, es más que eso, es la temible constatación del fin de un mito: el país paisa se derrumba de una manera que bien podría considerarse como paradigmática. Aparece también el mundo del narcontráfico en toda su complejidad, creciendo como los nenúfares en el lago social, penetrando sin concesión todos los rincones de la casa, como una maleza incontrolable.  Está igualmente el escenario de los Estados Unidos (y más específicamente la ciudad de New York), no tanto como escenario del desarraigo (aunque también), sino como el espacio ambiguo de la libertad y de la prosperidad, como contrapunto y referencia.  Al fin y al cabo es allí a donde decide viajar Raquel, la compañera de Luis, cuando los demás escenarios se han cerrado para ella.

Todo este panorama para un tiempo histórico, cuya selección tampoco es aleatoria, sino que más bien se percibe  y se intuye con una funcionalidad sugestiva:  la década de los setenta, época de despliegue -aunque  también de menoscabo- de los ideales nacidos pocos años antes:  la búsqueda de la autenticidad, la reivindicación del cuerpo, el sexo sin tapujos como condición liberadora en el amor, el compromiso político, la nueva izquierda, la confianza en la droga como llave de las puertas de la percepción, el rock, la marihuana... El tiempo de la utopía que, si bien invitaba a un mejor futuro, también contenía en forma latente los elementos primordiales de la descomposición:  la descreencia y el narcisismo a ultranza.

Y los personajes terminan, muy a pesar suyo, dominados por las fuerzas que dinamizan estos escenarios; no basta la conciencia crítica o la fuerza moral y ética o la convicción personal, algo (algo muy difícil, no sólo de definir, sino de controlar) los arrastra al despeñadero, como si no hubiese manera de evitarlo, como si los senderos tuvieran ya señalado su destino.  Poco a poco, esa inocencia y ese simplismo de la juventud de los setenta, esa "marca", se vuelve contra ella para convertirla en presa fácil de la fuerza avasalladora del deterioro moral.

La novela pone en relieve este albedrío a través de lo que podríamos considerar su programa narrativo.  Una historia que podría sintetizarse con estas dos preguntas:  ¿ por qué un amor tan fuerte y tan rico, tan "auténtico", el de Luis y Raquel, termina, y de esa manera?  ¿Cómo es que un profesor, ¡todo un "peache"!) se convierte en narcotraficante?  ¿Qué ha sucedido?... "Fuimos felices", confiesa Raquel en su extensa carta a Juana, y con esta fórmula pone en marcha la dinámica de un relato que podría ofrecer alguna respuesta si no fuera porque no es tan fácil llegar a ella. Y es en este punto donde el "cruce" de cartas y la estructura de la novela alcanzan su máxima funcionalidad, pues a través de este mecanismo es como nos acercamos a la complejidad del problema: la intermitencia de los narradores y la consecuente fragmentación del punto de vista, junto a la información sintetizada en la carta de Raquel (también seccionada) generan el efecto de una espera necesaria.  La historia se va tejiendo gracias a esa doble alternativa: de un lado, la información contemporánea y múltiple del proceso, de otro, la síntesis retrospectiva de Raquel, que, aunque anticipa de alguna manera los hechos, se hace insuficiente (pese a que ella es la doble víctima del deterioro que ha hecho de Luis un narcotraficante y del amor una pesadilla).  El relato sabe mantener un clima de suspenso, acomoda su ritmo y pronto estamos también inmersos en la necesidad  de saber por cuenta nuestra qué ha sucedido:  la historia nos ha atrapado.

Así, la cuidadosa selección de los escenarios (la intuición de su poder sugestivo) y el eficaz manejo del programa narrativo (su capacidad de atrapar al lector), se conjugan en la novela de Jaramillo para hacer que la singularidad de una historia personal pase a ser, por vía de la ficción, una muy oportuna representación de la realidad común:  lo que en apariencia es individual y cotidiano (las vidas íntimas de los personajes, sus conflictos, sus historias), alcanzan de pronto- sin perder su carácter original pero verosímil - la dimensión de lo general.  Los personajes ya no son solamente los personajes, son reflejos de los distintos actores sociales de un conflicto que se ha extendido sobre los más improbables escenarios; las relaciones personales se convierten en metáfora de los complejos lazos de una sociedad en decadencia.

Y todo esto, muy cerca de la vida, sin tener que separar la esencia del fenómeno de sus manifestaciones cotidianas.  Por eso, como lectores, poco a poco, nos empiezan a asaltar la sensación de que todos hemos sido a la vez víctimas y culpables en el conflicto:  somos Luises en potencia o Raqueles reales o Estébanes incógnitos, quizás hemos cometido sus mismos errores; tal vez nuestras vidas no se diferencian en mucho de las de Pelusa o Cecilia, tan mediocres como ingenuos; o quizás todavía habita en nosotros una Claudia rebelde y consecuente; es posible que nos quede la esperanza de llegar a ser íntegros y fuertes como el cura López; o, tal vez, simplemente nuestro destino es acabar como fantasmas, obligados a ocultarnos por el temor a ser reconcocidos. Ahí están, pues, todas las posibilidades.

Algo queda, paradójicamente, muy claro al terminar la lectura: estamos confundidos. Una sociedad emprendedora y sólida como la antioqueña ha caído en la trampa, mostrando sus fisuras, un mundo tan puro como el académico se derrumba frente a la performatividad de una sociedad que ha perdido su rumbo; el deseo de poder y de dinero se convierte, por debajo y por encima de toda retórica moralista, en el único parámetro de supervivencia: llenarse los bolsillos de dólares fáciles es ahora la prioridad. En todo caso, parece preferible ser narcotraficante que profesor: "Estoy acorralado -afirma Luis a su amigo Estéban en una confesión que lo dice todo-, pero lo más grave es que no entiendo en qué estoy metido. Imáginate un laberinto en que no sabes la salida y a cada paso te juegas la vida". Se completa el descalabro y entonces ya no queda sino la retórica de la justificación:

La universidad me parecía una farsa y yo era un vendedor de un específico inocuo pero inútil, un mentiroso que había evitado, por pereza, cometer el único pecado, que era convertir su prestigio académico en poder [...] Necesitaba salir de ese narcótico de la rutina, necesitaba un mundo desconocido, nuevas incógnitas, nuevos desafíos, nuevos aprendizajes [...] me sentía hastiado [...] la cocaína no es el demonio [...] contribuye a ampliar las fronteras de la percepción -si quieres una bien propia de los sesenta- y a aumentar el volumen de ganancias -si quieres un argumento propio de la naturaleza humana- (ps. 573-575).

Así, ni el amor más grande, ni la amistad más intensa, ni la raza nás pura, nie l medio más refractario, ni la sociedad más fuerte, resisten el embate...

Admirable también el manejo, la flexibilidad y la eficacia que Jaramillo le impone al género epistolar, al que le ha sacado todo el rendimiento posible. Si algo es mimético en la novela, es el acto de escribir, y los personajes "escritores" son muy conscientes de ello, dejan muy claro sus motivaciones, su confianza en la carta como cauce de presentación, y en general en la escritura. Constantemente, los personajes-escritores justifican el recurso a la carta, como una manera de salirle al paso a la superficialidad de lo que Ong llama la cultura de la oralidad secundaria: la cultura del teléfono y de la comunicación instantánea que no le da espacio ni oportunidad a la conciencia sobre el lenguaje y sus vínculos con la realidad.

En últimas, en la novela de Jaramillo se amplifican los impulso que, ya en el renacimiento, latían en el género epistolar y que luegon convergerían en la novela: la saturación de la individualidad, el afán autobiográfico, la conciencia teórica de su propio desarrollo, profusión de hechos y, sobre todo -algo que el autor explota muy bien -, la apertura a lo humilde y cotidiano.

Por lo demás, el cruce de cartas como mecanismo narrativo permite el "ocultamiento" del autor en la figura del "editor": no aparece una voz autoritaria que organice y centre el relato, sólo la simple acción de selección, disposición y edición de unos textos ajenos en apariencia a la mano del autor. Esta facilidad del género epsitolar lo convierte en un conveniente vehículo de verdades precarias y relativas (dialógicas) y de visiones cotidianas (inmanentes), muy oportuno si se desea ofrecer una especie de afinidad con lo que querría una literatura posmoderna, donde la omnisciencia (en tanto expresión de una autoridad narrativa) ha perdido legitimidad y la proclamación de verdades definitivas no alcanza función ni sentido.

Novela simple, legible, agradable, pero no por ello exenta de complejidades. El eficaz planteamiento de su estrucutra y el hecho de haber seleccionado personajes cultos omo autores de las cartas, da cabida a las más diversas referencias y reflexiones: ahí la poesía modernista y el homenaje a nuestros poetas, ahí la reflexión sobre el proceso creativo, ahí también el futbol y el periodismo, la cocina ciolla, las experiencias con la droga, el sexo; la crítica sobre el advenimiento de las fortunas, las extravagancias de los mafiosos; ahí la amistad y el amor... Una novela que nos refleja en toda nuestra abrumadora e intrincada extensión.