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Luz Mary Giraldo - Ciudades Escritas


Ciudades contemporáneas: El presente, el pasado y el futuro

La literatura nos mostró que la fantasía y la reali­dad se conjugan en la ciudad creando una única imagen y que la realidad sin la fantasía no existe. La ciudad de la utopía es la ciudad del pensa­miento, de la razón, de la expectativa colectiva por un mundo mejor; la sociedad que pierde sus utopías irremediablemente perderá sus ciudades.

Juan Carlos Pérgolis.

Las otras ciudades

Sus flujos y reflujos multitudinarios se iniciaban muy de mañana con su horda de oficinistas sali­da del subway, venida por tren de suburbios que cada día se apresuraba hacia sus oficinas, empu­jando, atropellando, a quien se atravesaba en su camino, movida por la angustia siempre renova­da de no llegar a tiempo.

Ernesto Sábato.

Hombres y engranajes

 

Para ser un buen lector de la vida urbana hay que plegarse al ritmo y gozar las visiones efímeras.

Néstor García Canclini.

Consumidores y ciudadanos

 

CIUDADES CONTEMPORÁNEAS Ayer es hoy y mañana

En el tiempo contemporáneo confluyen el pasado, el pre­sente y el futuro. Ayer es hoy y puede ser mañana. Así lo veremos en la narrativa colombiana actual, en la medida en que sus imaginarios recrean ciudades que corresponden a tiempos reales y ficticios, a pasados inmediatos o lejanos, a presentes que ya pertenecen al pasado o a futuros que res­ponden a inquietudes de hoy. Tal vez por esa totalidad de síntesis y expansión del presente es más problemático pen­sarlo y "reconstruir" desde la lectura novelística las distin­tas ciudades representativas de su ser y su temporalidad. En la conferencia aludida en la introducción de este tra­bajo, Roberto Burgos Cantor se refiere a una idea de la ciu­dad como emergencia en las letras y la crítica literaria, reconociendo que en nuestro medio la cuestión se ha sacralizado, pues a diferencia de lo que ésta significó en la Edad Media , ya no es lugar seguro sino desamparo: "Enredijo aza­roso que pierde sus puntos cardinales, sus referencias. Caos incansable". En artículo anterior (1) el autor reconoce que " son distintas las ciudades de Colombia", " que no hay Arcadia" y es mejor "tener la sabiduría de aceptar que la ciudad es más vieja y más astuta que nuestras pretensiones fundacionales" , y revisando el caso de los autores afirma que ésta no nace con quien la escribe, puesto que ella está allí: "Riesgo diario. Zona de encuentros. Con su luz y sus olores. Sus memorias persistentes y sus olvidos".

Si bien la ciudad como tema para análisis, creación e investigación emerge de la experiencia cotidiana, Zarone se refiere a ésta como emergencia y catástrofe y su intento es mostrar las distintas corrientes interpretativas del fenómeno metropolitano hasta llegar a una "metafísica de la ciudad que muestre el destino y el ser del hombre, “arquitecto": “proyectista" de su habitar y de su ser. Descubrir la ciudad como parte de sí mismo, del ser social, de la acumulación pasado y de la historia causa estupor. El discurso de Zar empieza por constatar una negatividad del concepto de metrópoli, y siguiendo a Alexander Mitscherlic afirma:

Desde hace más de medio siglo, la gran ciudad se impone a la atención de todos como una catástrofe: el darse inesperado e imprevisto de una rápida y arrolladora mutación de la existen­cia humana, capaz de influir sobre los horizontes de la vida de los hombres según el modo, conocido y vivido de un general desarraigo; según aquella desplazante situación de la ciudad "inhabitable", “inhóspita", "instigadora de discordia" y de " agresividad". (Zarone,7)

El fenómeno de la emergencia, subraya Zarone, determi­na la dimensión histórico-social del hombre y el concepto

II catastrófico" de la metrópoli deriva de la emergencia: Por un lado, implica situación de alarma y, por otro, aparición de algo que estaba oculto. La metrópoli, por supuesto, no estaba escondida sino "yacía inmersa en aquel fondo de la ciudad que el carácter reducido, familiar y tradicional del burgo no podía transparentar ni dejar entrever. De ahí el sentido catastrófico de las primeras experiencias de la me­trópolis y del encuentro con su elemento más próximo, el gentío, o sea, la humanidad como masa" (8). Al emerger metrópoli deja ver su visión negativa y conflictiva inhospitalidad, lo otro de la humanidad, su revés. El autor afirma en el mismo apartado que "se descubre inmediatamente no como lo otro, sino como lo mismo, puesto casi al desnudo, devuelto como algo externo a sí mismo, con evidencia nunca antes vista, en su radical y originaria falta de suelo, de fundamento y hasta de sentido". Por esta razón la metrópoli produce angustia: no sólo es producto del hombre, de su angustia sino es la imagen desnuda de su ser: "una imagen de sí que, inminente como el destino, produce angustia; la an­gustia propia del hombre de encontrarse a sí mismo ya sólo o ciudad, y como nada más que esta ciudad, no sólo gran­de sino total: la ciudad planetaria" (8), Las alusiones al pen­samiento de este autor apoyan la idea de correspondencia entre hombre y metrópoli que permite hablar de "metafísica de la ciudad", pues plantea el resultado de un ente donde el ¡&ser humano puede manifestarse como " arquitecto de subhabi­tar en tanto proyectista de su ser meramente posible" .(9)

Al estudiar el sentido de la ciudad desde una ontología y una fenomenología pueden reconocerse rezagos míticos que se imponen en la experiencia histórica: por un lado las rela­ciones con el nómada o el exiliado que logra arraigarse y, por el otro, la condición de extrañamiento permanente que obli­ga a construir, destruir o reconstruir, El gesto arcaico de fun­dar, de edificar, diría Zarone, conserva una dimensión cósmica y cosmogónica por cuanto implica la creación de un mundo nuevo que entra en confrontación con la historia moderna en la que técnica, ciencia y progreso se imponen,

Se genera, entonces, una dialéctica entre crear y construir, o mejor, entre lo arcaico y lo histórico, que el autor afronta desde la metrópolis:

Si la ciudad continúa siendo la escritura en grandes caracteres de la existencia humana, es preciso entonces reconocer que la escritura metropolitana se expresa a través de las cifras de un lenguaje que en el fondo es ahistórico y primordial, cifras sin un sentido fácil para las sutilezas fisiológicas que minusvaloran los elementos metafísicos fundamentales: espacio, tiempo, número y nuevas y complejas relaciones, (47-48)

A medida que nuestro siglo se acerca a su final y algunos modelos se disuelven, las ciudades expresan la crisis del sujeto, pulverización de las relaciones y la degradación de valores y lo que era un solemne y deseado lugar o una forma de concebir la cultura se asume de manera conflictiva y escéptica. Al afianzarse el caos y el azar, la conciencia pérdida, la decadencia, la complejidad y la banalidad muestra que la vida en las ciudades cambia vertiginosamente para dar paso a lugares heterogéneos donde convergen preguntas sin respuesta. La memoria de un pasado ideal o la referencia a un modelo se sustituye por la relación con el mundo actual que presenta las formas extremas de una civilización; signada por la masificación, el anonimato, la violencia cotidiana, la comunicación inmediatista favorecida por los medios, el consumismo capitalista y la nueva cultura.

Abordando el tema de la ciudad y sobre todo las relacio­nes de los habitantes, Isaac ]oseph considera el espacio pú­blico un lugar de proximidad física. Para explicarlo aprovecha dos figuras y un modelo: las primeras son el sonámbulo y el extranjero y el modelo es el tráfico. Siguiendo a G. Simmel, el autor reconoce al extranjero como "una forma de la imaginación sociológica que evoca al actor social cuya pertenen­cia comunitaria está relativamente indeterminada" (Joseph, 12), mientras

El espacio del insomne está enteramente tendido hacia la alteridad de su esencia misma, lo cual hace su fuerza ya la vez su impotencia: su fuerza procede de las experiencias que lo ator­mentan, las experiencias del amor y de la muerte; su impotencia consiste en la modalidad de su movimiento hacia el otro, movi­miento que sólo es intenso porque está retraído. El insomne guarda con Su mundo una relación de querellante. (15)

Con el modelo del tráfico se diseña un territorio urbano donde cada lugar y cada persona está expuesta al contacto de cualquier tipo, donde los comportamientos no son previ­sibles y muy a menudo autorizados. Aproximándose a la idea de la ciudad como escenario problemático, afirma que este escenario no es el " de una pérdida irremediable del senti­do" sino "un medio en el que las identidades se dejan leer en la superficie, en el que lo más profundo es la piel" (48), y su experiencia es perderse en ella, vivir "el centro de la ciudad, lugar por excelencia del cosmopolitismo", ese" centro esponjoso lleno de cavidades, de discontinuidades en su teji­do”.(74)

.Atendiendo al caso colombiano, en vanas ocasiones Juan Carlos Pérgolis reconoce la ciudad como territorio enorme, fragmentado y disperso" con diversas y simultáneas ciudadanías que muestran su multiplicidad cultural, sus nómadas y desarraigados, Al hacer una valoración de la ciudad en la literatura colombiana es evidente que avanzado el si­glo XX los estudiosos sólo reconocen su presencia en la obra de José Antonio Osorio Lizarazo, En 1972 la revista Eco (2) publica un artículo referido a los elementos constitutivos de la novela moderna en general y de la literatura y la ciudad en particular, reconociendo en las letras hispano- , americanas las implicaciones del tema y sus relaciones con el aspecto social, según "los cambios ocurridos en la in­fraestructura de la parte meridional del continente, los cuales a su vez no pueden menos que reflejarse en la lite­ratura concebida como enunciación de la vida social y cul­tural en un vasto conjunto" . (Volkening, 324) Afirma el autor que fue necesario que" surgieran en la América Lati ­na grandes ciudades" para que se pudieran escribir nove­las sobre éstas, las que deben elevarse" a la altura del arte cada vez que, dejando de ser mero reflejo del medio, llegue(n) a trascenderlo en un acto transfigurador". (326)

La ciudad expresada literariamente, la ciudad escrita, no sólo recorre calles y construcciones y muestra la riqueza o pobreza de su paisaje exterior, sino debe reflejar su intramundo, traslucir algo del secreto que alberga sus en­trañas emprendiendo también un camino hacia adentro, "aquel Verfrem-dunsgseffkt, el efecto de extrañeza" frente a "un paisaje transformado por la mano del hombre y ten­diente a transformarse cada vez más bajo la influencia de prototipos tecno-industriales" , extrañeza que atrae y seduce dando a la urbe una dimensión "vagamente amenazante, depositaria de ancestrales arcanos". (332-334)

Una gran ciudad puede verse a través de la litera que se nutre de " su substancia, su sangre, su tuétano" (343)

En un breve recorrido por la narrativa colombiana, en el que toma como punto de partida a María, pasa por La Vorá gine , alude a Tomás Carrasquilla y José María Vargas Vila: se detiene en José Antonio Osorio Lizarazo, a quien ve como el "único autor de Bogotá" capaz de mostrar la ciudad a través de los personajes de sus novelas", sujetos a jerarquías sociales ya conflictos de decadencia donde impera el hermano mil veces repudiado y mil veces resucitado”

Sin embargo, reconoce el autor, no es suficiente la sociología que se percibe, pues falta "el efecto de extrañeza imprescindible para proyectar sobre la cotidianidad ululante de nuestras calles la mágica luz del ocaso y nos cuente a; mito de la gran ciudad de hoy y de mañana" (352). En 1978; con la publicación selectiva de la obra de Osorio Lizarazo, Santiago Mutis ve en el autor "la forma más acabada, la única (...) de nuestra memoria de bogotanos de los años 20 y 30" (3) . Si bien Osorio Lizarazo es testigo de su tiempo y cronista de Bogotá, escribe la ciudad a partir de su presen­te y sus relaciones cercanas con el pasado, dejando un do­cumento social, histórico y literario que permite al lector de hoy percibir unas constantes vigentes y unas relaciones con la memoria.

Es útil recordar las palabras de Juan Carlos Pérgolis (4) a propósito de la ciudad y la literatura:

La ciudad es un juego de la memoria individual de quien cono­ce la ciudad y conserva en lo profundo sus imágenes mágicas y la memoria colectiva que señala hechos, momentos, lugares y sucesos que por uno u otro motivo han sido -y son- parte de una sociedad: eso que llamamos Historia, la particularidad del tiempo y los lugares que explica nuestro aquí y nuestro ahora" Pérgolis, 18)

1 Magazín de El Espectador NQ 806, de125 de octubre de 1998, titulado genéricamente "Voyeristas de la ciudad", en el que varios escritores colombianos se refieren a ella; Burgos Cantor es uno de ellos. P. 5.

2 Ernesto Volkening. "Literatura y gran ciudad". Eco, NQ 143-144, tomo XXIV 5/6, Bogotá: marzo-abril, 1972, pp. 323-352.

3 J. A. Osorio Lizarazo. Novelas y crónicas. Selección e introducción: Santiago Mutis Durán. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1978, pp. XI-LXXXVI.

4 Juan Carlos Pérgolis. Las otras ciudades. Bogotá: Universidad Nacio­nal,1995.

 

 

 



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