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Luz Mary Giraldo - Ciudades Escritas


Ciudades Escritas: Luz Mary Giraldo. 3ra Parte: Ciudades contemporáneas

Ayer es hoy y mañana - Ciudades literarias: tejer y destejer - Inmigrantes y transeúntes - El rumor del astracán: migraciones judías - Los elegidos: la mirada europea - Transeúntes y ciudades - Ciudades en la música y la noche - Marginalidad y Apocalipsis - Fanny Buitrago: El espejo ridículo - Marvel Moreno: la ciudad criticada - Rodrigo Parra Sandoval: la ciudad parodiada - El futuro del presente: R. H. Moreno-Durán


Transeúntes y ciudades

Además de los inmigrantes la ciudad también ha sido constituida por transeúntes a quienes reconocemos de diferentes maneras: entre los que van de paso o de tránsito como turis­tas o viajeros y los que la habitan y recorren vagando por ella, viviéndola, reconociéndola o evocándola. Indudablemente la nueva narrativa ofrece distintas formas de tránsito o vagabundeo y en gran parte de ella se reconoce la crisis irredenta, la contradicción de los espacios el conflicto per­manente, la aglutinación de los habitantes y las formas ex­presivas que construyen y destruyen.

En general la novela contemporánea muestra el carácter ambulante y vagabundo del hombre en sus personajes y en algunos autores la experiencia vital propuesta se acerca más a circunstancias propias de la decadencia del hombre mo­derno que entre los cincuenta y sesenta impuso una manera de cuestionar pensar y sentir la vida y los valores Socioculturales, dándole paso al absurdo y al vacío existencial característico del personaje abúlico. Este vagabundeo muestra la ciudad de múltiples maneras: en lugares concretos en sitios selectos, dando una visión particular o de conjunto en zonas cerradas y con personajes ensimismados, abúlicos, e individualizados, en barrios o escenarios que reúnen colectividad, como bares, cines, espacios universitarios, calles, espacios públicos, en fin, mostrándola como una vitrina, como un lugar de representaciones, y al habitante como un actor, alguien que cumple un papel en la escena cotidiana y pasajera. La narrativa de Osorio Lizarazo, de Bibliowicz de Fayad, de Plinio Apuleyo Mendoza, de Nicolás Suescún" de Fanny Buitrago, de Helena Araújo, de Consuelo Triviño de Laura Restrepo, de Roberto Burgos Cantor, de Antonio Caballero, en fin, muestran ciudades vividas y recorridas en el siglo XX.

En algunos casos persiste el escepticismo y la conciencia de vacío, desencanto, desengaño y desilusión. Esa actitud se ha definido bajo la impronta de laissez jaire-laissez passer; representada por personajes habituales en quienes se evidencia un íntimo dejo de nostalgia, de deseo de que algo existente en algún lugar redima o resuelva cierta situación de escepticismo, o por el contrario, se abandonan al fluir de los acontecimientos. Recorren calles y en su recorrido ago­biante se sumergen en su propio vacío. Así se presenta tam­bién en la narrativa de Nicolás Suescúri, en la de Luis Fayad , en Ese último paseo de Manuel Hernández, en gran parte de la obra de Evelio Rosero, Pedro Badrán, Mario Mendoza y Santiago Gamboa. Los personajes recorren las calles de la ciudad, los lugares amados y temidos, se encuentran con la soledad o con la degradación encarnada en personajes ata­dos al cuerpo urbano, a sus estrías y pliegues y aprehenden formas, modos, sensaciones y maneras de sentir la vida; per­siguen en ellas una explicación, un trabajo o una forma de supervivencia; resolver un misterio, un enigma, un crimen, en fin, en medio de la rutina diaria y sus peligros o en la nocturnidad y sus horrores (en este caso pueden confron­tarse muy especialmente las novelas de Mendoza, Gamboa y Franco). En muchos casos la crisis y el vacío se expresan me­diante la narrativa negra o un realismo sucio que, a tono con rienda contemporánea y con la inestabilidad y problemática de las ciudades, se convierte en una tendencia explorada con acierto. En la mayoría de estas obras el personaje ­vive un exilio interior, un vagabundeo sin nostalgia por paraíso perdido, una realidad vital sin utopía, desamparado, tránsfuga o errante. Estos personajes podrían integrar la complejidad del espacio urbano como transeúntes del va­ cío. Una actitud de tinte existencial define la postura de al­gunos de estos personajes y otra, de aventura azarosa, de exploración en los suburbios: en lo más escondido, violento, misterioso que guarda la sociedad en el cuerpo de la Ciudad. Ambas se concentran en el absurdo, pero una es introspectiva y1a otra más aventurera, cercana a lo policiaco y a un nuevo naturalismo.

La narrativa de Luis Fayad, entre el absurdo y el nuevo realismo, o el de quien con un realismo crítico y una aguda ir mirada al absurdo explora los territorios de la ciudad reco­nociendo espacios, clases y condiciones sociales y formas culturales, exhibe el sinsentido y el" anacronismo. Tanto en los cuentos de sus diversas épocas como en sus novelas, Fayad presenta seres domésticos y de ambulantes por la ciudad, que vimos en el primer capítulo. Igual que en la narra­tiva de Pedro Badrán, los personajes ven cómo se traspone el límite de su territorio particular" cuando impotentes cons­tatan que de manera absurda y pesadillesca se pierde el ca­mino del retorno al hogar y se salta al vacío al confirmar que su alcoba, su casa y su barrio flotan suspendidos en el aire. E igualmente los personajes de los textos de Nicolás Suescún deambulan por la ciudad, van de un lugar a otro rodeados de gente por todas partes" , en una masa que anula su iden­tidad y entre las calles, la ciudad -mujer o telaraña- atrapa a los hombres que como insectos se enredan felices, pero no inocentes. Personajes que identifican y definen la vivencia urbana y sus simulaciones: pensionados, abúlicos y rutinarios, soñadores ("onirómanos"), jueces, solitarios "busca personas", en fin, confirmando que nada más "puede d sobre el sentido o el absurdo de la vida" , pues ésta será inquietante y no dará respuesta.

Un carácter más agresivo se da en las novelas Mendoza y Gamboa, mediadas por la aventura policíaca. En ellas se recorren calles de una ciudad peligrosa, misteriosa y generosa en experiencias y lugares, en relaciones y encuentros, en crisis y conflictos. Lo diurno y lo nocturno, lo erótico y lo tan ático, lo sagrado y lo profano, se dan cita en los textos de Mendoza (1) donde se vive y se escribe la ciudad, desde la que se pasa del cementerio a la alcoba, de la calle al parque, del bar al prostíbulo y de los vivos a los muertos o viceversa, en una búsqueda constante por la multiplicidad de fragmentos que la integran, dejándose seducir por ella, viviéndola con el cuerpo y el cerebro, asumiéndola, agrediéndola y poseyéndola. Lo profano, en tensión con lo sagrado presenta en Gamboa una ciudad donde se dan cita asesinatos y religiones de época, amor y dolor, escritura y desastre, estableciendo un contrapunto entre la realidad y la aventura policial. El transeúnte en la obra de estos dos autores se complementa con La virgen de los sicarios (1994) y Rosario Tijeras (1999), de Fernando Vallejo y Jorge Franco, respectivamente, expuesto a la violencia y el peligro; en una temática muy propia de las ciudades que Cruz Kronfly reconoce como " ciudades del crimen", pen­samos que en la mediación literaria del realismo policiaco y del realismo sucio es un acierto. La sociología y la antropo­logía urbanas se podrían ocupar de la lectura de la ciudad que hacen estos autores al reconocer el estudio de la ciudad (los sociólogos) y el estudio en la ciudad (los antropólogos), los unos hablando de ella y los otros dejando que ella ha­ble, como nos recuerda García Canclini.

Aunque sin el realismo sucio de éstos, merece tenerse enfrenta el carácter policial de algunas obras de Germán Espi­nosa, en quien la historia y el correlato histórico fundamentan la trama relacionándola con lo psicológico que explora el hecho narrado, en los personajes y en ese “algo” que va fa suceder. Dos novelas tendremos en cuenta: La tragedia de Belinda Elsner (1991) y La lluvia en el rastrojo (1994), en las: que la estructura lineal, la economía del lenguaje y el énfasis i en la trama rompen la potencialidad de la novela histórica o f sobre la historia, al concentrar el relato en el suspenso cuyo desenlace resulta inesperado.

Así, por ejemplo, La tragedia de Belinda Elsner puede leerse desde varios enfoques: siguiendo la trama de novela poli­ciaca o negra, analizándola como novela sobre la violencia urbana, como novela sobre Bogotá, como novela psicológica r y como novela de trágicas historias de amor. Sintetizándolos

y fusionándolos podemos destacar dos perspectivas: la de la novela de género negro y la poética del reflejo histórico en la ciudad.

Leída como novela negra se pueden constatar elementos psicologistas y condiciones de la narrativa policíaca que re­quieren de un lector espía y de un investigador de hechos truculentos que persigue a un posible culpable, ata cabos, relaciona indicios, descifra situaciones para finalmente sa­berse engañado por un narrador que propone un desenla­ce no sólo inesperado sino explicable. Desde esta perspectiva el autor privilegia la anécdota en la que se cumple un pro­ceso: presentación de un acontecimiento, desarrollo de un conflicto, figuras o situaciones de duplicidad, 'conocimien­to' sospechas, 'equívocos' y aclaración final. La estructu­ra episódica narra el asesinato de un paralítico en manos de Belinda, su mujer, que en un episodio esquizofrénico se desdobla ante la presencia de su hijo, también parapléjico, quien a los doce años interpreta en su guitarra II cierta bala­da de tono popular esto se correspondería con la presen­tación del acontecimiento. Años más tarde, el músico Nelson Chala goza de reconocimiento y prestigio. Son asesinados en Bogotá músicos parapléjicos y una mujer se ha fugado de la cárcel: situación de duplicidad. Cuando el lector sospecha que el doble de Belinda Elsner es el asesino, descubre y reconoce su propia equivocación: ha sido engañado por el narrador. Psicoanalistas, jueces y comisarios entran a escena: proceso de conocimiento, sospecha, equívocos. El narrador en plena acción de revelación de la verdad aclarará que el asesino es Nelson, el hijo testigo, el paralítico, el músico.

Este, actuando como Belinda, se desdobla en ella; en la sustitución de la personalidad padece parálisis histérica y procesa un profundo odio por los minusválidos: aclaración final.

En la novela negra se entrecruzan, además de la psicología de los personajes, varias historias de amor con finales trágicos, aunque no necesariamente dramáticos, que contribuyen al suspenso: en este caso, la historia de Verónica y el psiquiatra; la de la abogada (juez) y un músico; la de la juez y el comisario y la de Lourdes y Julián (marido homosexual). ': Entre unos y otros se generan algunas alianzas que definen , el carácter de las situaciones: la locura y el asesinato, la psi­quiatría y la ley representada en el comisario. Entre unas y otras relaciones se teje una trama alrededor de la norma, los valores, el desorden y la verdad. El lector -espía y los perso­najes investigadores se funden en la acción al aclarar simu1táneamente los hechos. La historia policial se desarrolla paulatina y progresivamente con el rigor narrativo de una obra de suspenso, creando el clima perfecto de éste: lo na­rrado, la psicología de los personajes, los dobles, las situacio­nes truculentas y la lógica de las mismas se estructuran de tal manera que el lector asiste a un nuevo registro literario de Espinosa. Un registro situado en una época truculenta de la historia nacional colombiana, ' de la letra menuda' y de Bogotá -centro del país.

Leída como una poética que llamamos del reflejo histórico, ésta puede asimilarse desde los dobles y los contrarios que se dejan ver a través de la parodia. La tragedia y el horror son una parodia de la realidad donde la historia contemporánea es drásticamente representada. Dos fechas circunscriben la novela: 1970 y las elecciones presidenciales que dan como triunfador a Misael Pastrana Borrero “con la impureza de los comicios" y 1987, durante el gobierno de Virgilio Barco. Los años del correlato coinciden con los mismos de la trama y i parecen aludir a la gestación de la violencia del presente na­rrativo a través de determinados signos: la locura, la insegu­ridad, el caos, la droga, la ineficacia y la parálisis del sistema, mostrando la crisis de los valores. El resultado es, pues, el de una doble perspectiva que muestra y demuestra una vez más a la literatura como un acto de indagación y expurgación realizada en la parodia de la tragedia humana cotidiana y como caricatura grotesca y dramática de nuestra realidad.

El llamado 'caso Pozzeto' (2) que dio tanto de qué hablar en Bogotá y en el país ha servido de móvil para la recreación literaria.

La lluvia en el rastrojo, menos tensa que la anterior, en su narración convencional se ubica en 1961 en una casa de Bo­gotá cuya vida parece detenida en el siglo XIX. Un claro énfasis en la estructuración de escenarios y parlamentos le otorga tono teatral al relato, presentando una suerte de es­pectáculo de máscaras y representaciones donde la parodia parece multiplicarse para mimetizar formas de vida, personalidades y filosofías. Estamos ante una parodia que el narrador orienta hacia la comedia humana, utilizando recursos de procedencia clásica: nombres, situaciones, discursos etc., desde los cuales, a la vez que desenmascara y crea una fiesta grotesca y una simulación de danza macabra.

Transcurridos, según el relato, veinte años de encierro '" Agonías en su propia habitación, la vida parece congelada en la miseria. El clima de suspenso orienta hacia la habitación del personaje, quien finalmente aporta al espacio vacío a su vez articulado por los hilos de Enona, madre-diosa; Sosías hijo insignificante y mediocre; Fabistán, psicoanalista manipulador del superyó de los pacientes; Malaquías, notario al. "alcohólico, y Edipo, criado, ciego, testigo de la historia y sus secretos. Los nombres y sus características son signos de una realidad que se revisa por dentro y por fuera. Mientras la representación transcurre en determinadas horas dentro de la casa, la lluvia golpea persistente (la lluvia bogotana, la de la vida y la realidad), como telón de fondo y leit motiv, acom­pañando la idea de un paraíso perdido y sustituido por el infierno cotidiano. La visión esperpéntica, que ha sido rela­cionada con Ramón del Valle Inclán, actúa como cataIizador de las representaciones, del reflejo y las deformaciones de la realidad que, como metáfora, se asocia a la vida contempo­ránea y acontece paulatinamente a través de indicios, con­tradicciones y refutaciones.

 

1 De Mario Mendoza véase Scorpio City y La ciudad de los umbrales y de Santiago Gamboa Perder es cuestión de método.

2 Este caso corresponde a un episodio truculento de la vida bogotana sucedido a comienzos de la década del noventa, en el que una vio­lenta e inesperada masacre protagonizada por un colombiano excombatiente en la guerra de Vietnam, reconocido como un ca1ma­do ciudadano, un día cualquiera da muerte a su madre, a varios habitantes de su vecindario y, antes de perder su vida a manos de las autoridades, culmina su hazaña al dar muerte a varios de los clientes de un restaurante del norte de la ciudad llamado Pozzetto. El hecho, juzgado como un caso psíquico de doble personalidad, fue asociado a los diversos motivos de la literatura negra fácilmente vivibles en una ciudad masificada y en un ambiente problemático. Espinosa lo aprovecha, lo explora hasta sus máximas consecuencias y lo contextualiza en la vida de la confusión, criminalidad y violencia de la vida colombiana

 



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