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Posmodernidad en la novela colombiana. Narrativa colombiana de fin de siglo - Metaficción en la novela colombiana

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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Raymond L. Williams
Novela y poder en Colombia - Posmodernidades latinoamericanas: La novela posmoderna.

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Apuntes sobre literatura colombiana -comp.-

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Jaime Alejandro Rodríguez - Examen de la metaficción en algunas novelas colombianas recientes



Equivalencias entre realidad y ficción

La escritura como tema y como problema, como posibilidad y como proyecto, como preocupación o como salida, recorre cada uno de estos textos, les da consistencia, les permite respirar a su ritmo.  Ese rasgo de autoconciencia les es común.  El otro que parece estar presente más o menos en forma explícita es la equivalencia entre realidad y ficción.  La muerte de Alec, por ejemplo, comienza planteando que aunque "La vida no tiene argumentos" y aunque en "La literatura todo suele ocurrir ordenadamente" de repente "como por casualidad, el acontecer cotidiano abandona su desorden vulgar y se desenvuelve con una simetría aterradora [... ] por su exactitud y por su artificioso fidelidad a la literatura. (p. 11).  Queda planteada así una equivalencia entre vida y literatura como origen y motor de la escritura.  Sólo cuando se percíbe lo "literario" de la vida se es escritor.  Pero para ello se debe reconocer que lo real es lenguaje, que la realidad es un tejido de signos: "Estoy hecho de libros", confiesa el narrador (p. 80): un adicto a "la droga literaria" (p.66).

Vida y literatura son la misma cosa (por eso el escritor no es más que un lector de signos y la división escritura - lectura desaparece): aquélla es objeto, ésta, un segundo espejo (el primero es la memoria) que devuelve la imagen pura del objeto.

Vida y literatura son una misma cosa también para Ramos en Mujeres amadas.  Aquí la equivalencia se generaliza: lenguaje igual realidad y se problematiza en la división teoría -práctica o en la contigüidad entre palabra y comportamiento.  Una equivalencia que puede llegar a ser un problema:

Las zonas sagradas sólo deben visitarse cuando el rito pueda cumplise hasta sus últimas consecuencias -dijiste.
Estoy de acuerdo -respondí-.  Pero debes entender que hay quienes viven en el rito perpetuo.
Literatura -dijiste lapidaria.
Vida -respondí-.  Tal vez sea lo mismo...

Yo estaba definitivamente confundido.  Creía ser el emisario de la vida y resultaba ser lo contrario.  Para mí tu eras literatura.  Uno de los dos mentía, aunque fuera inconscientemente (p. 212).

Una eqivalencia que se manifiesta como contiguidad en el Reptil en el tiempo cuando la cuando la mujer que escribe encuentra que la conversación, entre la mujer que no escribe y la monja que suele visitarla a la celda, acerca del sacerdocio puede ser retomada para hacer surgir desde allí la novela: Vida que alimenta la literatura o, como en La otra selva, equivalencia relato-vida.  Aquí, el narrador escritor se describe a sí mismo como un hombre cuya vida sólo puede interesar en esta narración por un inesperado cruce del destino: por haberse mezclado en un relato (o varios relatos, para ser precisos) que él aún está tratando de descifrar, un relato que lo unió a la vida de otro hombre y lo llevó a escribir su propia versión de lo ocurrido (p. 23).

Sin embargo, la vida no colabora a veces con el relato.  El hilo narrativo no coincide con los hechos: ¿que hacer?, ¿lamentarse por este obstáculo? o, como en el lector protagonista de El Visitante, protestar precisamente porque lo hace: ¿qué puede ser más trágico para Luis: haber vivido la tragedia de la muerte de su hijo en came propia o verla repetida en la literatura?: -Estúpido -grité-, tú has podido cambiar el desenlace.  Has podido salvarlo.  Si el arte puede más que la ciencia y la historia!. (p.95). La equivalencia aquí es dolorosa, no salva, no refugia, no exorciza.

Así como para el narrador de La muerte de Alec, la realidad de Ramón (Transplante a Nueva York) es también criptográfica (p. 58): debe interpretarse, es signo.  El asunto aquí es que la equivalencia realidad-escritura (equivalencia entre signos) es insuficiente para responder a las necesidades existenciales: el tiempo introduce una sensación de irrealidad, se convierte en aporía y cualquier intento por re-presentarlo está condenado al artificio, a la simple convención, al simulacro.  De ahí que la equivalencia cambie su centro de gravedad, de ahí que el realismo (es decir, ese intento por atrapar la realidad) se busque en otras dimensiones distintas a las de la representación de la palabra.  La necesidad literaria de recurrir a referencias no ostensibles convierte la escritura en una ilusión más, en un frágil poder incapaz de perpetuar o de conjurar los recuerdos.  Ramón acude a los objetos simbólicos y los empieza a coleccionar como sustitutos del tiempo.  Acudir al objeto simbólico, a la cosa, en vez de a la palabra para evocar los recuerdos, para condensar el tiempo, es asumir una equivalencia que trasciende la relación realidad - ficción y la integra en el símbolo.

En La Ceniza del Libertador la equivalencia lenguaje - realidad está más allá, se manifiesta como equivalencia historia-ficción o documento-vida:

Eso que llaman Historia ¿qué podría ser sino lo imaginario mismo, lo soñado andando por los caminos, derramando como la leche en los hogares del fuego Una, dos, tres obsesiones juntas en el espejo
Y  un poco de polvo de realidad encima?[ ... ]
¿Qué clase de documento es esta vida que llevo?
Otros vendrán a buscar papeles entre el polvo [...]
A procurar archivos donde sólo hay palabras [...] Pero más allá de ellos, los historiadores sacralizarán el archivo, dirán que es allí donde está la verdad objetiva [...] y lo que algún día fue voz, sueño, imaginación, pasión desbordada, pasaría a ser sólo documento [...] (p.240).

Por eso la novela misma, no el documento sino la recuperaci6n de esas voces, sueños y pasiones que una "realidad" histórica es incapaz de recuperar. Lo real es lenguaje, entonces el lenguaje debe hacer real eso que la historia abandona.




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