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Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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El desierto prodigioso y prodigio del desierto" de Pedro Solís y Valenzuela. Primera novela hispanoamericana.

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La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria?

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La narrativa colombiana reciente

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La violencia desde la palabra


Luz Mary Giraldo - Ciudades Escritas


Ciudades Escritas: Luz Mary Giraldo. 3ra Parte: Ciudades contemporáneas

Ayer es hoy y mañana - Ciudades literarias: tejer y destejer - Inmigrantes y transeúntes - El rumor del astracán: migraciones judías - Los elegidos: la mirada europea - Transeúntes y ciudades - Ciudades en la música y la noche - Marginalidad y Apocalipsis - Fanny Buitrago: El espejo ridículo - Marvel Moreno: la ciudad criticada - Rodrigo Parra Sandoval: la ciudad parodiada - El futuro del presente: R. H. Moreno-Durán


Marginalidad y apocalipsis

La literatura de música "dura' oscila entre lo apocalíptico y lo marginal. Sin embargo, otras novelas presentan una di­ferente visión de crisis al apuntar a escenarios sociales y condiciones culturales con los que se representan los más recientes espacios y personajes que han sido producto de lo marginal y de la marginación. Jorge Franco , Fernando vallejo, Darío Ruiz Gómez y Oscar Collazos, por ejemplo, reflejan en sus obras la cultura de la ciudad como producto de crisis y cambio de valores: marginación, degradación y apocalipsis se recrean como parte de la vida cotidiana contemporá­nea al mostrar, en el caso del primero en su novela corta La virgen de los sicarios (1994), la cultura del sicariato como forma de supervivencia. La novela, unida al espíritu irreverente y sarcástico de un narrador que se muestra dolido y rabioso, propone eventos y episodios que la caracterizan: la muerte a sueldo y la homosexualidad, la vida como una amenaza permanente, el otro como enemigo que acecha, la religión como una defensa contra el miedo o como un artificio fetichista, etc., expresados en lenguaje oral y de jerga. Estos personajes, situaciones, espacios, episodios y formas de vida, definen no sólo un período de nuestra historia (a partir de la década de1 80 del siglo XX), sino los procesos de cambio y su influencia en la degradación y modalidad de las costumbres y creencias. La novela recorre escenarios de ciudades inter­medias, en este caso las' comunas' de Medellín y el lector sigue a los dos personajes: el narrador (un intelectual que regresa a su tierra después de años de ausencia) y su joven amante (un niño habitante de las comunas de Medellín), viendo transcurrir una vida signada por la violencia; oyendo sus temas de conversación; conociendo sus principios y sus antivalores; escuchando el sonido y la música de la mini-Uzi; captando la mirada de quien ha nacido y creci­do sin inocencia, víctima del deterioro social y dispuesto a ser el' Ángel Exterminador' que ha llegado a la ciudad para acabar con la sociedad desquiciada. El lector también vive el suspenso de estar entre el "sicario contratado" o el que viene a" contratar sicarios", pues como se dice en alguna parte, en esos espacios "los destinos de los vivos están en manos de los muertos". En Morir con papá (1997) se afirma lo siguiente:

-Se vive de lo que se puede- alcanza a decir, sin que la frase lo comprometa. Es una generalidad, es, simplemente, una mane­ra de decir. El sentido íntimo, recóndito de la frase y, no obs­tante, es la única justificación que encuentra. Ser solicitado por otros hombres, ser recompensado por el hecho de aceptar­los y de aceptar sus sucios caprichos. Pararse a la media noche en una esquina y esperar al hombre del automóvil nuevo y caro que se detiene, que lo conduce a cualquier parte, a un apartamento, a un motel, al desvío de una carretera. Experi­mentar una rara suciedad en el cuerpo y el nacimiento de la rabia y del resentimiento. Desear matar a quien le da de comer. Estar a punto de hacerlo y no hacerlo porque aún matar es una experiencia ajena. Saber del placer de quien paga y de la repulsión de quien le concede el placer. (Óscar Collazos, 59)

En Tierra de paganos (1991), de Darío Ruiz Gómez, se condu­ce al lector por la misma situación resaltando la interiori­dad de los personajes, la desolación profunda y el sentimiento de encierro que determina la manera de ser y de actuar impuesta por esa nueva cultura gestada en la sociedad de consumo y arraigada de forma siniestra en las ciudades. El lujo y la opulencia se yuxtaponen a la pobreza y la miseria: conquistar lo que por origen fue negado se concibe como un ideal de vida que encierra la paradoja de entregar bien­estar material y conducir a la zozobra, al sin sentido y al dolor por los valores dejados e irremediablemente perdi­dos. La realidad que se destaca en esos relatos (casi nouvelles ) es la de la urbe en su más agobiante degradación y deterio­ro, pues la violencia y el oprobio obligan a vivir la condena de la soledad, la persecución o el exilio, de la misma mane­ra que la alienación producida por la participación en la aldea global: la inmediatez de unas conductas sociales que han arribado a clases y condiciones económicas' soñadas' se demuestra en el encierro de aquellos personajes forzados a vivir en 'jaulas de oro' y paradójicamente a sostener sólo comunicación con los aparatos de música y video que muestran la vacuidad y la transitoriedad de los nuevos tiempos. La fra­se corta y contundente narra transmitiendo a la vez el estado de ánimo de los personajes y de las situaciones, en voces que van de lo interior a lo exterior e involucran al lector haciéndo­lo sentir víctima o victimario, testigo y participante de la ac­ción, del diálogo y del relato.

Ya en los libros de cuentos Para que no se olvide su nombre (1966) y La ternura que tengo para vos (1974), Ruiz Gómez iniciaba una narrativa de vivencias urbanas, de escenarios sociales y de escritura novedosa: cada frase conduce al lector hacia los lugares, las situaciones, los temas o los personajes. Refiriéndose a sus obras La ternura que tengo para vos y Para decirle adiós a mamá, Ruiz Gómez afirma que describen el drama interior de unos personajes,

donde a la figura del victorioso se da como contrapeso la del fracasado, la del dejado a un lado por una sociedad que acepta al triunfador. y la casa, centro del afecto, centro de la historia familiar, ya está igualmente en peligro ya que el cam­bio de status social la llevará irremediablemente al abandono, manteniéndose de este modo la zozobra interior Como Cons­tante de la vida de la ciudad, pues si está la diáspora para quienes logran evadirse, el exilio interior queda como castigo para quienes no pueden marcharse, para quienes a través de una callada renuncia afirman sin embargo las voces de una ciudad que ya nadie ve pero que sigue ahí (1) .

Así mismo, seguramente relacionando la transformación más reciente de la ciudad a causa de la guerra urbana que ha azotado al país en general y en particular a Medellín se pre­gunta: 'I ¿Qué pasó para que un niño se convirtiera en un asesino despiadado? ¿Quién lo utilizó hasta degradarlo para siempre? ¿Qué sucedió para que sectores de la clase media alta cayeran casi naturalmente en la delincuencia?" (Ruiz Gómez, 29). La recreación, como hemos anotado, está en sus obras recientes, así como en La virgen de los sicarios de Fer­nando Vallejo o en Rosario Tijeras, de Jorge Franco, entre otras. En los cuentos de Sombra de rosa y vino un narrador monofónico y autorreflexivo dirige los cinco textos que lo componen, poniendo en evidencia situaciones límites y con­frontando la degradación del presente con un pasado extra­viado. La nostalgia esencialista del autor controla al narrador que recorre sociedad y ciudad asumiendo un tono reflexivo y de ubi sunt ante los acontecimientos referidos, el sentimiento de pérdida y el señalamiento del desastre. ¿Dónde están, qué se hicieron los valores, la tranquilidad, la aldea feliz? Medellín parece el centro del caos y del apocalipsis al ser vista desde las entrañas de la muerte cotidiana donde al acla­rar un crimen, en el vacío, la degradación y la miseria moral que margina se busca la aclaración de sí mismo ya su vez la de la cultura en el subsuelo y en el entorno.

Salomón Kalmanovitz reflexiona sobre la violencia con­temporánea en Colombia (2) , deteniéndose en el impacto de la violencia y en el narcotráfico, mientras Álvaro Camacho Guizado compara en el mismo texto "la violencia de ayer" y "las violencias de hoy" y, deteniéndose en las manifesta­ciones de la violencia urbana, destaca que se manifiesta en el "tartamudeo" de la ametralladora portada por un perso­naje que actúa como ejecutor "partícipe de un complejo cultural en el que parecen mezclarse sincréticamente ele­mentos religiosos y mundanos, tradicionales como el culto a la virgen ya la madre y la valoración de la muerte; moder­nos como la música rock, la pinta punk, el uso de vesti­mentas copiadas de los jóvenes de las clases altas, la motocicleta y la 'tartamuda' (ametralladora)..." (Camacho Guizado, 292). Entre la violencia rural y partidista de los cuarenta y cincuenta y la nueva violencia han cambiado muchas cosas, dándose continuidades y discontinuidades, contradicciones y diferencia de conflictos.

A fines de los sesenta áscar Collazos publicaba, entre otros, los libros de cuentos El verano también moja las espal­das (1966) y Son de máquina (1967), y en los setenta sus prime­ras novelas Crónica del tiempo muerto (1975), Los días de la paciencia (1976) y Memoria compartida (1978), en los que ponía en escena actitudes de desprendimiento y desarraigo "ubicaba a sus personajes en el ambiente de apertura y de expectativa que ofrece todo puerto. El escenario urbano de sus primeras obras fue el puerto de Buenaventura recreado como lugar de tránsito, salida, llegada, ruptura o noción de cambio, que en sus personajes es asumido como una forma de conciencia del estancamiento y la abulia. No es extraño oír que una madre, un joven o un viejo tengan claridad sobre ese 'moridero' sin futuro donde el gran acontecimiento es un acto social o religioso: un matrimonio, un bautizo, un, entierro o los oficios de Semana Santa, o la noticia de un reinado universitario cuya protagonista sea una joven lugareña. Esa conciencia hace buscar nuevos horizontes en el paradigma del sueño americano o de cualquier otro lugar ; con otra lengua, otra cultura y otra forma de vida posibles: Nueva York será, por ejemplo, 'lo remoto y lo inalcanzable', una ciudad que hay que ver con sus rascacielos, el 'Empairesteitsbildin', buen sueldo, buena ropa, trabajo 'para ser alguien, etc. Yace en su literatura una violencia soterrada, el testimonio de la falta de equidad, de la ausencia de oportunidades.

Las novelas posteriores refuerzan la escritura y la vivencia urbana con todas sus tensiones: bien en la experimentación narrativa, en la exploración en diferentes modos de vida, de sensibilidad y de expresión en ciudades, replan­teando temas e ideologías y demostrando inquietud por los comportamientos desprendidos del desarraigo, el exi­lio, la violencia, el silencio, el erotismo, la conciencia de ju­ventud o las meditaciones sobre la vejez. Así , por ejemplo, en Crónica de tiempo muerto personajes de distintas esferas sociales deambulan sin rumbo o buscan sentido a sus nece­sidades afectivas. Políticos, líderes sindicales, estudiantes, etc., definen con sus actos y comportamientos, su actuar en una ciudad como Bogotá durante la década del setenta, una ciudad de inmigrantes internos, pues "ha dejado de ser una ciudad de bogotanos" y cuyo recorrido por los barrios marginados deja ver "una arquitectura despiadada, la única, la auténtica arquitectura concebida en función de la necesidad, allí donde cada espacio es violado y llenado con desperdicios, arquitectura del despojo, antropología del hambre: las casas se tambalean, el lodo se seca arrastrado por el viento de los cerros". (Collazos, 194) El tiempo muerto del narrador muestra el tiempo muerto de una ciudad inabarcable y el deterioro de unos y otros, pues la desespe­ranza reina en esta novela donde la ciudad se muestra des­camadamente. Un ejemplo doloroso corresponde al de un niño atropellado que no recibe atención oportuna por su condición de niño callejero, mostrando así el desdén de la sociedad en una" ciudad prisión, escogida para una inno­minada expiación":

Una ciudad donde " el Gran Orden es guardado por los ojos vigilantes, detrás de las celosías, en los barrios de funcionarios equívocos, rigurosamente vestidos con un terno oscuro", una ciudad donde" se maldice el día entero, se putea la sordidez de un espacio y se parodia el progreso acudiendo a la ostenta­ción, y sólo la miseria muestra su verdadero rostro, desechan­do cosméticos, artimañas y cortinajes". (188)

En Histoire de la littérature hispano-américaine de 1940 a notre jours, de Claude Cymerman y Claude Fell, se incluye a Collazos con otros autores del Frente Nacional que, con­temporáneos del 'boom' , surgieron entre los años sesenta y setenta. Sin mucha actualización sobre la obra del autor y sobre el desarrollo de la narrativa colombiana, los autores destacan los personajes adolescentes en el puerto de Bue­naventura, sus memorias personales, la delicadeza de su lirismo unido a la tensión entre las aspiraciones y las frus­traciones de la clase media y afirma que "les tentations de la roe, sur fond du racisme, inspirent ses récits, pétris des leons formelle de la littérature moderne" (3) . La visión del marginal es otra, pues pertenece a ciudades menores y en proceso de desarrollo y, en el caso de Buenaventura Collazos la propone como una ciudad portuaria abierta a otros rumbos.

Collazos y Ruiz han dado testimonio (en una literatura no testimonial según el orden tradicional sino de manera más contemporánea) de los cambios y la alteración de nuestra sociedad y nuestras ciudades en la segunda mitad del siglo XX. En ellos se constata que las ciudades colombianas presentan sus propias peculiaridades: nacieron lentamente y fueron afectadas por la violencia rural y partidista' de años cuarenta a cincuenta y posteriormente por la violencia urbana que avanza desde los años sesenta. Por una parte, se poblaron de inmigrantes campesinos y desplazados por las distintas formas de violencia (no olvidar a los inmigrantes europeos y extranjeros de la primera y segunda guerra mundiales) (4) y, por otra, crecieron no sólo en población sino en desarrollo arquitectónico e industrial. A esto se agrega que desde los sesenta el país se abre a la "internacionalización que le permite ampliar tanto la visión del mundo como de sí mismo, cuestionar lo que durante años creyó incuestiona­ble y rehacer la percepción de su propia identidad" (5) .

En la narrativa colombiana de las últimas décadas se evi­dencian las ideas de emergencia y de catástrofe expresadas por Zarone, matizadas con la más reciente violencia urbana.

Es frecuente que esta narrativa se nutra de eventos, realida­des y situaciones catastróficas que delatan su condición urbana. Medellín es uno de esos escenarios y espacios reales de las ficciones de autores como Darío Ruiz Gómez, Fer­nando Vallejo que retoma, imprecando, tanto la violencia bipartidista y las migraciones campesinas como la violencia y 1a moral del sicariato, Óscar Collazos en Morir con papá, an­tecedida del cuento Instrucciones para morir con papá" seguida de L a modelo asesinada (1999), dando a conocer, so­bre todo en esta última otras formas de la catástrofe y crisis de las ciudades, y Jorge Franco en Rosario Tijeras (6) narra la oscilación entre la realidad de la muerte programada' , el vacío, la desilusión la búsqueda efectiva y el padecimiento en ciudades violentas y agresivas donde se confunde el dolor del amor con el de la muerte” , como dice el comienzo de la novela:

Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muer­te. Pero salió de dudas cuando despegó los labios y vio la pis­tola.

-Sentí un corrientazo por todo el cuerpo. Yo pensaba que era un beso. . .

-Me dijo desfallecida camino al hospital (Franco, 9).

En la novela la muerte es la condición habitual: no es que se viva con la certeza de ella sino que ésta se impone en la violencia diaria, esperando agazapada en cualquier rincón, en la discoteca, en la alcoba, en la cama, en la fiesta y en la rumba, en el amor y en la posibilidad del encuentro feliz. Los personajes, Emilio, Rosario y Antonio el narrador, se desplazan por la vida asumida como un juego de azar. El triángulo confirma que ella pertenece a la sociedad marginal de las comunas de Medellín, y ellos a la monarquía criolla llena de taras y abolengos" que los impele a buscar algo nue­vo, audaz e inesperado, a través de Rosario, la pandillera que conoce de la muerte a sueldo. El triángulo amoroso que se construye reúne también el espíritu transgresor de de los jóvenes que se mezclan en escenarios de música, baile, fuertes experiencias y frenesí. Si Rosario afirma que "no importa cuánto se vive, sino cómo se vive" , sus amigos comprenden que ese "cómo era jugándose la vida a diario a cambio de unos pesos para el televisor, para la nevera de la cucha, para} echarle el segundo piso a la casa" (169), mientras andaba,"por ahí acabando con medio mundo" (178), asistiendo a la muerte, presenciándola, propiciándola o viviéndola desde "su extraña mezcla de niña y mujer.

Emanuela Jossa (7) llama la atención sobre los protagonistas en algunas obras de esta narrativa, en la que se da a veces un protagonista intelectual" enajenado" que mira la ciudad como un "tejido ajeno" y a quien se oponen "los que parecen construir la ciudad desde su condición de marginados, los que parecen pertenecer al tejido urbano, viviéndolo y modificándolo. Éstos son los que viven en los barrios supuestamente marginales, como las comunas de Medellín, o Ciudad Bolívar de Bogotá". Jossa destaca, ade­más, que seg4n la sociología urbana dada en estas obras "la ciudad colombiana se construye empezando por la mar­ginalidad y no por el centro", como puede verse en los niños de la calle, los sicarios y los condenados que sucum­ben en la limpieza social, quienes "parecen tener una con­ciencia de su papel en el restringido mundo barrial, precisamente porque el elemento central de la identifica­ción es el sentimiento de pertenencia territorial".

De alguna manera esto puede relacionarse con lo que Edgar Vásquez define como parte del proceso de cambio de una sociedad en la ciudad " en la que otrora fuera la sociedad tradicional-agrícola, rural y aldeana- el 'pueblo' estaba constituido por las clases subalternas del campo, los campesinos, los artesanos y las comunidades indígenas y negras. En la sociedad moderna, industrial y con un am­plio desarrollo del sector terciario, el 'pueblo' está confor­mado fundamentalmente por los pobladores de las barriadas urbanas” (8) .

Vásquez reconoce un" proceso de transformación moder­nizadora y una" dinámica migratoria" que cambia el" conte­nido del término pueblo" incidiendo en sus mentalidades, su entorno social y espacial, sus formas de vida y de trabajo, para generar una "mentalidad del inmigrante" que constru­ye un nuevo sujeto, "resultado sincrético entre lo moderno encontrado en la ciudad y la persistencia de algunos valores tradicionales procedentes de su reciente pasado rural". (Vásquez, 166)

Desde los planteamientos de ltalo Calvino, Emanuela Jossa se atiene al verbo "ver" para analizar la materia urbana y la mirada del escritor. Según Jossa, ltalo Calvino:

Aprovecha precisamente el verbo "ver" para su análisis sobre el tema: según el escritor italiano, para ver y después narrar una ciudad no es suficiente tener los ojos abiertos, caminar por las calles recogiendo datos y sensaciones visuales, olfativas, auditivas. Es preciso plantear el método, que él define a través de tres momentos de la creación literaria: descartar, simplificar, relacionar. Tres operaciones de sabor cartesiano, correspondien­tes a la actitud intelectual del escritor (9)

Precisamente, refiriéndose a La virgen de los sicarios (10) , Jossa reconoce la mirada del autor al mundo marginal del presen­te de Medellín. Desde éste el narrador presenta dos ciudades signadas por el tiempo: una pertenece al pasado evoca­do y otra al presente vivido y deambulado. El primero es edénico y retoma la infancia, el mundo familiar, la aldea fe­liz: "había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta"; el segundo pertenece a la madurez que vive el caos, el apocalipsis, la destrucción y la violencia. Si la infancia es la aldea, el cuento de hadas, del mito o la leyenda (había una vez), el presente es la ciudad cloaca, un matadero, el mundo infeliz, la herida irónica que arranca a la voz narrativa un tono resentido y agresivo. La mirada a las dos ciudades la integra en una ciudad escindida y alienada: Medellín y Medallo, anverso y reverso, arriba y abajo. El presente es la ruina del pasado y el final de la ino­cencia que se hace evidente en el “Ángel exterminador", sem­blanza del sicario y su moral anárquica.

El presente es la emergencia y debe mirarse crítica y des­pectivamente para anular toda melancolía evocadora: "!Al diablo los recuerdos! ¡Nada de nostalgias! Que venga lo que venga, lo que sea, aunque sea el matadero del presente. ¡Todo menos volver atrás!", aunque el pasado se imponga a ratos como un forcejeo entre realidad y evocación, es decir, como diría Cruz Kronfly en "Las ciudades literarias" , viviendo entre la ciudad del crimen y, agregaríamos, la crisis de sentido y la de los instantes fundadores. En lugar de las flores del pasa­do el narrador que regresa a su tierra encuentra las comunas " en plena matazón, florecidas, pesando sobre la ciudad como su desgracia" y por donde quiera que transite lo hipnotizan los cadáveres. Tiene que luchar para dar muerte a su pasado y olvidar de una vez por todas su inocencia y coincidir con Alexis, el joven amante, " en un presente sin futuro: en ese sucederse de las horas y los días vacíos de intención, llenos de muertos".

Aquí la pobreza corresponde a una condena que rige el destino del marginal, y la violencia es la opción, la alternati­va propuesta por la sociedad, parecen decir los nuevos na­rradores que dejan en su literatura el testimonio de la descomposición moral y social. Con La virgen de los sicarios y " con un rencor cansado", el narrador regresa como el río de Heráclito a su tierra natal, " siempre el mismo en su per­manencia y siempre yéndose" (35), para verla devastada por la muerte, la moral del sicariato y la cultura en la que reinan el resentimiento y el sin sentido. Este regreso a la contempo­raneidad muestra los cambios operados: rigen una nueva moral y una nueva verdad, y lo marginal se presenta de for­ma extrema en el ambiente a través de unos personajes con­cretos y una jerga específica que demuestra "que al desquiciamiento de una sociedad se sigue el del idioma" (65). Así también el narrador fusiona las comunas de Medellín con los principios y costumbres de sus bandas en las que "los destinos de los vivos están en manos de los muertos" (68), las relaciones amorosas y transgresoras entre homose­xuales y la comunicación no sólo con determinado lenguaje sino con gestos o miradas.

El destinatario cambia con relación al de las otras novelas: ha dejado de ser la Bruja, su perra de siempre ya muerta, los abuelos, los padres, en fin; está más bien dirigida a alguien extranjero (mejicano, tal vez, aunque al final, según la jerga, es un parcero), a quien se le aclaran ciertos datos que identi­fican a la 'cultura paisa' y al país del Corazón de Jesús, el del "pecho abierto" y "goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Co­lombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos amén" (8). Así mismo, han cambiado los valores y sus iconos: el anterior culto a la Virgen del Carmen se ha sustituido por el de María Auxiliadora; la iglesia no es refugio para encontrar la paz sino para espiar y cumplir transitoriamente peniten­cia y purificación por la confesión de asesinatos; el escapu­lario no pertenece al creyente sino al fetichista, etc. La ambientación del mundo es una crítica irónica y caricaturesca semejante al tono de su lenguaje: los globos de la infancia reaparecen como una metáfora del pasado que fue y se hizo humo, como "rombos o cruces o esferas hechos de papel de china deleznable, y por dentro llevan una candileja encendi­da que los llena de humo para que suban"; (7) la analogía del viaje se hace " de bache en bache", representando las condi­ciones del país; las alusiones a los partidos políticos, a la educación, a la religión, a los presidentes y demás mandata­rios, en fin, ya conocidos por el lector de sus anteriores no­velas, se reiteran para justificar que los libros no se escriben sino se viven y confirmar que la literatura es memoria, catar­sis y testimonio que transcribe aprovechando la oralidad se­cundaria y la experiencia de un narrador bufón.

Más cercana que su narrativa autobiográfica a las catego­rías de novela convencional, ésta se estructura desde una doble articulación en la que la evocación nostálgica y apasio­nada se cambia por la rememoración que sirve de guía para radiografiar el presente sin prescindir de la ironía, la agre­sión y la violencia verbal: de una parte, el macrocosmos re­mite a una nueva forma de abordar lo regional dando idea de totalidad al retomar todos los elementos que han alimen­tado el discurso temático y formal de sus obras anteriores; y de otra, el relato narra una historia de amor marginal (ho­mosexuales que viven en las comunas de Medellín), entre el narrador y un niño sicario, ' ángel exterminador' de nombre Alexis, quien por el fatum terrible de su época y su medio, a su muerte violenta será sustituido por su propio victimario, igualmente víctima de otro de su medio. El presente defor­me da lugar a un discurso agresivo que se torna fascista: la necesidad de acabar con todo lo que anuncie continuidad (niños, jóvenes, mujeres embarazadas) da a luz un nuevo Herodes en las figuras que llevan la muerte en sus ojos y en sus armas, de la misma manera que en la recriminatoria voz de todos concentrada en la palabra que narra. Cabe afirmar que esta voz colectiva aprovechada por Vallejo en ésta y to­das sus obras no obedece solamente a su perspectiva del país sino también a la de quienes lo proyectan y lo viven única­mente con resentimiento e incomodidad, encontrando y vien­do en él sólo el lado oscuro y vacío, la ausencia de cultura, de Dios y de ley. Como un "malpensante" y como Cristo en el templo dando látigo a los infieles, el narrador se queja, cuestiona, recrimina y atenta contra lo construido-destrui­do y desde él, el autor transforma la idea preconcebida de Colombia como un paraíso.

Desolación, desesperanza, desilusión, orfandad y agonía, caracterizan la narrativa de Fernando Vallejo en la que la rei­teración se abre como un espejo deformante, y exhibe en lo oral la cultura popular y en la escritura de estirpe realista ­naturalista el conocimiento y la visión cáustica de nuestra historia e identidad. Heredero también de la mordacidad de, Miguel Ángel Osorio, Tomás Carrasquilla y Fernando Gon­zález, Vallejo cultiva en su narrativa el gusto por el escánda­lo y la diatriba, al mostrar que el mundo está invadido por la ¡miseria: el vértigo de la palabra entrelaza con amarga ironía ¡anécdotas que constatan, en la ausencia de paraíso, una enor­me distancia con la fantasía de lo real-maravilloso y de ánge­les redentores y pérdida de los arquetipos que sustentan lo ; sagrado. El autor es un nuevo cronista: contraría la historia; oficial (11) y se lanza visceralmente contra ella. Los políticos y burócratas, esa " gentuza", "tendrán que pagar en carne pro­pia lo que nos han hecho a nosotros", afumó en entrevista a Mauricio Becerra (12) . Hay que reconocer también en él al aven­tajado explorador del lenguaje que, como hemos afumado, devuelve a la lengua y al idioma la espontaneidad perdida a través de esa palabra y ese lenguaje " soberbio e insultante, arrogante e irreverente", para decirlo con las palabras de Fabio Jurado Valencia (13) , quien demuestra que cada una de sus obras son textos culturales que " corresponden a unos valo­res, unos principios codificados por los usuarios de esa cul­tura" . (Jurado, 353)

Adicionando otras visiones del mundo marginal (aunque menos agresivo), es importante tomar en cuenta estas tres novelas que tienen como escenario la calle, pero una calle diferente a la que hemos visto: La calle ajena de Flor Romero (1992), Para que se prolonguen tus días (1998) de Selnich Vivas y Prohibido salir a la calle (1998) de Consuelo Triviño. La pri­mera se refiere a la ciudad marginal desde una sociedad menos agresiva pero igualmente desgarradora. En ella un buen número de personajes escoge la ciudad como su terri­torio, sus límites son sus propios límites y sus lugares de concentración; la ciudad les pertenece, su hogar es la calle "y al mismo tiempo su pesadilla". Así dice alguno de ellos: "La calle es dura, es cierto, pero es de uno, uno la recorre, uno la pisa, uno se va, uno viene, uno se devuelve, uno cara­colea y nadie dice nada". En ella se encuentran fuertes con­trastes sociales, resultado de la experiencia de desplazados de la violencia: "Todos habían sido empujados por la violen­cia de los campos y de los pueblos. Abandonando casas, fin­cas, vacas y sementeras, las familias recomenzaban la vida". En esta ciudad de niños abandonados, recicladores, prosti­tutas, familias de los inquilinatos y perros vagabundos, el mundo parece mugre, desperdicio y vértigo: los basureros echan bocanadas de vaho ensuciando el aire diáfano, los perros vagabundean, esculcan las canecas y los buses pasan como bólidos, repletos de obreros, rumbo a las fábricas.

Para que se prolonguen tus días y Prohibido salir a la calle tratan la vida de barrio y, aunque no son propiamente mar­ginales y apocalípticas, su mundo debate problemas de so­ciedades en crisis y en proceso de cambio en universos cerrados y complicados por la realidad externa. En la prime­ra, un pequeño círculo deja de lado la ciudad y quienes cruzan la frontera obedecen a leyes diferentes. Tres generacio­nes definidas se ponen en juego: una, la de los fundadores, alude a zonas de invasión ya quienes se rehúsan a ser des­alojados. La segunda corresponde a la década de los setenta y da identidad al barrio estructurándolo con normas y rela­ciones típicas de pequeño lugar; y la tercera la integran los adolescentes que muestran nociones de cambio: inconformes, curiosos, rebeldes e inteligentes. Entre éstos sobresalen Rey y su novia Lucía, que abandona la casa de los fundadores para buscar futuro en la universidad, donde conoce una pareja estable de tendencia homosexual. Con las tres gene­raciones se caracteriza el cambio, el paso de una edad a otra, la formación de ciudad, el lastre del pasado y las expectati­vas del presente hacia el futuro.

La novela de Triviño muestra la toma de conciencia, des­de el personaje narrador, de lo que significa crecer: exponer­se a los peligros a que se está expuesto, dada su condición de mujer, ya los que amenazan en la ciudad. Inscrita en las "novelas universitarias II de los setenta, o de la ciudad uni­versitaria, (con Juego de damas de Moreno-Durán, Crónica de tiempo muerto de Collazos, Cartas cruzadas de Darío Jaramillo Agudelo, Juegos de mentes de Carlos Perozzo, Com­pañeros de viaje de Luis Fayad y Tarzán y el filósofo desnudo de Rodrigo Parra Sandoval) muestra el paso del barrio de infancia a la Universidad y la experiencia vital en la ciudad de familias de clase media se convierte en un anecdotario: salir a la calle es II de pronto una aventura.”

Estas aproximaciones llevan también a pensar en el espa­cio claustrofóbico de las novelas de Evelio Rosero en las que lo exterior y lo interior se corresponden para representar la soledad y la clausura. En su obra la ciudad se ofrece como un lugar inhabitable para seres marginados que deben es­conderse en armarios, en aposentos, en sí mismos: "Las ca­lles se llenan de seres monstruosos en el imaginario de los desnudos” , según dice la voz narradora de Señor que no co­noce la luna (1992) mientras el pueblo es una bestia furiosa que aguarda y aterra: " surgirán y surgirán mal vestidos, per­plejos o curiosos, la mayoría furiosos”. El mundo exterior se vuelve cognoscible sólo cuando se figura como espacio ne­gro, oscuro y sobre todo cerrado, sin ninguna ventana”, pues el horizonte ofrecido aplasta. El deseo de libertad se ve frustrado en la narrativa de este autor, así como de alguna manera en los otros, pues parece que la realidad asfixia al no ofrecer salidas: de ahí el vértigo en todos, el sentimiento de desastre, de indolencia o de impaciencia, de sin sentido y de vacío: no hay salida, lino hay remedio" como diría Antonio Caballero en su novela.

 

Ciudades críticas y paródicas

Contrario a la Arcadia, la ciudad ha sido recreada crí­ticamente mediante la parodia, el humor y la risa. Fanny Buitrago , Marvel Moreno, Rodrigo Parra Sandoval y R.H. Moreno-Durán son autores que pueden tenerse en cuenta para revisar este tipo de representación que responde a la mirada en el espejo ridículo.

 

1 Darío Ruiz Gómez. “Medel1ín: las mil voces de una ciudad". Politeia N° 17. Revista de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Socia­les, Universidad Nacional de Colombia, 1995, p. 28.

2 Varios: Imágenes y reflexiones de la cultura en Colombia. Impacto de la violencia reciente en la cultura. Torno III. Salornón Kalrnanovitz. "La violencia y las ciencias sociales", pp. 273-279. Álvaro Carnacho Guizado. "La violencia de ayer y las violencias de hoy", pp. 281-305.

3 Claude Cymerman, y Claude FeR Histoire de la Littérature hispano americaine de 1940 a notre jours. France: Nathan, 1997, p. 243.

4 "Después de 1914 pocos extranjeros arribaron a Latinoamérica. En el decenio de 1930 algunos inmigrantes españoles y estadounidenses llegaron a Cuba, y familias libanesas y de judíos europeos buscaron refugio. Para 1940 la mayoría de los inmigrantes eran latinoamerica­nos, y los extranjeros se dirigían a Estados Unidos o bien pasaban de un país de América Latina a otro". Alan Gilbert. La ciudad Latinoame ­ ricana. México: Siglo XXI, 1997, p. 56.

5 Jesús Martín Barbero. "Comunicación y ciudad: sensibilidades, paradigmas, escenarios". Fabio Giraldo y Fernando Viviescas (comp.): Pensar la ciudad. Bogotá : Tercer Mundo Editores, 1996, p. 48.

6 Jorge Franco. Rosario Tijeras. Argentina: Planeta: 1. edición argenti­na, octubre de 1999.

7 Jorge Franco. Rosario Tijeras. Argentina: Planeta: 1. edición argenti­na, octubre de 1999.

8 Emanuela Jossa. "La ciudad gritada y condenada". Texto inédito de una investigación en curso sobre narrativa colombiana.

9 Édgar Vásquez. "Modernidad y migración en la construcción de la ciudad". Politeia. Revista de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Colombia, NQ 19. Santa Fe de Bogotá: 1996, p. 165.

10 Emanuela Jossa. Texto referenciado.

11 Fernando Vallejo. La virgen de los sicarios. Bogotá: Alfaguara, 1994.

12 Al referirse a El mensajero, Maria Mercedes Jaramillo afirma que Fer­nando Vallejo "convierte esta biografía en crónica alternativa a la his­toria oficial. Pues allí vamos a informarnos de los eventos no registrados o silenciados en los textos canónicos o apoyados por la oficialidad, por ser inconvenientes, contestatarios o de mal gusto".Gaceta N° 42-43, Ministerio de Cultura, 1998.

13 "Furia y compasión de Fernando Vallejo", entrevista de Mauricio Be­cerra. Lecturas Dominicales, El Tiempo, 22 de noviembre, 1998, p. 7.

14 Fabio Jurado Valencia, “la soberbia del lenguaje en la narrativa de Fernando Vallejo”. (pp.341-356). En: Luz Mery Giraldo B. Fin de siglo.

 

 



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