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Luz Mary Giraldo - Ciudades Escritas


Ciudades Escritas: Luz Mary Giraldo. 3ra Parte: Ciudades contemporáneas

Ayer es hoy y mañana - Ciudades literarias: tejer y destejer - Inmigrantes y transeúntes - El rumor del astracán: migraciones judías - Los elegidos: la mirada europea - Transeúntes y ciudades - Ciudades en la música y la noche - Marginalidad y Apocalipsis - Fanny Buitrago: El espejo ridículo - Marvel Moreno: la ciudad criticada - Rodrigo Parra Sandoval: la ciudad parodiada - El futuro del presente: R. H. Moreno-Durán


Fanny Buitrago: El espejo ridículo

¡Líbranos de todo mal! y Los amores de Afrodita, de Fanny Buitrago, representan a Bogotá que se muestra, en el primer libro, como un circo romano, un lugar de desapariciones, de inconsciencia ante el caos, de valores capitalistas, de consumismo masivo, alienación social, falsos abolengos, politiqueros y políticos sin escrúpulos y mediocridad en to­dos los órdenes. En la ciudad " estallan los corazones débiles, y en un día, se puede disfrutar el luminoso estío, sufrir un aguacero interminable y extraviarse después entre la niebla" (1) , y el ciudadano es presentado en El espejo ridículo de formas culturales caducas o extranjeras: imita como lo dice ampliamente en la segunda obra, modos y comportamientos según lo enseñado y orientado en revistas de moda, folletines, programas de televisión, telenovelas y noticias de la farándula. Algo análogo se reitera en Señora de la miel , en la que se parodia la sociedad barranquillera con su parafernalia e hibridación cultural: abolengos, apellidos, escala social medida por el dinero, la condición del hombre y la mujer y la vida cotidiana representada en las farsas sociales, en las fiestas carnavalescas y en los platos de comida.

Literatura urbana y escritura urbana, pues sus relatos y novelas son como las calles de nuestra realidad. Por ellas van los modelos aprendidos e inventados, la falsedad, la pacatería, la falsa moral y el encubrimiento, la mentalidad burguesa en el sentido más amplio y escueto de la palabra; la mediocridad hace de las suyas y los personajes que indaga, analizan y cuestionan terminan por perderse o anularse, porque llegaron al reino de la desesperanza y del silencio obligado.

Así, la narradora de "Legado de Corín Tellado” no tendrá más remedio que recordar: ha quedado sola desamparada, culpabilizada, con periodos depresivos. Así también Manlio Cellis, la promesa de político que hace su oficio de alcalde de las Nieves y sale a recorrer la Avenida 19, debe desaparecer del escenario, porque la violencia en estas calles lo destroza, como devorado por las fieras entra al silencio, al anonimato, al desconocimiento para luego convertirse por gracia de la imaginería popular en “¡San Mario! Un pobre ser humano a quien nuestro pueblo ha divinizado y en quien se confía ciegamente”, según se constata en dos de los cuentos de ¡Libranos de todo mal!

Representadas en su peligrosidad, las calles son a la vez mapas y pliegues de la sociedad y su cultura, parodiadas en leones de los circos que deambulan por avenidas, en sus payasos y mentalistas que aparecen en esquinas y periódicos, en las ferias del juguete y las elecciones, en sus transeúntes e insomnes de un país donde las personas desaparecen sin dejar rastro y ante la mirada de aquellos que, imperturbables y ajenos, parecen no darse cuenta, ni tam­poco hay quien se atribuya su muerte o su secuestro. Por esas mismas calles los medios de publicidad y propaganda, "los medios", como se dice en la jerga específica, no sólo son repetidores de la experiencia diaria sino que manipulan la noticia, exagerándola con alucinada morbosidad hasta el panfletismo y el amarillismo. El acertado título de esta obra parodia y desacraliza una de las oraciones más presentes del cristianismo, para asociarla con el hábitat a que hace refe­rencia, así como al ámbito rutinario, al estar en clara comuni­cación con el diseño de la portada en el que la monstruosidad representa lo ominoso como una sombra demoníaca que parece salir de las nubes para apoderarse, con sus formas diabólicas, de la ciudad presidida por la Catedral y la ambi­gua figura de Bolívar que se levanta como prócer en su pe­destal y tiene como fondo las montañas y el Santuario de Monserrate.

El manejo del relato denota buen sentido del hilo narrati­vo que, en forma directa, crea el escenario o la atmósfera precisa para el hecho narrado, muy semejante al discurso de su contemporáneo Luís Fayad, quien desde sus obras se hun­de en las realidades de la ciudad burguesa con sus formas de vida elementales y rutinarias. Para los dos narradores el es­pectáculo representado es reducido a lo indispensable, pro­duciendo, sobre todo en el caso de ella, expectativa en el lector, puesto que la lectura que se hace de la realidad es trasmitida paulatinamente, como desde una cámara cine­matográfica que narra indagando y espiando con las pala­bras recovecos posibles. Así por ejemplo, la inocencia y la perversidad toman posesión del mundo al intentar abolir al hombre con su historia, según se muestra en "Antes de la guerra", uno de los cuentos de Bahía sonora. Tomás, el narra­dor, un niño que apenas alcanza la cintura de su abuelo, ve venir al enemigo del pueblo en la imagen de tractores, una moderna carretera, hoteles, playas y turistas elegantes y en­tiende, como el viejo de noventa años, que "su enemigo, el imperturbables y ajenos, parecen no darse cuenta, ni tam­poco hay quien se atribuya su muerte o su secuestro. Por esas mismas calles los medios de publicidad y propaganda, "los medios", como se dice en la jerga específica, no sólo son repetidores de la experiencia diaria sino que manipulan la noticia, exagerándola con alucinada morbosidad hasta el panfletismo y el amarillismo. El acertado título de esta obra parodia y desacraliza una de las oraciones más presentes del cristianismo, para asociarla con el hábitat a que hace refe­rencia, así como al ámbito rutinario, al estar en clara comuni­cación con el diseño de la portada en el que la monstruosidad representa lo ominoso como una sombra demoníaca que parece salir de las nubes para apoderarse, con sus formas diabólicas, de la ciudad presidida por la Catedral y la ambi­gua figura de Bolívar que se levanta como prócer en su pe­destal y tiene como fondo las montañas y el Santuario de Monserrate.

El manejo del relato denota buen sentido del hilo narrati­vo que, en forma directa, crea el escenario o la atmósfera precisa para el hecho narrado, muy semejante al discurso de su contemporáneo Luís Fayad, quien desde sus obras se hun­de en las realidades de la ciudad burguesa con sus formas de vida elementales y rutinarias. Para los dos narradores el es­pectáculo representado es reducido a lo indispensable, pro­duciendo, sobre todo en el caso de ella, expectativa en el lector, puesto que la lectura que se hace de la realidad es trasmitida paulatinamente, como desde una cámara cine­matográfica que narra indagando y espiando con las pala­bras recovecos posibles. Así por ejemplo, la inocencia y la perversidad toman posesión del mundo al intentar abolir al hombre con su historia, según se muestra en "Antes de la guerra", uno de los cuentos de Bahía sonora. Tomás, el narra­dor, un niño que apenas alcanza la cintura de su abuelo, ve venir al enemigo del pueblo en la imagen de tractores, una moderna carretera, hoteles, playas y turistas elegantes y en­tiende, como el viejo de noventa años, que "su enemigo, el gobierno, es un gigante de mil cabezas, capaz de vivir en varios lugares a la vez. Me imagino que tiene dientes largos, tan afilados como los de una barracuda. Se alimenta de cosas especiales. Por ejemplo: historia-próceres -impuestos- so­beranía nacional. Simón Bolívar nació en Caracas. Padre Nuestro que estás en los cielos y venga a nos tu reino. Huel­gas... iEstado de Sitio! ¡Pum pum pum! Tanques y soldados. Presos políticos. ¡Oh Gloria Inmarcesible!" La totalidad es llevada por el hilo discursivo y llega a constituir en la autora f uno de los rasgos más interesantes de su estilo: así penetra, describe, analiza, parodia, retrata y burla, sin dejar de pintar a color el ámbito, ni abandonar la atención del lector.

Narrada en una forma que oscila entre el relato realista, el real maravilloso (fortalecido por sensaciones, gusto por el colorido, la sensualidad y el placer erótico relacionado con los cinco sentidos) y el más cursi romanticismo con el más atrevido erotismo, Señora de la miel no solamente recrea la identidad colombiana y barranquillera sino que la burla, aprovechando los recursos propios de las vivencias cultura­r les y literarias que la nutren. El relato cuenta que Teodora Vencejos vive una transformación de cuentos de hadas: de ¡una especie de cenicienta, insignificante, pacata y nada agra­ciada muchacha de provincia condenada por ley social a la soltería¡ por un aparente azar (que el lector conocerá en su debido momento, pues pertenece a los secretos del pasado familiar), hereda posición y adquiere categoría económica y social al convertirse en una millonaria mujer de la región, fiel representante de la estirpe de las madonas eróticas y cor­pulentas. Gracias a esa nueva condición contrae nupcias con Galaor Ucrós, príncipe azul tanto de sus fantasías infantiles y juveniles como de las fantasías de las demás mujeres del pueblo. Entre Teodora y Ucrós se establece una relación des­igual y de competencia: por su parte, ella se caracteriza como una amada fiel que no recibe respuestas satisfactorias de su marido mientras él es caracterizado como seductor empe­dernido, inepto para el trabajo e irresponsable simulacro de cortesano. Teodora ama sin medida, de la misma manera que es amada por el respetable Manuel Amiel, con quien termina sus días.

La fábula entreteje a doble plano la experiencia de Teodora en relación con los dos hombres 'de su vida': con Galaor se presenta su entorno socio-familiar, desde una pers­pectiva que muestra a la joven e insignificante mujer solte­ra; y con Amiel desde la de una atractiva mujer casada. Los dos planos se repelen y atraen contradiciéndose y afirmán­dose al narrar alternativamente en un doble discurso pa­ralelo y sucesivo. Uno, el de Teodora soltera, retoma con profunda ironía la cultura regional y haciendo una radio­grafía de ella recrea su lenguaje, sus costumbres, los luga­res, las comidas, las personas, los carnavales y hasta la brisa marina, afirmando, como en el mundo de lo real-maravi­lloso, que "lo que está en orden está en orden" y "no hay que mover la rutina de su sitio". La cotidianía de ese lugar indudablemente se parece a la del Caribe y se acerca en muchos sentidos a la de las sociedades que recrean Rober­to Burgos Cantor, Julio Olaciregui, Marvel Moreno o Ra­món Illán Bacca, pues en ellas la vida diaria se logra en el mundo familiar, en el chismorreo, en las calles, en las comi­das, en los balcones, en el colorido y en el viento marino. En este plano el arraigo de las normas hace que la moderni­dad entre muy lentamente, como por ejemplo en "la música rockera que estremecía los cimientos de Residencias Argenis" y en la transformación de algunos sitios que veían el envejecimiento de las construcciones tradicionales.

El otro plano da una visión diferente de Teodora: de paso entre un otoño madrileño y el retorno a los cielos del Caribe, el personaje vibra con la potencialidad de su ero­tismo que en España, donde parece vivir por largo tiempo, despierta el deseo de su cuerpo. Es así como Madrid es para ella "una entidad masculina y comienza con M de macho". Los aeropuertos son dos no-lugares, en el sentido actual, que significan lo anónimo y lo transitorio; de Ma­drid pasa al aeropuerto de Barajas y de éste al aeropuerto El Dorado de Bogotá que “ estaba cubierto de niebla" y antes de aterrizar percibe que "una llovizna blanquecina peinaba la sabana", para finalmente pasar al aeropuerto de La Soledad, " a merced del calor agobiante de la Costa Atlán ­tica.

Los planos discursivos señalan paralela y alternativa­mente dos direcciones de un proceso: el del universo de las raíces y el de la ruptura de éstas. Al finalizar la novela, en el capítulo titulado "La discípula", estos dos discursos se anudan aclarando la doble experiencia de aprendizaje de vivir, de ser, de saberse de un lugar, de transformarlo y de transformarse. Teodora Vencejos efectúa una travesía que es a la vez desplazamiento geográfico y vital. Regresar a la tierra después de la travesía es ingresar de manera nue­va al lugar donde la revitalización es posible y lo maravillo­so aún sorprende a pesar de la desmesura de los conflictos y las miserias. La nueva Teodora , como la niña del cuento de hadas, es acogida en su territorio al tornarse arquetipo de femineidad. Más que un cuerpo lleno de voluptuosidad erótica es casi una diosa madre. El subdesarrollo y la men­talidad provinciana han ejercido un acto de encantamien­to: ahí radica la burla subterránea que establece Fanny Buitrago. La magia del relato retorna con su engañoso rea­lismo. El espejo ridículo proyecta otra mujer: Teodora Vencejos es realmente fea, descomunal, grotesca y sin em­bargo se la ve como una mujer bellal seductoral ardiente y apasionada que despierta grandes apetitos.

 

1 Fanny Buitrago. ¡Líbranos de todo mal! Bogotá: Carlos Valencia Edito­res, 1989, p.16.

 

 



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