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Peter G. Earle
Grabriel García Márquez

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William Rowe
García Márquez: La máquina de la Historia

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Treinta años después
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María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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María Helena Rueda
La violencia desde la palabra


Luz Mary Giraldo - Ciudades Escritas


Ciudades Escritas: Luz Mary Giraldo. 3ra Parte: Ciudades contemporáneas

Ayer es hoy y mañana - Ciudades literarias: tejer y destejer - Inmigrantes y transeúntes - El rumor del astracán: migraciones judías - Los elegidos: la mirada europea - Transeúntes y ciudades - Ciudades en la música y la noche - Marginalidad y Apocalipsis - Fanny Buitrago: El espejo ridículo - Marvel Moreno: la ciudad criticada - Rodrigo Parra Sandoval: la ciudad parodiada - El futuro del presente: R. H. Moreno-Durán


Inmigrantes y transeúntes

Muchas veces escritores, sociólogos e historiadores han ha­blado de la ciudad como lugar del exilio, pero según Giusepe Zarone, fue Paul Wheatley quien en sus estudios sobre el simbolismo del espacio urbano buscó el origen mitológico de esa idea, recordando el episodio del Génesis en que Caín está condenado a estar errante y fugitivo como castigo por asesinar a su hermano. Buscando amparo y protección de la ira de Dios, construye una ciudad. Desde su inicio, pues, la ciudad es "signo de un estado de exilio y de vacío, de un nomadismo debido a la necesidad de huir de Dios que no se supera desde luego construyendo lugares", (Zarone, 11) El tema ha sido caldo de cultivo en la narrativa latinoa­mericana y pertenece a la historia de las migraciones. El nuevo Mundo se crea con inmigrantes de diversos países van de tránsito fundando territorios o buscando arraigo jugares señalados. En el siglo XVIII, durante el desarrollo "las llamadas ciudades criollas, afirma José Luís Romero, se genera la división entre campo y ciudad, que evoluciona con la idea de progreso al debate sobre civilización versus barbarie. El tema será motivo de discusión y alimentará discursos sobre la identidad, la civilización y el progreso, fomentando desde el siglo XIX y las primeras décadas del XX una literatura de denuncia, protesta o testimonio que tendrá como protagonista al ser humano vinculado a su tierra, sus modos !y costumbres, su idiosincrasia, su vida social, en fin, definiendo lo regional y lo nacional.

Ligado, pues, a la identidad, el tema de los inmigrantes ha sido recurrente en la narrativa latinoamericana. Hemos afirmado que éste implica no sólo éxodo o exilio sino despla­zamiento geográfico, choque, encuentro o distanciamiento de culturas, razas, lengua, condiciones sociales, valores, creencias, comportamientos, principios y costumbres. Rela­cionado en nuestros países con la búsqueda de un mundo mejor o de un buen vivir, pertenece también a transculturi­dad y aculturación. Aunque hay estudios serios que se ocu­pan de la problemática, en cuanto a literatura se refiere, no hay suficientes análisis que muestren sus implicaciones artísticas y culturales. Unido a la historia, sus primeras ma­nifestaciones se dan en las crónicas de la Conquista y la Colonia, más tarde en la literatura de viajes, aquella que muestra el desarrollo de la sociedad burguesa y posterior­mente en la narrativa que se preocupa por mostrar la com­plejidad de las sociedades masificadas. El estatuto del inmigrante es, en unos casos, de tránsito y, en otros, de adaptación o establecimiento. El tema, vinculado en Amé­rica Latina con el tránsito a grandes o medianas ciudades, mediatizado por el abandono de otros países o de regiones rurales o provincianas (lo que aporta una alta carga emo­cional), ha evidenciado tensiones ya su vez conflictos de identidad frente a la necesidad de cambio y distanciamiento. Transculturación, aculturación e interculturidad entran en juego en estas tensiones al depender de una experiencia crítica y traumática, pues están determinadas por el éxodo y el exilio que implica abandonar un territorio, dejar a un pasado, es decir, la historia personal, las tradiciones: las raíces frente a un presente y un futuro en un territorio que se impone generando expectativas. Tanto la literatura como la historia y la sociología latinoamericanas reconocen y hablan de inmigrantes de la península ibérica en la época del Descubrimiento; de italianos, alemanes, polacos, suizos, holandeses, en fin, que emigraron de sus países a raíz de la primera o de la segunda gue rras mundiales; de inmigrantes españoles que huyen de la guerra civil o de palestinos que buscan otras posibilidades; en el llamado nuevo mundo. Algunos latinoamericanos se han desplazado a distintos lugares del continente o del mundo para tomar distancia de las dictaduras o determi­nados regímenes políticos, así como muchos habitantes de pequeñas provincias o campesinos de diversas regiones han abandonado su lugar de origen para buscar paz, seguri­dad, fortuna o una nueva vida en la ciudad. El universo del inmigrante es el del éxodo, el desplazamiento y la lucha por la identidad y la adaptación a formas de vida que en un principio le son ajenas. Algunos se ubican en capitales o ciudades intermedias y otros conquistan un espacio para hacer ciudad o para ignorarla.

Dados los procesos históricos, sociales, políticos e ideoló­gicos de América Latina, la relación entre ciudad e inmi­grante se ha hecho mucho más compleja en el siglo XX. José Luís Romero reconoce que la explosión urbana de los prime­ros años del siglo se vio favorecida por la migración a las ciu­dades, en un desplazamiento de inmigrantes internos o externos que llegaron a coexistir en la sociedad tradicional y fueron, en sus primeras generaciones, grupos marginales. Por una parte, los provenientes del éxodo rural, de pequeñas o medianas ciudades, vieron en ellas civilización y progreso y se enrolaron en trabajos propios de la vida domésti­ca, cotidiana o empresarial (vendedores, choferes, vigilantes, ascensoristas, lustrabotas, cocineras, lavanderas, mucamas, obreros...). Por otra, los provenientes de otros países, entre quienes los de "visión para los negocios" se ubicaron en la industria, el comercio y las importaciones, adquiriendo reconocida posición social y económica en la sociedad capitalista. "Nadie quiere renunciar a la ciudad. Vivir en ella se convirtió en un derecho, como lo señalaba Henri Lefebvre: el derecho a gozar de los beneficios de la civiliza­ción, a disfrutar del bienestar y del consumo, acaso el dere­cho a sumirse en cierto excitante estilo de enajenación". Romero, 330)

Según Salomón Kalmanovitz (1) , aunque se había manifes­tado antes, después de 1933 se dio en Colombia una burgue­sía inmigrante " considerable en el país, abrumadora en ¡ Barranquilla y descollante en Bogotá" (Kalmanovitz, 323), conformada "por grupos de inmigrantes libaneses, judíos -primero sefarditas y después de Europa central-, alema­nes, italianos y españoles, [ que] se instalaron primero como mercaderes ambulantes, después como pequeños comercian­tes y dueños de negocios de índole artesanal (panaderías, fabricación de alimentos, mueblerías, confecciones, etc.), al­gunos de los cuales dieron el salto hacia la industria y fun­daron fábricas de textiles y confecciones, grasa, industrias metalme-cánicas, alimentos, etc." (323). Esta burguesía, afir­ma el autor, a pesar de haber llegado sin recursos acumuló suficiente capital para " establecer, en locales situados en el centro de la ciudad, negocios de cacharrería, distribución de telas, zapaterías, salsamentarias" (324), y al consolidarse en los cuarenta "surgieron como dueños de empresas manu­factureras y fabriles con el auge de la posguerra". Las condi­ciones de inestabilidad, la movilidad propia de los emigrados, sus razones culturales y religiosas " que jerarquizan férreamente las ocupaciones y las personas", unidas a;", despersonalización de las relaciones humanas y el espíritu de ahorro, los hicieron especialmente sensibles al medio las oportunidades de acumulación "que arraiga en el individuo el capitalismo". (325) La ciudad crece tanto en espacio como en población y diversifica sus formas arquitectónicas, de vida, pensamiento y comportamiento, dando lugar a una sociedad compleja, pues a la vez que normalizada es escindida, masificada, inestable y anómala, orientada hacia la conquista individual del éxito económico. Cuando los diversos grupos de inmigrantes toman contacto entre sí, se afianzan los vínculos que los unen con el lugar abandonado, adquieren un principio de solidaridad que otorga confianza y les permite ubicarse o conquistar con cierta solvencia las estructuras a que arriba. Se da también el caso contrario de quienes prefieren aislarse y ubicarse en lugares lejanos a ciudades o metrópolis, encerrándose y alimentándose con sus tradiciones o buscando la forma : de crear con ellas y con nuevas ideas territorios diferentes. Al primer grupo pertenece el mundo que el lector encuentra en El rumor del astracán (1991) de Azriel Bibliowicz, al segun­do La otra raya del tigre (1977) de Pedro Gómez Valderramay El jardín de las Weismann (1979) de Jorge Eliécer Pardo.

Una lectura transversal de la narrativa colombiana de la segunda mitad del siglo XX permite reconocer el tema de los inmigrantes y sus distintas manifestaciones, en relación con la ciudad, la historia, el exilio, la interculturidad o la crisis de identidad. Tanto en los cuentos de Gentes en la Noria (1945) de Salomón Brainsky, como en las siguientes novelas: El ru­mor del astracán (1991) de Azriel Bibliowicz, Los elegidos (1953) de Alfonso López Michelsen, El jardín de las Weismann, Deborah Kruel (1990) de Ramón mán Bacca y algunos cuen­tos de Roberto Rubiano Vargas publicados entre las décadas de los ochenta y los noventa, el inmigrante es europeo y en determinados casos judío, víctima de la primera o segunda guerras mundiales y de la persecución nazi, Los autores lo abriéndose camino en sociedades desconocidas, reconociendo y conquistando territorio, confrontando las an­gustias de la guerra europea con la violencia partidista y rural colombiana, ubicándose en la ciudad inhóspita o en la de las imposturas y los abolengos de clase y poder, Gabriel García Márquez e Illán Bacca incluyen a turcos o palestinos en un reconocimiento de tradiciones, costumbres y sensibilidad que alimenta los imaginarios caribeños, así como en Los parientes Ester (1978) Luis Fayad reconoce su presencia en la socie­dad capitalista y manufacturera. La otra raya del tigre (1977), Pedro Gómez Valderrama, busca otro tipo de inmigrante, en la figura del alemán Geovon Lengerke, personaje que influye de Alemania y sin perder su identidad se mezcla a la del americano transplantando el pensamiento liberal y el desarrollo comercial a tierras santandereanas en la reconoci­da neocolonización alemana, y favoreciendo un ambiente 'donde prevalecen el mito, la leyenda y otras formas de pen­samiento.

Al apuntar a la identidad, el tema del inmigrante confron­ta el acá con el allá y la asimilación, incorporación o reserva de nuevos o distintos valores y formas de cultura o de vida, Dos novelas de la segunda mitad del siglo XX pueden servir de base para ilustrarlo: El rumor del astracán y Los elegidos.

 

1 Salomón Kalmanovitz. Economía y Nación. Una breve historia de Colom­bia. Bogotá: Siglo XXI Editores, tercera edición, 1988.

 



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