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Antonio Curcio Altamar
El paradigma tradicional

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Bodgan Piotrowsky
Literatura y realidad nacional

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Raymond Williams
Ideología y regiones

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad
La fábula y el desastre

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Luz Mery Giraldo
Búsqueda de un nuevo canon
Ciudades Escritas
Ellas cuentan
Cuentos de fin de siglo
Cuentos y relatos de la literatura colombiana
¿Dónde estamos? (a manera de epílogo)

 

Ricardo Burgos
Ciencia Ficción en Colombia

 

María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela Inés Robledo
Literatura y diferencia

 

Augusto Escobar Mesa
Ensayos y aproximaciones a la otra literatura colombiana

 

Juan Gustavo Cobo Borda
Silva, Arciniégas, Mutis y García Márquez

 

Henry González
La minificción en Colombia

 

Oscar Castro García
Un siglo de erotismo en el cuento colombiano

 

Johann Rodríguez-Bravo
Tendencias de la narrativa actual en Colombia

  Silvana Paternostro
Colombia's New Urban Realists

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Gina Ponce de León
Panoarama de la novela colombiana contemporánea

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Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad literaria
Narradores del XXI. Cuatro cuentistas colombianos

  María Helena Rueda
La violencia desde la palabra
  María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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La novela policiaca en Colombia
Hubert Poppel


El modelo tradicional: Antonio Curcio Altamar

LA NOVELA CONTEMPORANEA

Efervescencia e imposición del género. -Herencia, intereses y corrientes culturales. -Las preocupaciones extraliterarias. -Méritos y fallas. -Las novelas de aportación más novedosa.

No podía quedarse ineficaz para las letras patrias el rotundo éxito extranacional de la novela de José Eustasio Rivera. Tal triunfo entrañó un vigoroso estímulo que vino a cancelar de una vez por todas el prejuicio nacional, vigente a la sazón entre los contemporáneos del poeta neivano ( o inmediatamente anteriores a él), para los cuales, y por gracia de una fiebre literaria extranjerizante, lo nacional, no explotado en la literatura europea, guardaba un enfadoso y menospreciable eco de «tropicalismo». Ni faltaron en un principio críticos colombianos que despectivamente motejaran al autor de La vorágine, con el calificativo de « americanista». Fueron necesarios los juicios encomiosos de los críticos extranjeros (publicados por el mismo Rivera) para lograr el abono y el ennoblecimiento del vocablo.

Por otra parte, sucedió desde entonces que todos o casi todos los escritores nacionales se dieron a publicar novelas en tal profusión y con tan buena voluntad que el género se fue imponiendo de modo definitivo a la atención de la crítica prevalente por esos días en el país, según la cual, y en }\ obediencia acaso a la índole neoclasicista y meramente formal que la caracterizaba, no tenían existencia apreciable las formas novelísticas en Colombia, ni era dable prestar consideración artística al valor interno de las raras muestras reconocidas como novelas. Vale traer a cuento en este caso cómo los textos para la enseñanza de nuestra literatura conceden, aún hoy, muy secundario lugar al estudio de las formas narrativas y cómo la generalidad de los críticos pasan por sobre él a pleno galope, en palmaria oposición al moroso deleite con que se entretienen al estudiar la lírica o la obra humanística colombiana.

Es de suponer que tal efervescencia en el género novelístico responda innegable mente también a determinada reacción en el gusto del público lector que, en su mayoría, especialmente en los últimos tiempos, se ha cansado de las nuevas modalidades asumidas por el verso (ya sea éste en su calidad de modernista --y por tanto anacrónico- o bien con sus formas esotéricas y difíciles), y ha puesto sus preferencias e intereses en la prosa llana, desgarrada y popular de la novela actual.

Caracterízase la novela contemporánea por una vuelta entusiasmada a la tierra y por su empeño en reflejar más al vivo, y con mayor precisión y calor, la sociedad colombiana, el medio de vida y los problemas del hombre nacional. Tan suya han querido hacer nuestros novelistas la frase de Sain t- Real citada por Flaubert (y por cierto generalmente atribuí da a este último): «Un roman: c'est un miro ir qu'on promene le long d'un chemin» (1) , que aun el paisaje patrio, tan deformado en tiempos anteriores, cobra ahora visiones nuevas correspondientes a una mayor autenticidad ya un enfoque más genuino. No puede menos de advertirse que, si bien estas formas últimas de la novela han venido apuntando a reproducir fielmente y a elevar a un plano de poetización las costumbres nacionales, en feliz enlace con la historia literaria del país, con todo, del fondo de cada una de las novelas contemporáneas fluye un irrestañable pesimismo social, amargo y desilusionado, y en ocasiones hasta pestilente, que toma direcciones contrarias a las de la alegre e inofensiva vena del costumbrismo tradicional, sumido en una ensoñación apacible.

Obligatoriamente, las modificaciones sociales impuestas por las nuevas necesidades económicas y por el desplazamiento de los intereses ideológicos han encontrado asimismo dilatado campo para la estilización en las páginas de la novela colombiana. y acaso sea ésta la única forma literaria y artística en donde con mayor vehemencia y efectividad se haya dado voz a las protestas contra la injusticia social, ya los comunes anhelos de reivindicar los fueros de las clases menesterosas y del 'hombre del pueblo'. Las gentes humildes habían estado representadas con exclusividad rezagada (y, literariamente, sólo desde un punto de vista romántico-sentimental) en el campesino manso, y de suyo alejado de los problemas colectivos. Los propios y escasos artesanos estudiados dentro de la novela anterior son en resolución gentes del agro, que viven descentradas o apenas ligeramente adaptadas en la ciudad, pero que, en todo caso, se presentan idealizados, semi-pasivos, con hábitos horacianos y exentos en absoluto de las ambiciones y de los problemas suscitados por la vida de la urbe o por el simple hecho de las aglomeraciones humanas.

Ahora, más patéticamente que los problemas individuales, comparecen las angustias de la sociedad en general, y de modo peculiar las miserias de las familias pobres frente a una clase privilegiada, las limitaciones del individuo enfrentado al Estado y al monopolio del capital, las luchas entre el obrero y el patrón, los problemas del proletariado...

Entran así en la novela las ansias de extender la justicia social en Colombia, quedándose a un lado la agonía, manifiesta en las letras contemporáneas del mundo, por explicar y situar al hombre -en cuanto hombre: naturaleza e individuo- dentro de los límites del universo. En forma que si se preguntara cuál es el espíritu distintivo de nuestra novela última habría de pensarse inevitablemente en su carácter sociológico con su acusada índole de muestrario de miserias, problemas y dolores sociales: carácter que aleja a la novela de la consideración del destino individual humano y que recuerda igualmente aquel «realismo social}) vigente en otras latitudes, y cancelado hoy. Si de hecho no nos corresponde dilucidar el acierto o el desatino de la literatura y el arte « comprometidos », es decir , colocados al expreso y directo servicio de una ideología, debemos, con todo, registrar su aparición y permanencia en la obra de ficción colombiana, afirmando que tal urgencia extraliteraria, a causa quizás de la ineptitud subjetiva para incorporarla debidamente a la creación artística, ha redundado las más veces en gravoso arrastre de la significación poética exigible a toda obra que ambicione aparecérsenos con un poco de solicitud por su plaza y dignidad en la historia de las letras, cuando menos, nacionales.

Tanto más cuanto que en cada advertencia de la situación histórica que vivimos, el lector y el crítico esperamos de quien la presente, así sea transgrediendo las fronteras del arte, una respuesta personal y no una razón de propaganda, falseadora ésta sí, de la idea del individuo, de la sociedad, de la patria y del universo.

Tales preocupaciones, colocadas en realidad fuera del cerco propiamente literario, han venido, para mayor menoscabo de los valores artísticos, coloreándose deplorable mente de reflejos políticos encarnizados, ante los cuales ni novelistas ni críticos han acertado a pern1anecer sin prevenciones. Pensada en esos términos, es decir, como encargada de hacer labor política o como portadora de un mensaje social, descuidando en gran parte su mensaje peculiar que es el de la belleza, la novela se viene abocando al peligro de tomar cuerpo de tesis más o menos probables siempre, y bordeando el abismo de los lamentables alegatos sin trascendencia ulterior .

Valga mencionar, asimismo, los ojos indiferentes con que la novela ha venido mirando el problema religioso individual, que en otras literaturas tuvo tan rica y honda explotación. En tal referencia, confínanse los novelistas a pintar despreocupaciones o desarreglos morales de algún cura de aldea, o bien insisten en acentuar la presunta intervención del clero en menesteres de politiquería.

Por otra parte, con la misma libertad con que el romanticismo del siglo XIX otorgó importancia literaria igual a los vocablos «nobles» y «no nobles» , esta novela postmodernista ha hecho sus experimentos en materiales que antes eran considerados como « no aptos » para las formas literarias. Categoría de arte se ha buscado, insistentemente y muy al contrario de las tendencias tradicionales, a los temas sórdidos, a las vidas triviales y Oscuras, o sumidas en ambientes miserables, despojados completamente unos y otras del disfraz ennoblecedor con que el romanticismo y el modernismo formalizaron sus creaciones. Realísticamente se agrupan en el campo experimental de la imaginería novelesca, de un lado los explotadores desalmados, los exactores de los pobres, los políticos corrompidos, y del otro, la sangre fraterna vertida inútilmente, las vidas duras y miserables en la opacidad de una escenografía sucia, los prófugos y los licenciosos, las adúlteras y las prostitutas, las gentes sin pesares ni alegrías morales, poseídas de un angustioso o ingenuo desprecio por la vida propia y la ajena. Disipado el humo bien oliente con que el modernismo cubría las miserias y las llagas, se viene buscando expresamente lo feo, y se dignifican estéticamente las necesidades elementales de la vida, al mismo tiempo que se acude con brío a colocar en un estrado de inmoralidad y ridiculez los fetiches de aristocracia y las diferenciaciones sociales.

Refiriéndonos ahora a las influencias culturales ya las tendencias estéticas que animan nuestras novelas, hay que reconocer, sin dejar de mencionar el desigual valor que éstas guardan entre sí, la confusión con que penetran en nuestra novela contemporánea las diversas corrientes universales de cultura. La herencia costumbrista, a cuyo acentuado afán nacionalista aludí anteriormente, ha servido de estimable ayuda a nuestros novelistas en lo atañedero a la fidelidad a la voz de la patria, aunque tal vez ya sea la hora de averiguar si el embeleso por esa técnica realista, hacedera y minuciosa -arte de viñetas fáciles- no está redundando en jadeante agobio para nuestra novela, que en este punto, como en muchos otros, se resiente notoriamente de una lamentable carencia de sentido y expansión universales, y que a la vez se va rezagando y dejando superar con creces por otras formas de narración más ágiles y menos cargadas de didactismo. Y es, sin duda, ésta una de las trabas más afligentes de nuestra novela contemporánea. Con detrimento del material narrativo y de los intereses dinámicos, ya sombra de enseñarnos cómo se vive y cuál es el ambiente, complácense los novelistas en un empeño didascálico nimio, innecesario y postizo. Minucias, en fin, que vendrían a ser más recomendables y más útiles en cualquier manual de geografía humana o en explicaciones expresas sobre el funcionamiento de tales o cuales explotaciones agrícolas, industriales y mineras. Es manifiesto que tal didactismo, de no compenetrarse simbólica e imprescindiblemente con la trama, se convierte al cabo en un cadáver literario sobre el cual se ve obligado a saltar el lector.

Un ejemplo de lo dicho podría bien ser el tratamiento del paisaje, que materialmente ha venido sofocando toda nuestra producción imaginativa. Apenas en muy contadas ocasiones -acaso sólo en María, donde, como ya 10 demostramos, son literariamente valiosas las resonancias anímicas de la naturaleza; y en La vorágine, con una selva no tanto decorativa como funcional- el paisaje se combina de modo inseparable y artístico con el elemento narrativo. Aunque no puede menos de encomiarse el intento actual, realizado felizmente en ocasiones, de enfrentar en admirable contrapunto la belleza de la tierra colombiana con las sórdidas ambiciones y la miseria moral de ciertos factores humanos.

Ensayadas se han visto en nuestra patria todas las modalidades y tendencias de la novelística universal, excluídas solamente las novelas de tipo fantástico, intelectualista o científico (2) . Revela esto, por una parte, que nuestras letras postmodernistas, especialmente en lo que se refiere a obras narrativas, se encuentran aún muy alejadas de aquella vigorosa y exagerada reacción que en la literatura europea se instauró contra el naturalismo y fue parte a producir valiosas novelas fantasistas o de alucinación; y, por otra, nos testimonia que nuestros novelistas, hoy más acorralados que nunca, en el ejercicio de sus facultades creativas, por el peligro de los proselitismos, no han acertado todavía a preocuparse por las dolorosas y universales condiciones del hombre dentro de una civilización materialista, técnica y mecanizada. Entronca así nuestra novela contemporánea con la tradición nacional de costumbrismo realista, a veces justo, a veces de colorete, y se empareja en tal forma con las mejores producciones de Hispanoamérica. Leen nuestros narradores a Tomás Carrasquilla ya Rivera, tomando del primero sus procedimientos de objetividad transcriptiva y de composición, y del otro el afán de mostrar una angustia nacional en un panorama terrígeno.

A pesar de todo, hay que poner al juicio inmediatamente anterior la necesaria reserva, porque no puede desconocerse que una de las más estorbosas interferencias en gran parte de nuestra novela actual toma origen en esa entonación lírica del desarrollo y del estilo que comúnmente ha llevado hasta nuestra obra de ficción un retoricismo ingenuo, provinciano y tocado de ramplonería.

Otra particularidad común en nuestras obras narrativas -resultado precisamente de esa misión social, adscrita a ellas grosso modo- es su destinación a la «gran mayoría » y el consiguiente descuido y negligencia con que se han mirado los requerimientos de las«minorías»selectas, menos atentas hoy en día al realismo ya los efectos argumentales que a los procedimientos y al virtuosismo de la novela.

¿Quieren nuestros novelistas adaptarse, por una u otra razón, al gusto más común, a la mediocridad popular, limitando así, deliberadamente, el alcance estético de su obra? ¿O encubre tal designio populista motivaciones de formal inhabilidad subjetiva?

Cualquiera que sea la respuesta, es del caso recordar, como un valioso testimonio en favor de la cultura general del país, que las novelas difíciles, las de puro simbolismo sutil, las que poco tienen que narrar, las creaciones de Proust, Joyce, Kafka, Huxley, Mann, las de Virginia Woolf y las de Unamuno, cuentan en Colombia con un gran número de apasionados y comprensivos lectores.

Dos peligros genéricos podrían apuntársele contemporánea, externo el uno, intrínseco el otro.

No deja de sorprender desagradablemente a] lector la desatención con que se ha venido manejando e] lenguaje en lo que él tiene de arbitrios y recursos para la dignificación artística -e insisto de nuevo en que no me refiero a la rudimentaria corrección gramatical o académica. Pobreza estilística caracterizada no tanto en lo precario del léxico y en la incoherencia de las imágenes y de la estructura sintáctica, como en el desajuste o irrelación entre las formas lingüísticas empleadas y la intención expresiva. y es aún más lamentable el fácil expediente a que en múltiples ocasiones se acude para encubrir tal in-Capacidad o desconocimiento: el adobar infinitamente la frase o el tratarla con chabacano desgaire y negligencia.

El otro escollo aludido lo está hallando la novela en la crítica misma, que, generalmente desenfocada hoy, ha venido dando de mano a la objetividad serena, con grave detrimento de su responsabilidad y de su misión orientadora. Pues, no obstante la insatisfacción común de los críticos con respecto a las «novelas nacionales », a cada nueva aparición de una de estas, resuélvese el estilo de aquellos en curiosas pasmarotas y desconcertantes panegíricos (sensu necrológico ), o bien toma una actitud ocasional de silencio confabulado o de agria negación, obedeciendo fundamental y lamentablemente a razones de orden político o personal.

De conformidad con el plan seguido en este estudio, preséntanse a continuación las tendencias culturales más ostensibles y los intereses de mayor resalto en nuestra novela nacional a partir de La vorágine. Ni sobrará advertir que el acento se pone de preferencia sobre aquellas obras que en cualquier forma parezcan haber traído a nuestras letras alguna aportación novedosa y de mérito.

Queden, por otra parte, reconocidos, cuando no dispensados, la relatividad y el peligro que entraña y corre todo estudio sobre materiales literarios demasiado próximos a nuestros ojos y salidos de manos que aún se mueven y que podrían con nuevas creaciones desdecir y dejar colgando en el vacío el juicio crítico de la hora de hoy.

Échense a bien, en todo caso, el empeño en la cabalidad de la información, así como la voluntad de acierto y de imparcialidad..., y no más, «sino que Dios... me dé paciencia para llevar bien el mal » que dijeren de mí «más de cuatro sotiles y almidonados » .

Los más cumplidos intentos de la novela psicológica en Colombia han sido llevados a cabo por Luis López de Mesa, Antonio Alvarez Lleras y especialmente por José Restrepo Jaramillo. Conservan las obras de los dos primeros cierto aire y maneras del modernismo de principios de siglo, dejando traslucir unas y otras no tanto el culto de la belleza como una erudicción sapiente, que se acentúa de modo más intencional en las novelas de López de Mesa, La tragedia de Ni/se ( 1928) y La bibliograffa de Gloria Etze/ ( 1929).

El tono idealista de estas dos obras, tendidas hacia perfeccionamiento humano de la individualidad, alcanza a un espiritualismo difuso y sutil, que necesariamente abomina de «los extremos de la literatura europea contemporánea » en cuanto ella tiene de «cabalístico » y de exaltación de «la coprolalia y el culto fálico » , y en cuanto sólo sirve de « instinto al reino naciente del proletario rudo y procaz » (3) .

Aunque las novelas de López de Mesa están escenificadas en la patria, o acaso por ello, la vastedad del paisaje le « impone [ al autor] un sentimiento de dilución del ánima en el mundo y [lo] convida a una divagación panteísta » , muy en consonancia con el sentido de su restante obra.

Se han vinculado los procedimientos novelísticos de López de Mesa, sobre todo en La tragedia de Ni/se, a la manera de Marcel Proust (4) , si bien nuestro sociólogo no busca los repliegues oscuros del yo en agónica lucha contra el tiempo, sino que sabe filosofar y divagar con culta deliberación sobre los episodios y las acciones exteriores de sus héroes, buscándoles a menudo antecedentes de justificación, y preocupado de un innegable didactismo, un tanto nimio, pero útil en ocasiones.

A pesar de sus anhelos puramente estéticos, ya en La biografía de Gloria Etzel está prevista la misión pedagógico-socializante de la novela por verur: «Seguramente la novela del futuro ensayará el análisis de la lucha y conflictos de estas pasiones y sentimientos soterrados que obran por masas y muchedumbres [ ... ] Esta novela social vendrá muy pronto a refrescar el interés por este género de arte que hoy languidece en la minúscula esfera de una o dos almas, con uno o dos sentimientos. Ni me parece difícil de presagiar grandes novedades y bellas adquisiciones psicológicas y pedagógicas en este arte por venir, este arte verdadero del socialismo, esta literatura en gestación del proletariado que hoy agita al mundo » (págs. 37-38). Entiéndese, claro es, que el autor haría referencia en esos tiempos a la novela en Colombia.

Aparte de tales disertaciones, insistentes en lo sociológico, en lo cultural, en la esencia y exteriorización de los sentimientos humanos, en lo «agradable de la danza y 10 benéfico de! deporte», las novelas tienen basamento argumenta! que las hace interesantes, redimiéndolas de las abusivas y largas tiradas de conferenciantes a que suelen echar mano los personajes, así como del relativo mecanismo del diálogo. Porque, si bien el mérito en la penetración de la conciencia lógica y en la presentación de la perfectibilidad humana mediante la sabiduría (servatis servandis se recuerda en esto la técnica de Paul Bourget) conserva equilibrio con un estilo de meandros claros y fríos, con todo, no anduvo el narrador afortunado en 1a composición y oportunidad de sus diálogos, generalmente amanerados en la urbanidad, o puestos en boca de unos héroes diletantes y opacos.

La tragedia de Nilse, con un caso de adulterio en balance con el sentimiento de la paternidad, se enfila en la línea novelística de Paul Hervieux o de Mirbeau, en tanto que la anatematización de la injusticia y de la indignidad -en este caso, el complejo robo de un ladrón a otro ladrón de un tercero- sirve de trama a La biografía de Gloria Etzel (5) .

Dio renombre nacional a López de Mesa su Libro de los apólogos ( 1918 ), transido de esteticismo orientalista. Son creaciones imaginativas, que nada tienen que ver con los exempla clásicos y que se colorean con las mismas ambiciones, serenas y pomposas, de las Parábolas de José Enrique Rodó (6) . En tales apólogos muestra su autor la «contemplación apacible del Universo», y el contentamiento del alma consigo misma, como et camino de la sabiduría. Con todo, se puede afirmar que la obra de ficción de López de mesa vendrá a ser tenida como cosa accesoria a su restante labor de publicista.

Una buena novela, innegable mente situada entre las mejores que se han escrito en el país después de La vorágine, es Ayer, nada más... ( 1930) , de Antonio Alvarez Lleras, cuyas obras dramáticas, por otra parte, han sido recibidas por la generalidad de los críticos como lo mejor de nuestro teatro en este siglo. Revélase en la obra narrativa un ancho conocimiento de novelas colombianas y extranjeras. A María remite cierto sentimentalismo romántico, como aluden al género costumbrista nacional los pasajes caricaturescos de nuestra politiquería yo el entusiasmado amor a la sabana de Bogotá, en la que «todo es bueno» (pág. 378). De contado, daremos aquí con una visión menos simple que la usual, en la apreciación del paisaje sabanero. Cumple admirar, por ejemplo, la apacible serenidad de un atardecer, narrada en juego de luces con el ensombrecimiento psíquico de Mariano, el protagonista de la novela (págs. 375~376). Pero si la contemplación de la naturaleza empalma con las corrientes nacionales, innovándolas en cierto modo (7), la estructuración de los personajes, bastante complejos, responde a los conceptos y tendencias de la novela europea. Mariano Mendizábal es un ser ocioso, semiculto, desadaptado en su medio social bogotano - Bogotá, con su «caterva de mozos ignorantes» y de «niñas sosas y fatuas» (pág. 32)-, víctima a la vez de un desgarrado « dandismo wildeano »( pág. 138 ), y de un descaecimiento moral, consecuencia de una voluntad inútil y endeble. Podría decirse que el autor, como otro de sus héroes, se ha sentido, «sin darse cuenta, un poco Tolstoi}}, y ha tenido anhelos de dar a Mariano «la contextura moral de un Dimitri Ivanovich » (pág. 346). Sin esfuerzo demasiado notable, entra Alvarez Lleras en el alma de sus creaciones- «vagando inquieto por los laberintos de su conciencia » (pág. 100)-, y se deja balancear por vientos freudianos en la presentación de Eugenia, una «Cleopatra santafereña » (pág. 303), de buen cuño, contrastada eficazmente con la exquisita sencillez y feminidad de Elvira, hermana de aquella. Con todo, no puede decirse que la veracidad de las hipótesis de Freud entusiasme demasiado al narrador: «las fIlosofías modernas -dice Cornelio, personaje el más logrado quizás de la novela y en quien se quiere personificar al lector y al autor- reconocen en el hombre dos seres: el consciente y el inconsciente. Quizá son los mismos que los cristianos llamaron la carne y el espíritu» (8) . El interés de la trama, expuesta con evidente dominio lingüístico, y las discriminaciones psicológicas, que en el fondo apuntan al desprestigio de la importancia del medio ambiente en la formación de la personalidad humana, no emparejan felizmente con la prolijidad y la lentitud de la acción, que merced a lo forzoso de la dilatación viene a quedar deslavada y prosaica en más de un momento. Por otra parte, la Bogotá que allí se nos presenta es una ciudad con mucho de europeo, por la fastuosidad de los interiores sociales, no obstante que las provincianas chismografías y la intrascendencia de las luchas políticas comparecen aquí de modo menos esquinado que en la novela Pax , de Rivas Groot y Lorenzo Marroquín. Cosa igual podría decirse con respecto a la fugaz pero comprehensiva pintura de comerciantes, banqueros, periodistas, literatos, profesionales, artistas y desocupados. A pesar de esto, el empeño en el ahondamiento de los caracteres es un mérito que sobrepuja con creces cualquier deficiencia, y constituye un éxito muy justa y autorizadamente registrado (9) .

En ambiente bogotano muy parecido al anterior y con más acentuada crítica de las costumbres sociales, llevó a la escena Isabel de Montserrate, seudónimo de doña Isabel Pinzón de Carreño, los personajes de su novela Hados (10) .

Estéticamente, uno de los más originales y atrevidos entre los novelistas colombianos fue el antioqueño José Restrepo Jaramillo, introductor, aún insuperado en el tecnicismo, de la novela psicológica en las letras nacionales.

Iniciose Restrepo, de manera feliz, con La novela de los tres (1924), seguida de varios cuentos, y tocantes, tanto la una como los otros, con el superrealismo, gracias a la cabalidad incontrolada de la imaginación, a los intentos de ponernos en plástica referencia con lo desconocido y lo oscuro, al absoluto menosprecio de la lógica, y al descriptivismo e interpretación de los estados inconscientes o mentalmente anormales.

Por otra parte, como Gide en Paludes o Unamuno en Don Sandalio, el jugador de ajedrez, nos cuenta Restrepo en qué forma y con qué expedientes escribe él su novela, dócil al conjuro e inspiración de sus mismos personajes todavía en cierne. Del ente mediocre, prosaico, real y fuertemente agarrado a la vida, que es Jorge, el narrador proyecta varios retratos, en triple o cuádruple interpretación, según la perspectiva con que lo enfoquen las restantes figuras, o con arreglo a los ojos del mismo héroe. Perspectivismo que lleva a Jorge hasta la pobre situación de borrar, corregir y deformar por sus propias manos la fantasía novelesca del autor, o hasta la sernicómica de analizarse del siguiente modo:

Había un vaho cálido, grueso, que caía como lenguas de fuego sobre las cabezas deliciosas de los paseantes. Jorge lo sintió posarse en la suya, afiebrada. Miró a Gabriel, miró a una de las deliciosas caminantes, y tuvo asco hondo de sí: su alma, subiendo desde ignotos y feos subterráneos, vino a inquirirle con una de esas preguntas afirmativas si por ventura no era él uno de los llamados el bobo en cada pueblo (pág. 28). .

En un lenguaje impresionista (11) , torturado y tirante de lirismo (subsidiario a la vez de cierto malabarismo de imaginería), quiso Restrepo decir algo, y salió con mucho, a los lectores, merced a lo que éstos también deben poner de su parte (12) .

La tragedia de los personajes en los cuentos de Pirandello ataca asimismo a esas creaciones de los cuentos de Restrepo (13) . Urgidos a salir a luz por propio impulso y dejando al autor en condiciones de automatismo literario y estético, así como de indiferencia ante el destino incoercible de caracteres recién creados que se entretienen con los nombres de Cocteau, Kipling, Holbein, Przybyszewski y «dada».

Pero, con ser tan talentosa esta Novela de los tres, y sutiles aquellos cuentos, presentan la imperfección técnica de un silogicismo en ocasiones demasiado incoherente, y vinieron a quedar superados con David, hijo de Palestina (1931), donde Restrepo afinó sus procedimientos psicoanalíticos y produjo en propiedad una excelente obra de ficción (14) , Escenificada en Palestina, población de Antioquia, la obra está animada del más inteligente amor -amor de rabia, como el de los profetas a Jerusalén- al campesino y las tierras antioqueñas, sin desconocer en aquel « las decenas de cadáveres en potencia que puede llevar adentro el campesino ese» (pág. 126), e insistiendo en la importancia y efectividad de la ascendencia judía en el pueblo de Antioquia. Con buen acierto está ejecutado el análisis de un «doble-fondo» de espíritu en las gentes sencillas de un pueblecito colombiano. Comparecen estudiados de modo escrupuloso y poético individuos vacilantes, afanosos y heroicos; sombras trágicas y, parejamente, crédulas e ingenuas; hombres que, como los de cualquier gran novela moderna, viven hacia adentro «prisioneros de sí mismos», y cuya vida es un «esfuerzo continuo por arrojar lejos a ése [ otro yo] que bien saben es un intruso ». Como « un psiquiatra junto al caso interesante » (pág. 72) quiere sentirse Restrepo frente a David el protagonista, desquiciado mental, que lucha con sus recuerdos anhelando duplicar S1,1 alma, ya quien desequilibran los fantasmas provocados por el anublamiento de la conciencia y conturba el paso del tiempo sobre su cambiante y huidiza personalidad: « Su cuerpo se inclinaba sobre el papel, alargaba ojos y manos, y un nuevo ser humano iba remplazando poco a poco al que antes casi lloraba cuando le tocaron el corazón libérrimo y bueno » (pág. 127) y cuando el héroe, pasados los eclipses espirituales, se asomaba a los senderos que había trajinado a la hora de la desesperación, «sentía pavor al no poder desconocerse en aquel feroz muñeco que le resucitaba el recuerdo» (pág. 185). La visión de un suceso (una muerte trágica, por ejemplo, en las págs. 22- 25), o de un personaje (como el de Ester, en las págs. 133-134, o el de la 144), prismáticamente presentada, es decir bajo las distintas luces de cada uno de los protagonistas, hace que la novela empalme con las obras más avanzadas y alabadas del género en su forma actual. y « todo ello, entre brumas y nebulosidades, picado por botonazos de luz, atravesado por las horas de cien relojes distintos, flotante en un caos incognocible, alentado por indecisa humanidad nonnata...».

Además, y aparte la insistencia un sí es no es anticristiana y el deletéreo sarcasmo, escribió Restrepo párrafos y capítulos enteros que pertenecen, en el sentido bueno y malo que la calificación tiene, a ese tipo de novelas sicalípticas (15) , satirizadas por el autor de David, hijo de Palestina, quien ya no logró superar sus primeros valores en Dinero para los peces y otros cuentos (1945). Por lo demás, sus libros fueron objeto de severas críticas, por haberse considerado que ellos no reflejaban ningún ambiente nacional y estaban habitados por personajes de la « estepa rusa» (16) .

Recababa para sí e! haber escrito «la primera novela psicoanalítica en español» Félix Henao Toro, en el prólogo a Eugeni la pelotari ( 1935). Del mayor interés es El inocente (1929), «psicoanálisis de la infancia neurótica y de otros productos sociales de! medio bogotano », de Dionisio Arango Vélez.

Hanse colocado también las numerosas novelas de Gregorio Sánchez Gómez entre las de estudio psicológico. En realidad, pertenecen a un costumbrismo impregnado de esencias modernistas y de un poco de preocupación social. En El gavilán (1936) aboca el problema del arrendatario y el aparcero: « él era como la araña y el colono como la mosca incauta prisionera en su tela» (pág. 61). En esta y en las demás novelas suyas el campesino aparece idealizado y ennoblecido. Su mejor obra parece ser Vida de un muerto, relato de fantasía y humor bastante buenos. Se trata de la evocación de un espíritu que ha vivido en «los planos astrales inferiores», sitio a donde se destinan « los espíritus de personalidad equívoca o dudosa». Esta fantasmagórica odisea de seres extraños y de muertos provisionales en un supramundo -donde hay «acuarios de pequeñas almas»- tiene episodios que recuerdan a Vierge quand mé'me, de Cami: «jamás se consuela la consuela de haber pasado por el mundo sin disfrutar sus goces magníficos, y ahora maldice la superstición estúpida que la hizo meter su virginidad en alcohol y lcanfores sin beneficio para nadie» (17) . De tipo más fantástico, y asociada al carácter visionario de las novelas de Julio Veme, es Viajes interplanetarios que tendrán lugar en el año 2009, de M. F. Sliger, acaecida a bordo de una nave que va de la tierra a diferentes planetas y es testigo de guerras en la estratosfera. En estilo amoroso, entristecido hasta el sentimentalismo, está narrada la vida de una morfinómana parisiense en el Infierno azul, o el país de los toxicómanos (1939), de Vicente Noguera Corredor, que recuerda en cierto modo a Del opio, de Vargas Vila, con toda la gama de alucinaciones al humo de la droga. Un caso similar habían explotado Manuel Briceño en La nube errante (1924) (18) , que acaba en suicidio, y Alfonso Castro en Los humildes (1910), con un fondo político-social y una trama amorosa también. Merece aquí mención La penúltima noche (1935), de Zoilo ] Cuéllar Chavés, « proceso patológico de un suicidio normal».

En la historia de la novela nacional contemporánea significará siempre una feliz aventura con un mensaje nuevo la obra de Jaime Ardila Casamitjana, Babel (1943), la novela colombiana con un diseño narrativo más raro, abigarrado e interesante -el itinerario mental de un joven inteligente, desajustado y arisco-- en un fondo intelectualista de mayor interés y osadía.

La confusión de las lenguas en la torre bíblica se reitera aquí en la aguda forma de confusión cerebral y emotiva con que se mueve Santiago, el autobiográfico narrador -inspirado en el « soñar es saber» de Valéry, sacudido de melancolías y desazones e incapaz de comprender el mundo por el propio afán o necesidad de analizarlo como una «verdad geométrica » (¿cubista? )- y por el presentir angustioso de que sólo por los atajos de la desesperación puede el hombre encaminar sus pasos hacia la sabiduría.

Pero semejante empeño sapiencial sin duda se esconde demasiado bajo las formas cínicas de Wilde o de Nietzsche (19) y viene en resolución a constituir la autotortura del espíritu ya formular en última instancia que en el alma del protagonista « era noche... noche cerrada, sin boquetes de luceros, sin estrellas distantes que sirvieran de brújula» (pág. 72) y que «todo está hermético y el espacio es infinito».

El tiempo, a lo Proust (20) , reversible, atomizado y deformador o estático, aparece también en Babel con todas las dimensiones, «tan espeso, tan pesado y tan real»: « Sentir el tiempo. El tiempo es dulce; calma los nervios. El tiempo es el sol; el tiempo es el sueño [ ... ] , el tiempo es no hacer nada [ ... ] . Qué hago yo con el tiempo» (pág. 29). El héroe siente gran delectación porque ha recuperado el tiempo perdido y se ocupa en reconstruir su vida «con trozos del pasado» . Para él las horas pasan «como cartuchos de una ametralladora automática y se disparan necesariamente, confundiéndose y fundiéndose en el ruido sordo, permanente» (pág. 129), o, a la inversa, se quedan pegadas, «tiesas, rígidas, intensamente frías» (pág. 179).

Las superposiciones del yo no dejan de ser curiosas y recordatorias de la técnica insinuada ya en las novelas de Restrepo Jaramillo. «Todo está en el mismo sitio -escribe el héroe en una carta a su amiga- hasta esos 'yoes' que han vivido aquí en tiempos diferentes, que no pueden irse y son mis compañeros» (pág. 190). Para: el protagonista, además, lector de Les nourritures terrestres, de André Gide, obsesionado de onirismo y convencido de que en sueños « realizamos idealmente lo que la vida nos negó» (21) , tienen grande auge las palabras que Saint~Pol Roux colocaba a la puerta de su aposento antes de dormir: « el poeta trabaja»; a la vez que le resulta seductor el procedimiento de escribir por escribir, así sea ello in congrua e infinitamente. Con todo, las reminiscencias literarias resultaron imprescindibles, aun dentro del rechazo de « las vanidades retóricas» y de «las ideas premeditadas». Acaso la única revuelta valedera fue la emprendida manifiestamente contra el romanticismo y el costumbrismo nacionales.

Inteligentemente reconoce el narrador que las palabras de que disponía no eran idóneas para descargar sus sensaciones, aunque de hecho hay que alabar el empeño lúcido con que el lenguaje se ajusta a los intereses expresivos de cada ocasión. En estilo impresionista comparece una naturaleza que en veces trasiega intelectualismo y en otras se esboza como muy nacional: «La naturaleza es por aquí mansa y estéril pero rica en sugerencias intelectuales» (pág. 56). y un poco antes: « Más allá, dibujando la inmensidad del panorama, el valle y las nubes, y el cielo nuestro, absolutamente nuestro, un cielo que habla castellano, que tiene buenas costumbres y un sol que hace sudar, y que quiere más a los campesinos que a los señoritos de la ciudad».

Por su llamamiento a los états seconds, por la explícita estratificación subjetiva, por el antagonismo abierto contra todo elemento lógico y por la apelación a las evocaciones incoherentes, esta novela constituye un valioso ensayo de modernidad y será de cuenta por el empuje analítico de una trama morosa, desle]da e inacabable (22).

Así se resienta de pobreza y simplicidad el elemento narrativo, es un buen ensayo el realizado por el magda Jenense Carlos Delgado Nieto en El hombre puede salvarse, sobre el descentramiento humano de un protagonista en inútil lucha contra la superficialidad y las trabas del mundo circundante, pero que no pueden menos de exhibir su mucho de funambulismo, dejando en e] ánimo del lector la posibilidad de revocar a duda el éxito final (la salvación del individuo) (23) .

Finalmente debe destacarse de modo muy especial entre estas novelas de tendencia psicológica, Ei criminal (1932), de José Antonio Osorio Lizarazo, valioso estudio de los sentimientos enfermizos y absurdos de un protagonista asustado por el progreso de la sífilis y caviloso por los males de su futura vejez, ya quien torna más débil la conciencia de ]a propia debilidad. Junto a tal novela, aunque en plano menos indagador y sin la presentación del individuo inepto frente a una sociedad despiadada, hay que recordar El suicida moral, novela de un sifilítico (1942), de Bernardo Uribe Muñoz.

La emoción de la selva « virgen y obscura » fue también sentida por César Uribe Piedrahita en la novela Toá (1933). Sin la tragedia y la desolación I ]rica que angustia al hombre e impregna el paisaje de La vorágine, comparecen igualmente en la inmensidad de la jungla, « de ese mundo de misterio y de sombra [ ...1, la infinita red de grandes r]os y la interminable trama de brazos, caños y esteros dormidos y sombreaos» (pág. 17). Con los negociantes en veneno, cera y caucho, y favorecida por los indios que emponzoñan los ríos de barbasco, la muerte próxima acecha siempre en la manigua. Pero la atmósfera de disolución y de acabamiento que se cierne sobre la selva se empequeñece en parangón con la codicia y la lascivia del hombre blanco que viola la naturaleza y levanta un « gran guiñol» en el fondo de los «ríos malditos» (24).

Ríos ensangrentados también del Putumayo y del Caquetá, padres de la protagonista -en su acoplamiento con la selva- (25) , en donde « los salvajes desnudos cazaban un gigantesco plesiosaurio o un lagarto prehistórico» (pág. 157), y en cuyas orillas se repartía a los perros carne de niños (pág. 135), o en donde aun se sucedían escenas como ésta:

Al frente de la casa se reunieron los cazadores de indios y descargaron al suelo el botín encerrado en canastas de palmiches. - ¿Cómo es que no traen sino veinticinco hombres? - Son los caciques, señor [ ... ] ¿Los otros [...]? Aquí están [...] Rompieron los toscos envoltorios de hojas verdes de palma y rodaron por el suelo las cabezas sangrientas de medio centenar de indígenas. Sacudieron los cestos y cayeron otros despojos exangües: manos, orejas, órganos genitales... (pág. 86).

Antonio, el héroe, enamorado de Toá, no puede resistir los pavores de la selva, y como ésta a Arturo Cova, el poeta de La vorágine, los ríos lo enloquecen y devoran. Si a Uribe Piedrahita faltole la catidad poética (poiein) de Rivera. la trama de su novela, en cambio está menos estratificada que los valores argumentales del máximo novelador de la selva (26) . Dos años después de Toá, publicó su autor, con igual técnica y mayor sistematización narrativa, otra novela, Mancha de aceite, sobre la vida en unas petroleras, y en oposición abierta a los intereses del imperialismo. En el ambiente geográfico llanero situó Elisio Medina Del Orinoco a Bogotá (1930), con amores románticos y en ponderación de la obra misionera de las Hermanas de la Caridad.

El sentimiento amargo de la tragedia entre el paisaje y el hombre ha reaparecido con éxito en Cuatro años a bordo de mí mismo (1934), de Eduardo Zalamea Borda, novela escrita en forma de diario, sin la referencia cronológica, y que, salvadas las distancias estilísticas y los intereses narrativos, empalma con la tradición nacional inaugurada por Francisco Javier Caro en su Diario (1783), y seguida por José Asunción Silva en De sobremesa.

Comprende la novela de Zalamea un itinerario marítimo desde Cartagena hasta las costas de la Península de la Guaijra (27) , y un diario de los trabajos y experiencias vitales que en las salinas de Bayahonda sobrevienen a un joven arriscado, desaprensivo y teatral, pero colocado maravillosamente en una posición divertida y robusta ante los goces de los cinco sentidos exteriores. A la postre, y no sabemos si desengañada o ilusamente, el protagonista confirma que ha padecido y gozado de modo pleno la vida sensorial, pero que también ha amado, sufrido, llorado, reído y odiado: que ha vivido.

Urgen y estremecen la narración lo «insospechado del detalle, la línea perdida de las cosas» (pág. 60), en un descriptivismo escrupuloso o indagador, que en los objetos y en la propia reminiscencia encuentra como Proust, 'abismos profundos en un grano de arena', pero que se empeña buenamente en iluminar aspectos que antes habían estado oscurecidos y menospreciados en la literatura nacional (28)

El tejido de los episodios y de las peripecias de una juventud animosa y despreocupada se sacude con los espasmos del alcohol y del sexo, y parejamente, con la angustia del tiempo y de los recuerdos (29) . De manera eficaz se entrecruzan en la novela los objetos y los hechos de la hora, con el mundo de un pasado sin coherencia, contemplado minuciosamente hasta en la penumbra de la infancia lejana. En forma que el solo viento que ciñe los « muslos firmes» de Meme -una 'diosa negra', 'walkiria de los trópicos', que fríe plátanos « lentamente como si friera personas»- le hace recordar al héroe que una vez mordió el brazo a su niñera (pág. 15). El pansexualismo que pervade las páginas de Cuatro años a bordo de mismo está exento de aquella amarillez enfermiza que colorea las novelas de Vargas Vila, y revela una masculinidad jubiloso y vibrante, un alegre y " espectacular ahondamiento-"en las sensaciones-sexuales; sin que dejen de sorprender la atención del lector los intereses literarios y concupiscentes con que aparecen los humores humanos penetrando la naturaleza viva y muerta, y las exhalaciones del paisaje conturbando los ánimos eróticos de los protagonistas. Síganse estos ejemplos referentes todos al olfato:

Aquí se siente llegar ya un aliento de la Guajira. Huele a lo que deben oler las indias. Un olor compuesto de muchos perfumes y aromas. Es la pampa, el desierto, la arena, el sexo y la muerte (pág. 91). Olores de pescados, que saltan a lo largo del muelle, olores de mujeres, de axilas, de sudor y de cerveza de los barcos alemanes (pág. 66). Se respiraba un aroma de fatigada lujuria, de incesante deseo, de enfermedad, de vida, de grito (pág. 189). Tiemblan curvas en el viento, que huele a mujer, a axila, a cold-cream (pág. 96). El sexual perfume de las indias, que cuando cierra uno los ojos le da la ilusión de estar besando una axila profunda (pág. 177). Onduladas llanuras de donde surgen cálidos perfumes como de vientres femeninos (pág. 28).

Por otra parte, la «libertad sexual ilimite » que e1 protagonista encontrará entre los guajiros está insinuada de antemano. Así Dick, el marino misterioso hablará del «amor sexual al mar » , del amor que «mira senos en cada onda y sirenas en cada curva » , y hasta añadirá: «mi boca supo de la sal del mar en los senos redondos de mi madre » (págs. 76- 77). Culturalmente, y dentro de nuestras letras nacionales, ésta novela tiene un mérito que la hará histórica: el haber ensayado en la prosa narrativa, y con buen acierto el estilo impresionista y renovador que en la poesía lírica había instaurado Juan Ramón Jiménez y que en Colombia vino a producir el movimiento que se llamó de piedra y cielo; movimiento que para bien o para mal, pero acaso un poco tarde, acabó en la patria con Víctor Hugo y con Rubén Darío.

Esos hombres, que Zalamea faja «de mar y de brisas » y que en las venas llevan a cambio de sangre un viento verde, «color nordeste}}; el «sol de un color acre, salado, negro y rojo; un sol podrido, babeante » , como el de Baudelaire, evocado por el narrador (pág. 127); esas blasfemias espantosas que «moteaban la noche con luces más diabólicas que las de los rayos » ,todo ello, aun así, un poco extranovelísticamente, tiene un imperecedero valor de cosa dura, de poesía amarga, buceadora de belleza y objetos más trajinados y triviales. Salvada quedará siempre la novela por subjetivaciones de plasticidad tan garci-lorquianas como éstas: «Los ladridos de los perros taladran la noche. Ladridos delgados, con filos con bordes de dolor » (pág. 153); o por frases como las siguientes, recordatorias o precursoras de la técnica lírica de Jorge Rojas y de Eduardo Carranza.

Entre el agua de las olas han quedado nuestras miradas, para que los peces jueguen con ellas. Andamos, y nuestros pasos van quedando escondidos entre los huequitos de cemento (págs.78-79)- Duermo. Voy por un camino angosto. Una sombra que tiene los ojos del color del agua... (pág. 361). ¡Oh capitán bueno de la goleta sucia, de la goleta vieja de los comerciantes turcos! Capitán barbudo y risueño que fumabas en tu pipa y siempre estás con ella en mi recuerdo (págs. 8-9).

Tal estilo, así sea con el interés de una trama dinámica, sugestiva y nueva, es bueno para leer a ratos, pero difundido a lo largo de casi quinientas páginas que deben leerse de seguido, como novela, acaba por producir la sensación de la monotonía y aburrir al lector que busca otros intereses además del estilístico.

El abordamiento de los estados inconscientes insinuado ya en La Vorágine mejor intentado en las novelas de Uribe Piedrahita, pero más artístico en Babel, de Ardila Casamitjana, se realiza también en Cuatro ­ años a bordo de mí mismo; sólo que aquí se parte de lo material, del propio dormir, que es « pegajozo » que hay que « arrancárselo de los ojos » y que el silencio utiliza como una lleva para cerrar las puertas ( pág 109).

Una página viva en el libro de nuestra novela nacional será aquella en que se describe la muerte trágica de un indio:

Pablo salió con la carabina en la mano, y yo detrás. En el suelo, sobre la arena, yacía Manuel, con una herida de cuchillo en la espalda. Pablo lo vio apenas y salió corriendo hacia la playa, por donde se alejaba, veloz, un caballo, con el jinete casi invisible. Corrí a su lado, 3 tiros, seguidos, silbantes, pasaron frente a mis ojos. El primero detuvo el caballo, lo sentó, como si una fuerza terrible lo hubiera dormido inopinadamente. El jinete, pude verlo entonces, era un indio. Un indio alto, con los dientes brillantes y la boca sorprendida. Se volvió hacia nosotros, rápidamente puso la flecha en el arco y cuando el brazo se curvaba para dispararla, sintió una bala sobre la frente. Hizo un ademán brusco, como para espantar una mosca, sus músculos se apretaron, se endurecieron hasta volverse como bolas; extendió los brazos para abrazar la vida que se le fugaba y dio un salto terrible, Con los ojos muy abiertos, llenos de sol. Cayó cerca al caballo herido que miraba la muerte con ojos tiernos... El agua del mar le humedecía los cabellos. Nos acercamos. Tenía los ojos rojos por la fuente de sangre que descendía de la herida. Pablo también los tenía rojos, oscuros, brillantes, llenos de ira (30) .

En este mismo subgénero de relatos de viaje apareció en 1949 Pasión vagabunda, de Manuel Zapata Olivella, con menos intereses poéticos que la anterior y tocante en mucho con Risaralda, de Bernardo Arias Trujillo, y Las estrellas son negras, de Amoldo Palacios. Zapata Olivella, autor también de Tierra mojada, con el tema de los problemas del proletariado, nos narra en Pasión vagabunda el itinerario disparatado de un estudiante de medicina que quiere sufrir las experiencias de Arturo Cova, parte hacia los llanos y termina a las puertas del «país del dollar».

Jaime Buitrago y Bernardo Arias Trujillo, autor el primero de Pescadores del Magdalena (1938) y Hombres trasplantados (1943), y el segundo de Risaralda, se habían ensayado con anterioridad en la revista bogotana La novela Semanal , dirigida por Luís Enrique Osorio, en el tercer decenio de este siglo, con narraciones de estilo modernista (31) . Buitrago se encaminó hacia el costumbrismo y explotó el tema del río Magdalena -«gestor de la historia colombiana», pero que también devora, como los ríos de La vorágine-, con amor igual, si bien más pungentemente expresado, al de Manuel María Madiedo en La maldición (El Mosaico, 1860). Cuéntanos el autor que su libro «nació en las abiertas playas del río Magdalena, cerca de la fogata de los chinchorreros, frente a la tragedia de los bagres agonizantes y entre la tristeza horrible de los pescadores hastiados » (pág. 6). Descríbanse en la novela de Buitrago las riquezas del río, las ciénagas, los caños y los esteros, interpretados emocionalmente: «No hay paleta de colores igual a la gemación de sus paisajes bruñidos por la luz mágica de sus cielos, ni rumor más dulce que el de la ceiba que en su vientre acuna una canoa» (pág. 23) y en el fondo de ese descriptivismo costumbrista comparecen sencillamente pescadores y caimaneros sin tragedias interiores, que aman el río y lo conocen «por todas partes como a una mujer querida» (32) ,y que quisieran llevar aguas del río «en vez de sangre palúdica en el corazón»(pág. 21).

Hombres trasplantados se ocupa, en la misma técnica de la anterior, de la colonización del Quindío, con sensibilidad humanitaria en favor de los «colonos de trabajo esclavo y sollozante» (33) . Otra novela de tipo costumbrista y satisfactoriamente planeada y escrita es Chambú, de Guillermo Edmundo Chaves (34) .

Entre las tres o cuatro mejores novelas escritas después de la de Rivera , habrá que mencionar a Risaralda (1935), del malogrado Bernardo Arias Trujillo, obra escrita en una prosa de mucho pespunte y contoneo, y con lirismo de buena ley en ocasiones, y en otras desgonzado. «Filmola» su autor a modo de «película de negredumbre y vaquería», en lo que él llamó «dos rollos», más un intermezo inspirado en el Nigra sum sed formosa, del Cantar de los Cantares. En un claro, abierto duramente en la selva, fundan los «goliaths negros» una población, y en ella -robada a la manigua- « enarbolan» su vida como un desafío a la raza blanca, «raza maldita, que todo lo destruye, transfigura, pudre, exprime, desmoraliza y envilece » (pág. 100). Mulatos, negros y zambos se mueven en un clima de rudeza silvestre, entre relucir de machetes que tronchan árboles u hombres, ensoñación de bambucos y somatén de tambores a currulao, a charanga ya muerte. Pero tal desafío de almas atravesadas tiene lugar sólo a la hora de la pasión, de la fiesta o del alcohol; bondadosos y risueños en los días de trabajo, esos negros son de una mansedumbre patriarcal e inofensiva (35) .

Por sobre la soledad del río, 'manceba queridísima del negro', y entre las sombras, 'hermanas suyas por la color', rueda la poesía dolorosa de Candelario Obeso:

Qué trijte que ejtá la noche, la noche qué trijte ejtá,

no hay en er cielo un ejtreya, rerná, remá (pág. 78).

La noche, triste o medrosa para los protagonistas, que tienen a angustia el terror de lo inevitable, es para el entusiasmado narrador «un pleonasmo cuando ella cubre la desnudez recóndita» de la Canchelo, aquella mulata de bronce, «con senos redondos y duros como dos campanas» (págs. 148 y 175).

En las páginas todas de la novela colombiana, una de las mejor grabadas en la estampa viril y compleja de Juan Manuel, vaquero trotamundos, bizarro y guarnecido de ingenio y bravura, que « hacía gárgaras de canciones criollas». Asimismo, y en igual referencia relativa, encontrará el lector de Risaralda los más emocionados y cordiales renglones que en obra alguna narrativa se hayan escrito sobre motivos populares: el bambuco, el tiple, la ruana, la silla de montar y el aguardiente, sentidos, cada uno en particular, con un tipismo nacional que cobra aires de epopeya.

Si el protagonista negro, o el vaquero nostálgico de llanuras ilímites, se nos presentan idealizados o irrealmente acentuados (36) ; si el tono lírico interfiere el desarrollo narrativo, con todo yeso, Risaralda tendrá un sitio de prestigio y de cuenta en la novelística nacional, gracias a su hondura humana, a su coraje selvático, a su nueva pesadumbre ya la misma expresividad donairosa y re cursiva del estilo.

Léanse estos pasajes de entonación diferente: líricos y exaltados los dos primeros y plásticamente trágico el otro:

En el principio era la selva. Fxa en el principio la selva inmensa, silenciosa, poblada de misterio y osadíao Los siglos rodaban sobre el lomo del río al vaivén de las aguas, y los robustos árboles tutelares, coronados de orquídeas, como dioses, presenciaban taciturnos e1 desfile infinito de las centurias (pág. 19).

El sol no bajá nunca hasta las raíces milenarias, y toda la montaña era silenciosa al alba, por las tardes poblada de rumores trágicos, y por la noche, de supersticiones y de rugidos salvajes. Bajo la cúpula de los árboles, en las horas de mayor mutismo, se escuchaban los latidos incesantes de una naturaleza en gestación y el hervir de las vidas vegetales en perpetua lucha (pág. 119).

y diciendo esto, asestole un machetazo perfecto, matemático, preciso, sobre el pescuezo del adversario. Le rebaná la cabezota con la sabiduría de una guillotina. La tomó de las greñas, alzola hasta la altura de sus ojos, la mirá chorrear con desprecio, y arrojándola nuevamente al suelo, dijo. jQué lástima! Después de todo, mi compadre ni an era mala persona (pág. 30) (37) .

Una figura de juventud brava e inquieta, la de Honorio Ruiz , camarada de los elementos de la naturaleza, fue aprovechada por Jesús Botero Restrepo en Andágueda (1947), para ponemos en contacto con un paisaje selvático, y adquirido por el protagonista « al sudor de centenares de horas de marcha»: noches voraces, serpientes anémicas y grillos agudos, detrás de los tambos indios, más la impaciencia insurgente de las almas a orillas del Andágueda.

En las páginas de la novela, amenamente desarrollada, se enciende el verde «intacto» de las cabeceras fluviales y de los montes del Chocó, cuando, parejamente, la vegetación quiere estirarse «como un opaco grito de muchedumbres».

Más regional, quizás por ser antioqueña, es La tierra éramos nosotros (1945), de Manuel Mejía Vallejo (38) .

La mejor y más cumplida novela naturalista de Colombia, tarito en la ejecución como en la impasibilidad cruda del estilo y en la preferencia por explotar el elemento sórdido, roñoso y cruel de la existencia humana, es la de Amoldo Palacios , Las estrellas son negras (1949), con una fuerza sorprendente y con una angustia vital y plásticamente expuesta.

Es de reconocer en esta obra el graficismo escueto, descarnado, y aun repugnante, de los episodios, junto a la exactitud fotográfica del habla regional chocoana, en justo encuadre con el desgreño estilístico. Como pocos de nuestros novelistas, tiene Palacios el don de los diálogos, que, si bien raspan los oídos y hieren el gusto, en su espontánea fluidez disimulan el mal sabor de la composición. Hambre de pan y de un mundo de justicia, reclamos del sexo insatisfecho o dolorosamente asqueado, olores malos y vocablos gruesos y vulgares, sirven de condensado en una trama de ambiciones, de anhelos de « ser alguien », de desazones, de náuseas, de mugre, de acritud y de ruindad. Pero Yrra, el protagonista, no ha nacido malo; sus miserias son sólo urgencias primarias, casi instintivas, y por eso hondamente vitales; pero ellas se presentan en circunstancias moralmente sórdidas, aunque menos limitadas por las condiciones inherentes a todo ser humano que por la desatención y el egoísmo de una sociedad amarga y despiadada. En el fondo hay también su poco de ingenuidad: «Sabroso -pensaba el protagonista- debía se; bañarse así [utilizando unas lanchas], y que cuando disminuyera la velocidad uno se lanzara a nadar y que luego volvieran a recogerlo a uno. Eran las lanchas del gobierno y se las prestaban a los blancos » (pág. 15). En otras partes ya no es la sola vivencia material 10 que pone al héroe en situaciones agónicas y desesperadas: es el hecho de buscar a la vida su razón de ser, su sentido indescifrable: «¿Po; qué, Dios mío, le suceden a uno estas cosas? [...] Ya no es el hambre lo que me atormenta; no es el hambre lo que me impulsa a arrebatar un pedazo de pan, o a matar... iBórrame esta conciencia, eh, Dios! ... No sé nada... No entiendo mi propia vida...». «Cada palabra de Nive, cada suspiro suyo, lo hacían sentirse más miserable. El era un perro chandoso. Una criatura maldita, revolcándose en un gargajo del demonio... ¿Cómo había él hecho eso? » {págs. 144-145) (39) .

Habrá que relacionar con esta novela la de Manuel Baena , Cómo se hace ingeniero un negro en Colombia ( 1932), de crudeza episódica y con la presentación del triunfo como cumplimiento de una vida de sufrimientos, de miseria y aun de vicios, merced a los esfuerzos de una voluntad denodada.

Barrancabermeja (novela de proxenetas, rufianes, obreros y petroleros), publicada en 1934, por Rafael Jaramillo Arango, se empeña en sumergirnos, al vivo, en una atmósfera calcinante y malsana para el espíritu y la carne. Exhalaciones de petróleo, de horno, de taberna, de burdeles y de trópico; vahos untuosos y densamente negros en mixtura con las canciones plañideras de los gramófonos, pringosas y enloquecedoras de «Ios sufridos buscadores» del oro negro, «que se pasan la semana al sol de la canícula, chupándole a la tierra su fabulosa riqueza», mientras los gringos juegan «como niños en vacaciones». La vida de Campitossucumbre (moral y materialmente también, la solución es el suicidio) en ese puerto fluvial, escogido por Jaramillo Arango para brindarnos una tesis 'anti-yanqui', más violenta y explícita que la de Mancha de aceite, y expuesta sin la jocosidad cordial de El rey de los cangrejos (1945), de Eduardo Londoño Villegas. El diálogo burdo y soez, así como el movimiento crudo del estilo, se adaptan con justeza al tema, aunque la composición novelística se interrumpa más de lo deseable, un tanto preocupada de su 'mensaje social' y de su aesteticismo voluntario. La acción está resumida así por el autor: «una niña entregada al tráfico de la carne, frágil y capaz de amar con un grande amor, y un muchacho de imaginación visionaria, soñador, ambicioso y bueno, caídos en todas las humillaciones, fueron víctimas de una tierra que lleva en su seno la maldición de Dios» (pág. 84) (40) .

Un relato escueto de la vida de los mineros del Chocó, de sus costumbres al desgaire y de la deplorable miseria a que se les somete es Oro y miseria (1942), de Antonio Arango, que ya recuerda a Túnel, de Iván Cocherín (seudónimo de Jesús González), ya El hombre bajo la tierra, de José Antonio Osorio Lizarazo (41) . Ocupada en teorías sociológicas y apologías de la región, había aparecido Quibdó (1927), de Pedro Sonderéguer, que en su tiempo abría campo a «ilusiones muy gratas» con referencia a la novela colombiana (42). Sobre el tema petrolero debe además citarse Orú, aceite de piedra (1949), de Gonzalo Canal Ramírez.

Tras esta última forma de novela saturada de embriagueces, de naturaleza aberrante, de aire viciado, y cruzada por los rayos de todas las concupiscencias, sienta como un descanso la vuelta a los motivos cotidianos y sencillos de la novela costumbrista de tipo regional que en Colombia, y especialmente en Antioquia, se seguía cultivando a orillas de los caminos abiertos por Tomás Carrasquilla. Sucedíale, cierto es, a este tipo de novelas, lo que a esos cuadros de la pintura minuciosa en donde el cuidado por el detalle de las hojas impide la visión misma del paisaje.

En la imposibilidad de estudiarlas todas, mencionamos La hija de la montaña ( 1911 ), de Ernesto Gómez V., con una figura de campesino estilizado y dos almas femeninas, contrastadas; Minas, mulas y mujeres (1943), de Bernardo Toro (43) , con la misma confrontación de la mujer casquivana y la mujer dechado; Montañas de oro ( 1939), de Hernando de la Luz, familiar, pueblerina y rayada de tragedia; Lejos del nido ( 1924, de Juan José Botero, poseedora de buena y dinámica ejecución; Una mujer de cuatro en conducta (1948), de Jaime Sanín Echeverri, que aboga por la libertad lexicográfica de América, por el antioqueñismo y por un orden social cristiano (44) .

Escenificadas en el ambiente rural boyacense, e igualmente desplegadas con técnica realista, están Estampa rústica de la tierra (1939), de Carlos Nossa Monroy, acabada en rosa; Ana Josefa (1935), de Saúl Rincón Rozas, romántico-sentimental como Jenny (1932), de Luís Alberto Castellanos, aunque bien intencionada en favor del campesino pobre; y Canción olvidada (1941), de Juan C. Hernández, con episodios desconectados unos de otros, como en procedimiento de novelas cortas.

Más honda y humanamente que en ninguna obra narrativa colombiana se refleja en Tipacoque (1942), de Eduardo Caballero Calderón, el amor poético a la tierra y al labriego, sentidos, una y otro, con un brío emocional amargo y denso que recuerda la pasión intelectual de Unamuno por el hombre de labranza y el terruño. De hecho, el libro constituía un aporte novedoso al dibujo del mapa literario nacional.

Esfumáronse aquí en un todo los vahos ensoñadores utilizados por el costumbrismo romántico así como los devaneos de literatura pura al uso de los modernistas (45), para ceder espacio a la demostración creativa de un paisaje con espíritu, con virtudes y flaquezas, y de un campesino idealmente «colonial» , tosco o ingrato a la vista, « como los cardos y los espinos que logran enredar las raíces en la roca, al borde de los desfiladeros » (pág. 62), pero entrañablemente humano en su dura cerrilidad y en el noble afincamiento a sus pegujales: « Tenía [uno de los tantos protagonistas de estos cuadros tomados al natural] un llorar sin lágrimas que me impresionaba mucho»; o, «ella va sosteniendo en voz alta, como San Francisco de Asís, un eterno diálogo con todas las cosas y con todos los seres» (pág. 54 ); y en otra parte: «Jesusito no hizo otra cosa en este mundo que torcer cabuya [...] Hasta que un día se le acabó la pita y se dejó morir, cansado de una vida que sin María Cepeda, sin arepa y sin buena changua para templar el estómago en ayunas, ya no tenía sentido» (Diario de Tipacoque ). En este citado Diario, con intereses transcriptivos iguales a los del libro anterior, no logró el autor superar la calidad artística de Tipacoque, y tomó en cambio ocasionalmente un tono polémico de matiz político-personal que desmejoró grandemente la dignificación estética. Con todo yeso, cuando la intención se limpia de apremios semejantes, aparecen anotaciones de rotundo acierto como la Nota sobre los ritmos naturales, que es uno de los párrafos mejores de nuestra prosa y sentido modernos sobre el paisaje colombiano.

La unidad novelesca de Tipacoque, desasistida de una trama en solución, se cifra en la similitud de un escenario natural trágico-glorioso y conjuntamente en el sostenimiento y lucidez de la visión subjetiva. Comparecen allí el páramo y los valles hondos, «extensiones desoladas donde sólo crece el frailejón» , o «aldeas que se acostaron a dormir en mitad de valles azules, bañados por quebradas silenciosas, donde el aire es sutil y vivo, y el tiempo parece aposentarse y quedarse dando vueltas sobre sí mismo como un remanso» (pág. 82). También el recuerdo y la vivencia personales que engarzan los episodios: «el río en cuyo nombre se enreda toda mi infancia» (pág. 15); « soñaba con aquella estampa infantil y elemental del pesebre del Niño Dios, que debió oler a eso: a boñiga que se desbarata en la tierra, a lomo de animales que tienen la piel mojada, a vaho de mula y de buey » (pág. 21 ).

El trapiche, dormido o en labor; el rancho que « parece brotado de la tierra igual que un árbol o una roca»; las lomas « bravas y estériles sembradas de cactos y de recuerdos» ; el cementerio «sembrado de cruces y de maíz»; los caminos en zigzag que «no conducen sino al cansancio»; las trochas « apenas trazadas como rasguños de la piel ruda de los Andes» , y los animales domésticos de la región de Tipacoque, con un nombre «espeso, lento y extraño» o «dorado como una hoja de tabaco que se seca en un tumbo », encuentran en Caballero Calderón un estilizador de autenticidad, con la buena gracia de la poesía, más que con la menos digna de la mera literatura.

Resalta, por otra parte, en uno y otro libro, una voluntad mala y enconada contra los curas de aldea, que siempre salen al encuentro «en facha de bandoleros», o que el lector encuentra «tirados a la bartola» (pág. 63) en espera de los « atados de chicotes » y de las « botellas de aguardiente» enviadas por sus compañeros de misión. Intencionalmente embrutecidos por el autor, estos pobres pastores apenas se despabilan para decidir en la madrugada del día de elecciones, y con « la sotana arremangada y la pistola al cinto», el éxito de una facción. En fin, que no parecen y son sino «arrancados con mula, alforjas y misal de la España carlista» de Pérez Galdós (pág. 92) (46) .

La asidua preocupación de la novela contemporánea por ahondar la vida y los problemas del sacerdote católico (47) se manifestó también últimamente en Colombia al aparecer la obra de Caballero Calderón, El Cristo de espaldas (1952), con el esbozo de un cura rural enfrentado agónicamente a la violencia política. Sin embargo, la obra de Caballero Calderón, más que a ese tipo de novela a lo Bernanos, Carlo Coccioli o Graham Green, novela sutil, buceadora diligente en los repliegues de la conciencia y afanosa por presentar el problema cotidiano del individuo que ha escogido lo absoluto como función vital, se remite a la novela de hechos exteriores, usual en las letras hispánicas, en donde acaso sea una excepción la paradójica complejidad del San Manuel Bueno unamunesco.

y menos lejanamente que en las letras españolas encuentra El Cristo de espaldas su antecesor en El Padre Casafús, del Maestro Carrasquilla (48). Sino que Caballero Calderón recargó los colores e hizo a su santo-humano más santo y más humano, ya sus malos más tremebundos y caricaturescos. Impónese asimismo la diferencia estilística, pues, si bien una y otra obras pertenecen al realismo hispánico, la prosa de El cristo de espaldas, mucho menos donairosa, cuenta con arbitrios más nuevos y valiosos, en lo que a imagine ría expresiva se refiere.

Valga decir que es sin duda Caballero Calderón el novelista vivo de Colombia mejor conocedor de su lengua, de la cual dispone en forma tan directa, denodada y garbosa, y en tan justo encuadre con su intención de afectividad y pensamiento, que su lectura soporta el estudio atento y brinda parejamente provecho y recreo (49).

Técnicamente la novela de Caballero, pese a su tanto aspaventoso de lobreguez y truculencia, tiene mejor acabamiento que la del maestro antioqueño, quien no supo qué hacer con su protagonista, y terminó por quitarle la vida, así, sin dramatismo, indigestándolo bufamente.

El episodio policíaco de El Cristo de espaldas se justifica en cuanto forma la clave de la novela, pues que el muerto, gamonal de un pueblo infernal, sumido entre las nieblas cerradas de la cordillera y rodeado de «páramo, precipicios y calveros», comenzó a « vivir extrañamente convertido en una obsesión de venganza, un pensamiento de odio en la memoria de todos los vecinos » (pág. 107), que ahora son conservadores cuando podían ser liberales como de hecho «lo habían sido pocos años atrás»(pág.47).

Insistiose, al aparecer el libro, en el apasionamiento banderizo del autor. De hecho tal pasión es sólo exterior, y con justicia apenas podría hablarse de un determinado criterio. Tan macabros salen todos estos personajes, conservadores y liberales, de las manos del narrador, que él mismo los odia inmisericordemente y por igual con toda la fuerza de su fantasía novelesca. La tesis implícita de la impotencia del catolicismo ante la violencia política quedó disuelta con el triunfo postrero del cura (así se quemaran sus propios sueños y el Cristo se le volviera de espaldas). Ni es de olvidar que si acertó el autor en la pintura del cura joven, ilusionado y noblemente compasivo de sus fieles enceguecidos por el odio, también logró sintetizar en la estampa del párroco viejo y en la del obispo ladino a todos los curas antipáticos descritos a punzadas en Tipacoque,

De entre la galería novelesca de los curas en Colombia, desde los minúsculos y comineros de Viene por mí y carga con usted ( 1858), de Raimundo Bernal Orjuela, los sórdidos de Felipe Pérez, y recordando los espasmódicos de Vargas Vila, yesos otros torvos y de mal vivir de En la parroquia (1911), de Guillermo Forero Franco, es éste de El Cristo de espaldas la figura más noble y más humana.

Un ejemplo de dinamismo y de estilo brioso es el pasaje siguiente:

Reculó hasta la pared para sostenerse mejor. Luego levantó el revólver en dirección a Anacleto, que abría y cerraba la boca en un espasmo nervioso, como si quisiera vomitar o decir algo, pero no decía nada. Retumbó un disparo, como un latigazo, y una saliva amarga llenó la boca del cura. Una astilla de la parte alta del botalón saltó en el aire, revoloteando como una mariposa iluminada por el sol. Anacleto lanzó un alarido de espanto, porque la bala había golpeado a dos dedos escasos de su cabeza, Entonces el cura de un brinco fue a colocarse frente al Anacleto, cubriéndolo con su cuerpo, y abrió los brazos en cruz. Se sentía tan lúcido, tan tranquilo, tan ausente del pensamiento de la muerte, que con una infantil curiosidad observó que el cañón del revólver despedía un hilito de humo azul. sus ojos, muy brillantes, no podían apartarse del huequecillo negro, que lo atraía y 10 fascinaba como si fuera un juguete. El revólver se irguió lentamente hasta la altura de sus ojos y luego se aquietó un segundo; después ascendió una pulgada más arriba, para bajar con mucha suavidad y detenerse otra vez ,.. (50).

Procuraron exponer los horrores de la guerra civil ( especialmente la de 1900): el magdalenense Aquileo Lanao Loaiza en Leo Agil (1934) (51) , utilizando una figura moceril y picaresca; Wenceslao Montoya en La fiera ( 1927), donde se pintan las «aberraciones políticas » y la vida parroquial, como en Orgullo y amor, del mismo autor; Gabriel Pacheco en Maldita sea la guerra (1942), y Ramón Manrique en La venturosa (1947), apocalíptica «gesta de guerrilleros y bravoneles, relato de íncubos y súcubos, amores, trasgos y vestigios » (51) .

Algún parecido guarda con las guerras carlistas la descrita por Jaime Ibáñez en Donde moran lo.'i sueños, con la figura de un músico y con un pueblo modernista y algunos descendientes de reyes indios, idealizados.

Nada, dice el narrador, pudo contener a los miles de muchachos que, como Neira, abandonaron los libros de filosofía, los cuadernos de poemas románticos y los pupitres de los colegios, y en cambio velaron, las tres noches de ritual, el fusil o el machete (...1. Por los anchos caminos de la patria cabalgaron los rutilantes jóvenes, héroes sin destino, caballeros extraviados en los siglos (2a. ed., pág. 110) (52) .

De estilo más lírico es Cada voz lleva su angustia, otra novela de Ibáñez. Preséntase en ella la tragedia de las tierras perdidas a causa de las fuerzas naturales (53) .

Los estragos de la politiquería en el progreso nacional y en la dignidad de la persona humana venían siendo presentados desde el costumbrismo del siglo pasado y tuvieron en Pax (1907) excelente estilización. En la novela de nuestros días el tema ha sido explotado con buena suerte por Ramón María Bautista en Rojo y azul (1936), y de modo especial por Luís Tablanca (seudónimo de Enrique Pardo Farelo) en Una derrota sin batalla (1935), novela muy inteligentemente ideada y compuesta, desarrollada en Rivadeltejo (¿Ocaña?) y ciudades aledañas. Aunque iluso, el protagonista, secretario de gobierno de Guasimia (¿Cúcuta?), nos presenta, haciéndolas execrables, las trapacerías y socaliñas de los políticos, en una trama estructurada con acierto (54) y movida de donaire que ocasionalmente raya en el sarcasmo.

 

1 (Yo, francamente, dice Jaime Tello (en la revista Bolívar , núm. 2. agosto de 1951. pág. 345). esperaba algo de mayor trascendencia. de mayor grandeza, sobre todo teniendo en cuenta las ideas políticas del autor». Una justa reseña es la de J. S. Bushwood, en Books Abroad, Winter, 1952, pág. 67.

2 «¿La selva? ... La selva no era nada. La catástrofe no se debía a la naturaleza. Se debía a los hombres que importaron las enfermedades y trajeron el suplicio y la muerte a los habitantes de los bosques húmedos donde crecía la siringa» (pág. 79). Y en otra parte: « Presentía vagamente que la tremenda lucha que se libraba allí cerca no era sólo la lucha biológica. Había algo más terrible: el hombre blanco, lascivo y codicioso, violaba bestialmente la naturaleza... »(pág. 32).

3 «¿De dónde eres, Toá? -pregúntole Antonio una mañana [...1 -Yo, señor [ ... ] Yo soy del río. sí, era hija del agua, había nacido de la cópula del río con la selva»(pág.105).

4 Juicios bastante favorables a Toá pueden leerse en R. Latcham, op. cit., págs. 204-206, en el Prólogo a la novela, de Antonio (García. y en M. A. Valle, en Revista de las Indias. diciembre de 1938, fuera de texto.

5 El tema de la Guajira había sido llevado a la novela por Priscila Herrera de Núñez, en Un asilo en la Guaiira (1879). publicada en la Selección Samper Ortega. vol. 11. págs. 109-150. y por José Ramón Lanao Loaiza, en Las pampas escandalosas (1936). con descripciones costumbristas de las tribus indígenas y la intervención de las autoridades civiles en las disensiones de aquellas. En estimable estilo se idealiza y exalta al indio y se traen a cuento valiosos recuerdos históricos.

6 «A mí me gusta -dice el protagonista- mirar lentamente las cosas, poco a poco. como saboreando ruidos. colores y perfumes. con toda la profundidad de los sentidos» (pág- 94). Utilizo para las citas la edición de 1934.

7 La trivialidad pormenorizada. pero agónica en su misma intrascendencia. de la vida, está expuesta así: «En mi vida han pasado 9.766.560 minutos [.i No ha hecho nada. me he pasado la vida fumando y quemando recuerdos f..]; pero. ¡habra algo más importante por hacer en la vida'? » (pág. 361).

8 Pueden verse algunos juicios encomiosos de la novela de Zalamea en J . Roldán-Castello, Al margen de « Cuatro años a bordo de mi mismo » en Senderos (Bogotá), 11, núms. 7 y 8 (septiembre de 1934), 92-93.

9 véanse, por ejemplo, de Arias Trujillo, Muchacha sentimental y Cuando cantan los cisnes (La novela semanal, Bogotá, núm. 68. mayo 15 de 1924, 239-251, y núm. 75, junio 27 de 1924), así como Aves enfermas, de Buitrago (ibid., núm. 69, mayo 22 de 1924), relatos animados de 'manos abaciales', o colocados bajo la enseña de palabras de O' Annunzio, Rubén Darío y Bilac.

10 En otra parte acude la misma idea: « Aurelio miraba el río y en cualquier detalle del medio ambiente encontraba algo que le recordaba a su novia» (pág. 20). Pero, antes: «No pensés ahora en mujeres, mijo... Queré tu río que fue el que te crió y nos ha dao a todos de comer y de beber».

11 Pág. 124. Sobre la primera novela consúltense R. Latcham, loc. cit., págs. 217-221, y Englekirk-Wade, op. cit., pág. 52; estos últimos afirman de ella: «Una enciclopedia más bien que una novela». véase asimismo Luís Eduardo Nieto Caballero, Pescadores del Magdalena, en El Tiempo, Suplemento Literario, Bogotá, enero 23 de 1938. Últimamente Buitrago dio a la publicidad su obra La tierra es del indio. Novela indigenista. Escenario: la selva y los resguardos indígenas. Personajes: los propios indios de las parcialidades de Colombia. Bogotá, Edit. Minerva, 1955. Prólogo de Félix Restrepo S. 1. Según el prologuista, la obra estaba escrita desde años antes y había ganado en 1950 un premio de la Caja Colombiana de Ahorros]. N. del E.

12 Un concepto elogiosísimo sobre Chambú es el de José A. Núñez Segura S. I., Literatura colombiana, Medellín, 1942, pág. 394; sobre su utilidad lingüística, véase E. A. V. en Boletín del Instituto Caro y Cuervo, II (1946), 559.

13 Sin embargo, la ternura anda siempre recatada bajo un másculo pudor, o ausente por lo menos en su exteriorización. Ante el despertar del recuerdo entristecedor hablan así dos negros: « i Ay, compadre Salvadó! jQué vaina sé uno tan macho! ... -¿Po qué, compadre'? - Porque yo si no juera tan macho. me emperraría a Ilorá como una hembra...- jEh, compa! Lo mejó será que cambiemo la conversa porque esto se ta poniendo como medio maluco. A tiempo viejo echále tierra » (pág. 88).

14 Trozos hay tan inverosímiles y endurecidos como aquel en que un padre, porque su hiiita se empeñaba en acompañarlo a la pesca, la hizo « tajaditas tan delgadas como hostias y las iba tirando una por una a los pescados » (pág. 56).

15 Para juicios sobre esta novela pueden verse, a más de Wade (Hispania, XXX, núm. 4, noviembre de 1947, 480-481: «The story is in the contemporary mood of realism which at times approaches poroography, but modero taste will not be offended [.,. ] The result is a near high in colombian fiction and indeed in all Spanish american literatqre» ). Otto Morales Benítez . Estudios críticos, Bogotá. Ed. Espiral Colombia, 1948, págs. 71-80, y Jesús Estrada Monsalve , Risaralda, transcrito en Benildo Matías , EI castellano literario, Bogotá, 1941, núms. 709-712.

16 Puede leerse un elogio de esta novela en Carlos Castro Saavedra, La tierra éramoa nosotroa, en Universidad de Antioquia, Medellín, XIX, núms. 75-76 (enero-marzo de 1946),497-499.

17 Una reseña acertada 4e esta novela es la de José María Restrepo Millán, en El Tiempo, Suplemento Literario, mayo 22 de 1949.

18 Obsérvese una psicología compleja en este pasaje: En medio de una tempestad un borracho medio despabilado por un rayo ha ido a meterse a una cantina; «a pocos momentos, reanimado por un trago de aguardiente, asomó la cabeza, apenas. y volvió a gritar: Tres tiros a mi Uios pa que me meta un rayo pu aquí. Ahora fue un compañero quien de un violento empellón lo lanzó por el suelo de la taberna: Cállate, pendejo, que con estas vainas no se juega. Y el negro, humillado, con una risa blanca: Qué carajo, si mi dios no le hace caso a los negros » (pág. 48).

19 Sobre Túnel, véase Luis Eduardo Nieto Caballero, El Tiempo, Suplemento Literario, diciembre 30 de 1945. Iván Cocherín es también autor de Esclavos de la tierra (1945), dedicada a la clase campesina, «carne de cuartel, de hospital y de urna».

20 Así Laureano Gómez, El último libro de Pedro Sonderéguer,en El Espectador, Suplemento Literario Ilustrado, marzo 4 de 1928. Añadía el reseñador que la circulación de alguna de las novelas de Sonderéguer fue prohibida por las autoridades civiles de la Argentina. Sobre la misma novela hay en El Espectador de esa fecha una carta de Carlos E. Restrepo. Véase, además, César Carrizo, En torno a Quibdó, en Lecturas Dominicales. 2a. serie, núm. 415 (octubre 25 de 1931 ).

21 La segunda edición (1943) de esta obra lleva un prólogo de Manuel Mosquera Garcés. Toro es autor también de Juancho, novela antioqueña (1946).

22 véanse especialmente págs. 22-24. Consideraciones hay tan curiosas como aquella de que el borrachero era apto para figurar entre las Flores del mal, de Baudelaire. «Me desconsolaba pensando que para la culta Europa un pájaro se llama ruiseñor. y aquí lo llamamos cucarachero » (pág. 23). Véase una reseña de esta novela, por Roberto Herrera Soto, en Revista de las Indias (Bogotá), XXXV, núm. III (octubre-diciembre de 1949), 462-463. « Excelente novela, donde se ven hipertrofiadas algunas sombras morales y psicológicas del organismo antioqueño», dice Javier Arango Ferrer, en El Tiempo, Suplemento Literario, febrero 20 de 1949.

23 Estos intereses últimos, sin embargo, se palpan en otra obra novelesca de Caball.ero: El arte de vivir sin soñar (1943). Sobre él puede verse J [osé] A [ntonio ] O [Sorio] L [Lizarazo] , El arte de vivir sin soñar, en Revista de las Indias (Bogotá), época 2a., núm. 53 (mayo de 1943), 318- 320. A Caballero Calderón se le quiso sin mucha justificación reprochar la inspiración de su otro libro Caminos subterráneos en la obra de Proust. Puede verse E [duardo ] C [arranza] , Tipacoque, en Revista de las Indias, época 2a., núm. 25 (enero de 1941),334-335.

24 La excepción son los religiosos can del arios. Sobre Tipacoque, léase Luis Durand, en Atenea (Chile), LXX, núm. 208 (octubre de 1942), 143-145; Latcham, Loc. cit., 224-228: «(Mi comadre Santos es quizás la más perfilada estampa de este libro excelente por su nativismo estilizado [... J En pocas novelas se halla un regionalismo más sabroso y medular que, a traves de sus creaciones locales, tiene mucho del fondo melancólico del indio nativo, de la complicada psicología del mestizo, taimado y de la originalidad española de los hidalgos, viejas y clérigos que pululan por estas escenas»; asimismo Arango Ferrer, op. cit., págs. 80-90.

25 Sobre el tema del sacerdote en la novelística europea actual léase el interesante estudio de Ángel Valtierra S. I., Literatura vitalicia: la novela contemporánea y el sacerdote, en Revista Javeriana (Bogotá), XXXVII, núm. 184 (mayo de 1952), 213-222. Roza también el P. Valtierra el interés despertado en el cinematógrafo por el mismo tema.

26 Véanse págs. 163-164 del presente libro.

27 Con todo, en el último libro no ha logrado superar el estilo de su obra anterior. Frases un sí es no es depauperadas y ensombrecidas como las siguientes, no se hallan en la prosa translúcida de Tipacoque: «Se santiguó y se fue, sin mirar al muerto, a quien el juez ordenó que subieran al lecho para amortajarlo » (pág. 69). «Cuando ella salió, levantando los hombros en una actitud de resignación e indiferencia, sentimientos distintos cuya manera de expresión es desgraciadamente una misma, el Anacars1s se acercó al notario})(pág. 70).

28 A continuación una bibliografía sobre El Cristo de espaldas' Hernando Téllez, El libro de Caballero Calderón, en El Tiempo, Suplemento Literario, mayo II de 1952: «La mejor de todas las novelas colombianas que he leído hasta ahora»; y Los puntos sobre las íes, ibid" julio 20 de 1952; Jorge Zalamea, La novela de Caballero Calderón; el retablo sin nombre, ibid., febrero 3; Próspero Morales Pradilla, .El Cristo' de C. C., ibid., mayo 25; Antonio Panesso Robledo, Zoilos y críticos, ibid" julio 20; José Raimundo Sojo, Novela y documento, ibid., mayo 31; R [afael G [utiérrez] G [trardot] , Dos temas en la literatura hispanoamericana, en Cuadernos hispanoamericanos, Madrid, XI, núm. 32 (agosto de 1952),264-265; y Josefma B, de Frondizi,. en Aso mante, San Juan de Puerto Rico, enero-marzo de 1953, págs.. 87-88. Menos favorables en la apreciación son Eduardo Mendoza Varela, Vicios y virtudes de una novela, en El Espectador, mayo 21; Hernán Vergara, ¿ Una novela cristiana? . en El Tiempo, Suplemento Literario, agosto 3, y Roberto Herrera Soto, Consideracione. sobre 'El Cristo de espaldas', en El Siglo, páginas Literarias, junio 10. de 1952.

29 Citado en Le rouge et le noir, chap. XIII.

30 Con todo, la exclusión, como adelante se verá, no es tan absoluta .

31 Luis E. López de Mesa, De cómo se ha formado la nación colombiana. Bogotá. Librería Colombiana. 1934, pág. 202. Pueden verse sus conceptos sobre la Orie11t", ;ón « feísta, monótona y amarga }} de la novela actual en Perspectivas culturales. Revista de América. XIII. núm. 39 (marzo de 1948), 300-301.

32 De cómo se ha formado la nacionalidad colombiana. ed. cit., pág. 23.

33 Así Armando Solano, en El Espectador. Suplemento Literario Ilustrado, marzo 18 de 1928. Juzgó aIlí mismo esta novela Luis Eduardo Nieto Caballero, quien advierte la sencillez de la frase y la claridad con que están presentados los personajes cual si tuvieran «paredes de cristal en el cráneo}}. Muy adverso a la capacidad de López de Mesa como novelista mostrose Jorge Zalamea Borda (Tomás Carrasquilla y la literatura colombiana, en Revista Hispánica Moderna. XIV, núms. 3 y 4. julio y octubre de 1948, 361 ), al afirmar que « sobre un paisaje mixtificado por el esteticismo, sus personajes [... ] son muñecos aforrados de una piel mortecina, con el vientre, el pecho y el cráneo rehenchidos de papelote, circulándoles por las venas de paja el aguachirle de la peor literatura ». El que más inteligentemente ha analizado y situado la labor literaria de López de Mesa ha sido Rafael Maya, en su libro Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana, Bogotá, Edit. Voluntad, 1944, págs. 99-105. Para Maya más que novelas, son estas obras de carácter inclasificable, «confesiones de un sabio que, por pudor profesional, acaso, racionaliza la pasión amorosa y edifica sistemas estéticos y filosóficos sobre el balbuceo de una platónica sensualidad». En la calidad psicológica de los personajes insistió también Baldomero Sanín Cano, en El Espectador, Suplemento Literario Ilustrado, marzo 11 de 1928.

34 De la cual novela dice Eduardo Castillo (en Lecturas Dominicales, serie 2a., núm. 328, enero 12 de 1930). «Una de las novelas más audaces y penetrantes que haya producido un discípulo de Stendhal en Nuestra América hispanoparlante» .

35 Puede verse un elogio a estos Apólogos en Alberto Sánchez, Sobre una amable lectura, en Cultura (Bogotá), VI, núm. 31 (octubre de 1918), 36-46.

36 Históricamente equivalía a una novedad una frase como ésta en la novela colombiana de entonces: « Bajo las corroscas [ de las mujeres entre los trigales] el sol partía en dos mitades, luz y sombra. las caras sudorosas»(pág. 376); aunque no faltan empobrecimientos tan destemplados como éste: « Quién fuera un gran poeta para describir una noche así! ... Pero jay! , Dios mío, no somos poetas, somos escritores», etc. (pág. 92).

37 pág. 346. Pueden verse en la pág. 297 algunas impresiones sobre freudismo y romanticismo.

38 «Es uno de los raros casos en que un novelista colombiano intente un estudio psicológico » dicen John E. Englekirk y Gerald. E. Wade (Bibliografía de 10 novela colombiana, México, 1950, Introducción, pág. 16), quienes vieron, por otra parte (pág. 27), que Ayer, nada má. parece inspirada en el mismo problema de Como lo. muerto., obra dramática del propio Alvarez Lleras. y Ortega Torres, op. cit., pág. 640: « Es una obra tan bien concebida como bien trabajada, de caracteres muy definidos y sostenidos ». Otros juicios se hallan en Luís Eduardo Nieto Caballero, Ayer, nada más, en Lecturas Dominicales, serie 2a., núm. 423 (diciembre 20 de 1931); Adolfo Jofre, Un libro de Antonio Alvarez Lleras, ibid., núm. 358(agosto 24 de 1930), y Max Grillo, ibid. (septiembre 28 de 1930).

39 «La novela de usted, decía Luís María Mora, marca un paso muy avanzado en la novela moderna» (en Lecturas Dominicales, agosto 24 de 1930).

40 véase un ejemplo: « La carretera, blanca entre los huertos verdes de los lados, caminaba en bellas curvas sobre los ríos. Entre la carretera iba el automóvil que conducía a Jorge [ ]. La carretera sigue corriendo bella y curvada sobre las colinas, sobre los ríos, dentro de la noche»(págs. 7-8).

41 El tono de las descripciones tiene una matización de originalidad y de frescura que nada tiene que hacer con el prosaísmo realista. véase este ejemplo de David, hüo de Pale.tina: «Al llegar el mes de febrero, David, Lázaro y Lía se metieron en una mañana fresca de cristal cóncavo y lavado, que acababa de bajar de la cordillera andina y cuyos bordes todavía estaban pegados al cielo...» (pág. 182).

42 Muchedumbre (1944). de Roberto Pineda Castillo, es otra novela en busca de protagonista.

43 El repudio del elemento lógico es perentorio también en esta novela: « Los locos mienten en lo que se refiere a sus manías. su locura, pero en lo demás son completamente verídicos. ¡Claro! Si han perdido la facultad que entre los cuerdos se encarga de enredarlo y comlicarlo tod » (pág. 82). Puede verse conjuntamente el disparatado e Interesante onirismo de las Págs. 31-32.

44 Así todo el capítulo 27.

45 Un justo y elogioso análisis de la obra de Restrepo puede leerse en Javier Arango Ferrer, op. cit., págs. 88-89. Asimismo Ricardo A. Latcham, Perspectivas de la novela colombiana actual, en Atenea, XXIII, núm. 248 (febrero de 1946), 221-222. Una crítica sobre La novela de los tres se encuentra en Darío Pérez, Glosarios importunos, en Lecturas Dominicales, VII, núm. 165 (septiembre S de 1926), 237; del mismo léase Una hora con José Restrepo Jarami/lo, ibid.. núm. 172 (octubre 24 de 1926), 237-239.

46 véase este ejemplo de cierto estilo modernista, en su otra novela, El burgo de don Sebastián (pág. 14): « Julia movió en el aire los brazos magníficos, serpientes de carne y nácar a cuyos extremos se agitaban como crótalos las áureas pulseras y fulgían las piedras de las sortijas». Sobre tal novela, puede leerse Luis Eduardo Nieto Caballero, El alma de los libros, en El Tiempo, Bogotá, Suplemento Literario, octubre 9 de 1938,

47 «No hubieran escrito Baudelaire y Thomas de Quincey los efectos deliciosos y terribles del haschich y del opio, diríamos que la pintura que hace Briceño de las alucinaciones es sencillamente sorprendente » (Luis Eduardo Nieto Caballero, La nube errante, en Lecturas Dominicales, Suplemento Semanal de El Tiempo, Bogotá, IV, num. 96, marzo 15 de 1925, págs. 348-349). Un buen juicio crítico es el de Luis Tablanca, ibid., III, núm. 65 (agosto de 1924), 234.

48 Dorian Gray, novela que tuvo en mi adolescencia un influjo literario que me determinó luego a escribir » (pág. 58). « Entonces leí a Nietzsche y pude entenderlo, porque había hecho la experiencia de las siete soledades, y yo estaba conmigo, solo » (pág. 184).

49 Parece ser que los primeros que en Colombia se interesaron por Proust y lo hicieron conocer fueron los contertulios de la Gruta de Zaratustra, y entre ellos especialmente Hernando Santos. Sobre las aficiones literarias y artísticas de este cenáculo, olvidado en las historias de nuestras letras, pero laudable por su empeño de renovación, puede verse un reportaje de El Caballero Duende a Rafael Duque Uribe, en Lecturas Dominicales. Suplemento Semanal de El Tiempo, Bogotá, IX, núm. 208, julio 24 de 1927. Es de lamentar que de entre tales contertulianos no surgiera novelista alguno.

50 Hay en la novela la interpretación de un fenómeno personal mediante la exposición de los sueños del Antiguo Testamento.

51 Un buen análisis de Babel se encuentra en Aníbal Arias Phillips, La novela 'Babel', en Revista de América (Bogotá). I, núm. 2 (febrero de 1945). XX-X XIV.

52 Vale recordar entre las novelas publicadas por magdalenenses. Náufragos de la tierra (1923), de C.regorio Castañeda Aragón, de tipo sociológico; Las pampas e.candalosas (1936), de José Ramón Lanao Loaiza; Sabiduría melancólica (1928), de José Gnecco Mozo con inspiración en la técnica una munesca y en estilo musical; Veinte año. después, de Sierra (pseudónimo de Florentino Goenaga), y Un beso lo hizo todo (1923), de Francisco Gnecco Mozo.

53 El interés lingüístico de tal novela fue estudiado por Luis Flórez, en Boletín del Instituto Caro y Cuervo, III (1947), 332 -335 ; cf. además un juicio en Revista de América, Bogotá, X, núm. 30 junio de 1947), 426: « Se trata, dice el anónimo comentarista, de una versión eminentemente periodística de los días en que se planeó lo mejor de nuestra historia ».

54 Léase un comentario sin firma en Revista de América, X. núm. 30 junio de 1947), 427. «Obedece pa novela a un deseo de comprobar la efectividad de la función social de la literatura».

55 En el prólogo a No volverá la aurora, del mismo autor, dice Andrés Holguín que es tal novela una « lúcida y extraña creación », sobre la cual, por otra parte, se expresa así Alberto Cardona Jaramillo (El Siglo, agosto 19 de 1943): «La perennidad del color t.1 mitiga un poco la amargura de los personajes del libro (...1; cuando la poesía irrumpe de súbito con la iridiscencia de sus mágicos fulgores». Una reseña sucinta es la de Rafael Torres Quintero, en Revista de la India., Bogotá , XXIV, núm. 78 (junio de 1945), 474-477.

56 En el prólogo a No volverá la aurora, del mismo autor, dice Andrés Holguín que es tal novela una « lúcida y extraña creación », sobre la cual, por otra parte, se expresa así Alberto Cardona Jaramillo (El Siglo, agosto 19 de 1943): «La perennidad del color t.1 mitiga un poco la amargura de los personajes del libro (...1; cuando la poesía irrumpe de súbito con la iridiscencia de sus mágicos fulgores». Una reseña sucinta es la de Rafael Torres Quintero, en Revista de la India., Bogotá , XXIV, núm. 78 (junio de 1945), 474-477.

57 Tablanca escribió también Tierra encantada (1926), que es «en cierto modo un canto a la ciudad de Ocaña» contemplada nostálgica y evocadoramente. Sobre ella, véase Luis Eduardo Nieto Caballero, Libro. colombiano., 2a. Serie, págs. 161-162. Muro. de la ciudad (1935), de Felipe Antonio Molina, tiene el mismo escenario. Un comentario a ella puede leerse en Juventud (Ocaña), septiembre 16 de 1934. Una derrota sin batalla ha sido considerada por Gerakl E. Wade (op. cit., pág. 480) como una de las mejores novelas escritas en Colombia en los últimos años. Cf. además, Luís Eduardo Nieto Caballero, en Atenea (Chile), XXXIV, núm. 132 junio de 1936),411-414.

 


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