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Antonio Curcio Altamar
El paradigma tradicional

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Bodgan Piotrowsky
Literatura y realidad nacional

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Raymond Williams
Ideología y regiones

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad
La fábula y el desastre

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Luz Mery Giraldo
Búsqueda de un nuevo canon
Ciudades Escritas
Ellas cuentan
Cuentos de fin de siglo
Cuentos y relatos de la literatura colombiana
¿Dónde estamos? (a manera de epílogo)

 

Ricardo Burgos
Ciencia Ficción en Colombia

 

María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela Inés Robledo
Literatura y diferencia

 

Augusto Escobar Mesa
Ensayos y aproximaciones a la otra literatura colombiana

 

Juan Gustavo Cobo Borda
Silva, Arciniégas, Mutis y García Márquez

 

Henry González
La minificción en Colombia

 

Oscar Castro García
Un siglo de erotismo en el cuento colombiano

 

Johann Rodríguez-Bravo
Tendencias de la narrativa actual en Colombia

  Silvana Paternostro
Colombia's New Urban Realists

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Gina Ponce de León
Panoarama de la novela colombiana contemporánea

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Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad literaria
Narradores del XXI. Cuatro cuentistas colombianos

  María Helena Rueda
La violencia desde la palabra
  María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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La novela policiaca en Colombia
Hubert Poppel


Literatura y diferencia. Estudio preliminar y presentación

María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela Inés Robledo. Editoras

Tomado de: . Escritoras colombianas del siglo XX (1995). Bogotá: Ediciones Uniandes - Editorial Universidad de Antioquia


La mujer es una disidente perpetua con respecto al consenso social y político; es exiliada de la esfera del poder y por ello es siempre singula1; dividida, diabólica, una bruja. . . La mujer está aquí para agitar y trastorna1; desinflar los valores masculinos, y no para abrazarlos. Su papel consiste en mantener las diferencias apuntando hacia ellas, dándoles vida y poniéndolas en juego.

Julia Krisleva ()

 

P ara entender la vigencia de los estudios sobre género en casi todas las disciplinas de las ciencias sociales, tanto en Europa como en los Estados Unidos, es necesario referirse a la posmodernidad (2). El rasgo más notorio de ésta es la puesta en duda de la legitimidad de los discursos dominan­tes en el mundo occidental; para ello recurre al cuestiona­miento de sus presupuestos principales: el Hombre, el Sujeto, la Verdad y la Historia. Ello implica el reconocimien­to del espacio del Otro, que, siempre, según Julia Kristeva, es mujer; indagar el discurso de la alteridad supone indagar el discurso mujer. (3)Lo cual no significa imitar a la mujer biológica ni transformarse en ella, sino ponerse en el lugar del otro, de la minoría, de los oprimidos, como sostienen Gilles Deleuze y Felix Guattari (340). (4) Esa revalidación de lo femenino implica que voces y propuestas antes ignoradas o censuradas logren ser escuchadas e influyan realmente en las comunidades que las producen.

Pero la posmodernidad no supone que la modernidad haya alcanzado su total desenvolvimiento sino que, como sucede en el caso de Colombia, se esté creando un contexto cultural que sea producto de la pluralidad y en el cual la multiplicidad y las diferencias no sean desdibujadas por la cultura dominante.

En efecto, en Colombia, las consecuencias de la yuxta­posición de instituciones sociales procedentes de distintos momentos de la evolución económica, social y cultural se observan a finales del siglo xx. A este respecto es ilustrativo el estudio de Fernando Viviescas, publicado en Colombia: el despertar de la modernidad (1991), (5) en el que se examinan las limitaciones del proyecto moderno en el País. Viviescas estudia el caso de nuestras ciudades y encuentra que los mecanismos de dominación y el diario vivir de la mayoría de los colombianos exhiben rasgos premodernos, mientras, paradójicamente, esa misma población, a través de la pu­blicidad, recibe continuamente mensajes alusivos a modelos de vida posmodernos, característicos de sociedades más avanzadas (327). Así, por ejemplo, coexisten las antenas parabólicas y la figura social de la empleada doméstica. A lo anterior hay que agregar otro factor: la continuidad y el recrudecimiento de la violencia en Colombia que han impedido, como sostiene Jorge Orlando Melo -en otro artículo aparecido en la misma obra-, el desarrollo del proyecto modernizador impulsado por la cultura oficial (245).

El resultado es una sociedad en la que hay profundos contrastes, violencia desbordante, y en la cual grandes sectores, dejados atrás por el proyecto modernizador, se ven obligados a mirarse a través del prisma de modelos que no les pertenecen. Ellos, junto con los efectos de la epidemia del sida que está poniendo a prueba nuestra responsabili­dad en las prácticas sexuales, conformarían las particulari­dades más sobresalientes de la que podríamos llamar posmodernidad colombiana.

Colombia vive actualmente un momento histórico en el que se reconoce la heterogeneidad de los sectores que la han integrado desde sus comienzos. La noción de que somos un país hispánico, blanco y católico es una falacia que está siendo desvirtuada, paulatina pero irreversiblemente por antropólogos, historiadores, sociólogos y otros trabajadores de la cultura. Así, la imagen de Colombia que se empieza a vislumbrar al final del siglo XX es la de una nación mul­tiétnica, donde se hablan varios idiomas, se practican reli­giones muy diversas y donde los vínculos entre la Iglesia Católica y el Estado están muy resquebrajados. El sistema político, que durante décadas estuvo marcado por el bipar­tidismo, se ha visto duramente golpeado. Al respecto, Fabio López (6) considera probable que, a causa de la desideologi­zación de los movimientos de izquierda, los procesos de paz conduzcan a la creación de un movimiento político que integre los sectores de la Coordinadora Guerrillera en los diálogos parlamentarios. Es decir, el panorama político del País es dinámico y se presencia el surgimiento de fuerzas diferentes a las tradicionales. Para ilustrarlo podemos recor­dar que, tal vez por primera vez desde la llegada de Cristó­bal Colón, los indígenas colombianos están participando en la configuración de los destinos del País.

El carácter inconcluso de la modernidad es precisamen­te la condición para que se vislumbren los rasgos posmo­dernos y la coexistencia con formas de vida premodernas y modernas, propias de los países en vías de desarrollo y de los colonizados. Estas peculiaridades impiden que las dis­cusiones y publicaciones sobre la posmodernidad -que han ocupado los escenarios de las principales comunidades académicas del mundo durante la última década- consti­tuyan un pasaporte para aplicar el término, sin ningún preámbulo, a Colombia.

En esta situación, las mujeres colombianas luchan por sobrevivir, trabajando en una sociedad que les exige niveles de eficiencia acordes con la racionalidad moderna, pero atrapadas, la mayoría de ellas, en una intimidad y unas relaciones familiares que son todavía patriarcales y esclavi­zantes. Es visible la presencia de las mujeres colombianas en posiciones de importancia en todos los sectores de la sociedad, y su progreso económico es innegable, pero es poco probable que su vida cotidiana haya sido transformada de tal manera que pueda servir de apoyo eficaz a su vida pública.

Estos conflictos limitan el desarrollo social, a pesar de que en los últimos años el avance de la mujer y su toma de posiciones en defensa del feminismo han sido notables y vertiginosos. En 1982, se fundó la Casa de la Mujer de Santafé de Bogotá y con ella se reconoce la necesidad de establecer mecanismos gubernamentales que les ayuden a las mujeres colombianas a consolidar su condición de ciu­dadanas libres. Las publicaciones de esta entidad y su modo colectivo de operación han logrado crear una dinámica que afecta a diferentes sectores de la sociedad. Obras como Nuevos espacios y otros retos (1986), V iolencia en la intimidad ( 988) y las cartillas sobre derecho de familia, derecho penal y control de la fertilidad han educado a una porción impor­tante de la población femenina colombiana. Los efectos de este tipo de trabajo se han extendido a otras comunidades ya la provincia.

Hechos como los anteriores ejercen una presión que indudablemente repercutió en el marco ideológico de la Constitución de 1991, cuyo espíritu es pluralista y respetuo­so de las diferencias entre los colombianos. Los artículos 42 y 43 especialmente consignan la igualdad de condiciones de los cónyuges ante la ley.

Señalemos también la aparición de grupos de estudio sobre género y el interés por lo femenino en instituciones como la Universidad Nacional, la Universidad de Antio­quia, la Universidad de los Andes, la Universidad del Valle, la Universidad del Quindío en Armenia y la Corporación Universitaria de Ibagué. Igualmente, notamos la existencia de asociaciones como la que se encarga de organizar los encuentros de poetisas del Museo Rayo en Roldanillo, Valle. Con toda seguridad, fenómenos como éstos se están generalizando y hoy en día existe una gran variedad de agrupa­ciones de ese tipo en el País.

Estos círculos se han preocupado por estudiar diferen­tes características de nuestra cultura y examinan los mode­los masculinos y femeninos vigentes en nuestra sociedad. Dan a conocer y discuten planteamientos teóricos, así como experiencias de las mujeres, realizadas en otros países. Estos grupos se destacan por una intensa actividad investigativa que, en forma continua, les permite proponer innovaciones para las comunidades en las cuales trabajan; sus publicacio­nes sirven de ejemplo para documentar esos esfuerzos.(7)

Queremos subrayar que la preocupación de tales agru­paciones por los problemas de la comunidad y por incre­mentar la presencia política de las mujeres en los organismos de decisión es una característica que las colom­bianas comparten con las feministas de otros países del Tercer Mundo, y en especial de Latinoamérica; donde, como afirma Lola Luna en Género, clase y raza en América Latina,(8) las mujeres, sin olvidar los problemas generados por el colonialismo, la dependencia y el subdesarrollo, se han convertido en la vanguardia de la lucha cotidiana por la sobrevivencia, y ya han acumulado conocimiento sobre su relación con la sociedad en que viven, con el fin de trans­formarla (15). De esta manera, ellas se distancian de las prácticas de las feministas de los países desarrollados, y en especial de los Estados Unidos, que consideran la lucha individualista como el eje de su programa. Algunas de ellas intentan crear la comunidad de las mujeres o reinstaurar el matriarcado.

Aceptar que los problemas de las mujeres colombianas son parte intrínseca de la sociedad en general, y que deben resolverse en este contexto, plantea un doble compromiso para quienes se interesan en ellos. Así, para superar la marginalidad femenina no es suficiente eliminar la miseria y las limitaciones laborales ni la brecha, enorme, entre la situación de las mujeres que han tenido acceso a la educa­ción y se han integrado a la vida pública y las que no han alcanzado estos derechos (9). Es preciso, además, percatarse de que el condicionamiento social que encierra y jerarquiza a la mujer en una posición de inferioridad se reproduce con sus peculiaridades en clases sociales más altas y en países más desarrollados. Se ha sostenido repetidamente que la causa de tales desbalances -que Martha Lucía Uribe y Olga Amparo Sánchez, en violencia en la intimidad, identifican en la realidad nacional- radica en la pervivencia y aplicación del tradicional modelo de socialización familiar y escolar, en el que se promueve la subordinación de la mujer al hombre y se facilita además el abuso del poder y el ejercicio de éste por cualquier medio (46). (10)

La conciencia de que existe esta doble problemática, que imbrica lo político y lo individual, nos llevó a recopilar una serie de ensayos que dan cuenta de ella a lo largo de la trayectoria -discontinua y marcada por el sincretismo y el mestizaje, como toda la literatura hispanoamericana- que ha servido la escritura de las mujeres colombianas del siglo XX. (11) Hemos seleccionado escritos desde diversas posturas ideológicas y enfoques teóricos, porque consideramos indis­pensable abrir un diálogo en que se incluyan las diferentes posiciones ante el feminismo, explorar un espacio aún desconocido y contribuir a una controversia todavía vigente que divide a las autoras colombianas. Sin embargo, su conjunto muestra cómo se ha textualizado la revalorización de la mujer y cuáles han sido los procedimientos estéticos que han posibilitado esa escritura.

Hay una innegable diferencia de temas, estilos, tenden­cias y actitudes entre los textos escritos a principios de siglo y los publicados en la década del noventa. Hoy, algunas autoras han asumido la escritura como una actividad profe­sional y buscan proyectar logros, experiencias y deseos a través de sus textos. También se señalan los obstáculos y los espacios vedados a los que se enfrenta la mujer. En particu­lar, dejan vislumbrar el desmonte gradual -que comenzó en el romanticismo, como sostiene Susan Kirkpatrik en Las románticas (44)- de los modelos femeninos tradicionales y la desintegración del sujeto unificado como imagen textual. Se empieza entonces a cuestionar las limitaciones del ideal domé s tico y del mundo romántico.(12) Así, ilustran so re unos procesos y situaciones que hasta hace muy poco per­manecían en silencio y sin un nombre.

Lo anterior justifica que hayamos seleccionado como tema a varias autoras y obras que apenas si aparecen nom­bradas en periódicos, revistas y en uno que otro manual de literatura, muchas veces bajo el rótulo segregatorio de lite­ratura femenina a la cual se dedican unos cuantos párrafos o un capítulo que reúne a varias autoras en forma indiscrimi­nada. Al ser leídas según dichas coordenadas -aisladas del del contexto cultural nacional y reunidas en apéndices royo único criterio de selección era y es, en muchas instan­cias, ser mujer-, se genera una historiografia literaria fragmentada y reduccionista. Esta recopilación disipa muchos de los vacíos de la historia literaria nacional, pues se refiere a la gran cantidad de obras, autoras y autores por descubrir (13) y esto constituye uno e sus aportes mas valiosos.

Nuestro objetivo principal es analizar la producción literaria femenina del siglo XX en Colombia dentro de las coordenadas cronotópicas de cada autora. Así, se conside­ran las circunstancias particulares que acompañan un proceso escritural determinado, y se reconocen influencias literarias, corrientes culturales, temáticas locales, actitudes y logros personales. Siguiendo estos parámetros se pudo observar que las autoras colombianas han recorrido un proceso literario y escritural, similar en líneas generales, al de las otras autoras hispanoamericanas, aunque se diferen­cia por los aconteceres de la historia nacional. El quehacer estético de las autoras latinoamericanas, según Elzbieta Sklodowska, ha pasado por tres etapas: la primera es la literatura femenina que corresponde a la reproducción y asimilación de la tradición canónica; la segunda es la litera­tura feminista que corresponde a la rebelión ya la reivindi­cación de los derechos de las minorías; y la tercera es la propiamente femenina que corresponde al autodescu­brimiento y la búsqueda de una identidad propia (141-142). Los ensayos que presentamos conforman cinco partes y un apéndice. Muchos de ellos son análisis de la obra completa de las autoras escogidas. Algunos se encaminan hacia la historia literaria; identifican momentos claves de la evolución de la práctica escritural femenina o subrayan el impacto de ciertos grupos de autoras y autores que, al reexaminar las obras de mujeres escritoras y promover su publicación y difusión, han contribuido a modificar su carácter de textos marginales. Otros advierten sobre el estado del feminismo literario en el País (14) y uno recoge los postulados que se oponen al feminismo. Varios artículos aclaran problemas teóricos y pragmáticos vinculados a la producción, lectura y traducción de los textos femeninos. Finalmente, el apéndice permite a el/la lector/a aclarar algunos conceptos pertinentes para la comprensión del feminismo aplicado a la literatura.

El trabajo de Teresa Rozo-Moorhouse, "Expresión, vo­ces y protagonismo de la mujer colombiana contemporánea", que constituye la primera parte, "Una contextu­alización necesaria", es clave para comprender la evolución y singularidades del feminismo literario en Colombia y el entorno en el que se ha producido, especialmente en los últimos años. A su vez, configura el marco ideológico que guía el resto de la recopilación que presentamos. Rozo-­Moorhouse examina el proceso de toma de conciencia de las mujeres colombianas y la forma como han indagado lo femenino para escribir su propia historia y re ubicarse como sujetos. Además, puntualiza los nexos entre la escritura femenina, la modernidad y la posmodernidad.

"Desde comienzos del siglo XX al final del milenio y cómo se ha desarrollado una escritura diferente", es la segunda parte; recopila en orden cronológico ensayos cuyo propósito es mostrar la trayectoria de la escritura de las mujeres colombianas en el siglo XX. Escogimos autoras que nacieron en la última década del siglo pasado y cuyas primeras obras comenzaron a publicarse hacia los años veinte cuando -como observa Jana Dejong en "Recuper­ación de las voces de una década: feminismo y literatura femenina en los años veinte"-, se dio comienzo, aunque de forma tímida, a la modernización y al movimiento feminista en Colombia. Por lo demás, esos primeros años del siglo XX correspondieron a la hegemonía conservadora que duró desde 1886 hasta 1930-, y desde el punto de vista político fueron una prolongación de la centuria anterior.(15)

El siglo XIX en Colombia se caracterizó por su tono arcaizante y, según Eduardo Camacho Guizado, mostró una evolución histórica más lenta y menos progresista que en otros países hispanoamericanos; durante él prevalecieron el interés por el clasicismo, la imitación servil de los modelos recibidos o el excesivo respeto hacia ellos (682-683).(16) En tal estado de cosas, la actitud de las escritoras fue también conservadora. Ellas, en general, construyeron y afianzaron el ideal femenino del ángel del hogar. Sus personajes fueron mujeres frágiles, dulces, tiernas, asexuadas, dueñas de una psiquis que sólo era capaz de amar y carente de todas las demás formas del deseo: ambición, rebeldía o aspiración de mayor bien para la humanidad (Kirkpatrik 64). Del moder­nismo, (17) -que al-ladió a esa imagen ideal su contrapunto, la decadente- quedó sobre todo el gusto por sus particu­lares convenciones estéticas cuya influencia se sintió hasta muy entrado este siglo. Junto con ella, las obras de las autoras colombianas de los primeros años del siglo XX, al usar un estilo sencillo y al expresar abiertamente sus senti­mientos, revelan también una relación con el posmo-der­nismo que se desarrollo principalmente en la poesía.

La sencillez en la forma fue útil para plasmar el mundo de la domesticidad, de la casa y en particular de la cocina -que, para muchas mujerescomo sostiene Debra Castillo, se ha convertido en el cuarto propio aludido por Virginia Woolf- (xiii), (18)y para rescatar la lengua materna y el lenguaje vernacular, el usado en el lugar de nacimiento y en la familia (Arenal y Schlau 2). (19) Esto, que hoy podríamos leer como una apropiación del espacio doméstico y validar bajo la óptica de una semántica nueva, fue visto por la crítica de la época como signo de una carencia, la falta de lo masculino o loable; en consecuencia, fue calificado con epítetos galantes y vacuos que sirvieron a la segregación de las autoras.(20) Pero, aunque validamos los espacios y lenguajes de las mujeres, no podemos obviar que la tematización y alabanza de lo hogareño y el elogio de la madre abnegada (a lo cual contribuyó Gabriela Mistral} y de la señorita pudorosa provienen de la introyección que las autoras hi­cieron de la ideología patriarcal y de los postulados del catolicismo; por tanto, contribuyeron a que los modelos de vida decimonónicos tardaran en desarraigarse del País y de la literatura.

No es casual que Sofía Ospina de Navarro, -cuya obra es estudiada por Mary G. Berg en su ensayo "Sofía Ospina: la voz de la abuela que cuenta"-, escribiera en los años veinte cuentos de corte costumbrista cuya preocupación central es la modernización de la vida familiar en Medellín y la añoranza del pasado señorial-aunque, al tratar el tema del matrimonio, Ospina no lo glorifica-. Esta narradora también produjo ensayos sobre el papel de la mujer en la sociedad, columnas periodísticas, varios manuales de com­portamiento y sus famosos libros de culinaria.

Otra autora que comenzó a publicar en esa época, Blanca Isaza de Jaramillo Meza, es analizada por Gloria Velasco González en "Blanca Isaza o la serena virtud de las palabras". Velasco González destaca que Isaza se autorre­presentó como humilde, devota, sumisa y también celebró el mundo del hogar.

Por su parte, Arnira de la Rosa, --estudiada por Isabel Rodríguez Vergara en "La escritura de Arnira de la Rosa: comentario sobre la domesticidad y el patriarcado"- escri­bió teatro, una novela y cuentos en los cuales se perciben ecos de Tomás Carrasquilla. En ellos se problematiza el entorno doméstico bajo una perspectiva didáctica y mora­lizante, y comenzaron a ser publicados un poco más tarde que las obras tempranas de Ospina e Isaza.

Otra autora que se hizo conocer en la primera mitad del siglo XX, María Cárdenas Roa -Luz Stella-, es recor­dada por sus obras de poesía infantil, uno de los subgéneros que, junto con el cuento, trabajan las mujeres;(21) ella adoptó, en sus últimos versos, una variante del discurso de la subordinación femenina: el tema de la mujer que, de­pendiente del hombre, espera por él para ser alguien.

En 1933 Gertrudis Peñuela -Laura Victoria- publicó Llamas azules. Según Irene Mizhari -en el artículo "La poesía erótica de Laura Victoria"-, dicho poemario, con­siderado escandaloso en su tiempo, rompió, aunque par­cialmente, con la idea que relacionaba la feminidad con la falta de deseo. Peñuela se lanzó a la enunciación de su erotismo pero lo inscribió en un contorno canónico; así, terminó algunos de sus poemas con las tradicionales afir­maciones según las cuales la maternidad es el objetivo del encuentro sexual y la entrega y la sumisión absoluta al hombre son obligatorias para las mujeres. El interés de Peñuela en lo erótico fue preocupación central en los traba­jos de otras poetas de su tiempo como Alicia Ruiz Escobar y Helvia García (Gloria Dall).

Con ellas, que desnudaron su erotismo y sus sentimien­tos, la escritura de las mujeres colombianas dio un primer paso hacia la definición de la identidad femenina. Pero esto fue a veces ambivalente. Por ejemplo Juanita Sánchez La­faurie (Marzia Lusignan) escribió poesía y una novela, Viento de otoño (1941), que fue muy reseñada en su tiempo, y es, según Paulina Encinales de Sanjinés, un texto introspectivo constituido por las reflexiones de las protagonistas sobre sus vidas y tribulaciones. Sin embargo, sus existencias, que apoyan lo convencional, fueron construidas para que se adecuaran a lo que la crítica de entonces deseaba oír(22).

Autoras como Meira Delmar, Maruja Vieira y Dora Castellanos comenzaron a publicar por los mismos años, el decenio del cuarenta, y en sus obras se pueden advertir las huellas de Alfonsina Stomi, Delmira Agustini, Juana de lbarbourou y Gabriela Mistral; enfocaron su producción, desde diversos ángulos, en el tema del amor. Es importante mencionar que las tres son miembros de la Academia Co­lombiana de la Lengua y continúan dedicadas al quehacer literario.

Oiga Chams Eljach, Meira Delmar, -según María Mer­cedes Jaramillo en "La poética amorosa de Meira Del­mar"- se inspira en la mística sufí y, por tanto, el sentimiento amoroso es más conceptual que vivencial en sus poemas, en los que se recrea lo bello como un reflejo de la perfección divina. Oiga Chams quiere ser considerada poe­tisa y reivindica el uso de este término castizo que a la vez muestra la riqueza de la lengua. Chams Eljach ha sido vinculada con el grupo de poetas de Piedra y Cielo, la tercera generación literaria que apareció en Colombia des­pués de las del Centenario y de Los nuevos. A éstas, de acuerdo con las historias de la literatura colombiana que conocemos, no perteneció ninguna mujer.

Gabriela Castellanos, en el artículo "Maruja Vieira: la mujer en la poeta", sostiene que esta poeta ha aceptado de manera estoica la "condición femenina" que la limita por sus características biológicas. Parecería que ella, como mu­chas otras mujeres, ha caído prisionera en la trampa del amor. Éste, el "gran tergiversador", como lo llama Marta Cecilia Vélez, "ha sostenido el silencio que ha impedido la ruptura, el encierro que ha sostenido la cultura y el someti­miento del cuerpo y la sexualidad" (111). (23)

Para Amalia Pu1garín, en su artículo "Dora Castellanos: guerrillera en falda victoriana", esta autora, que Andrés Holguín ubica dentro del grupo de Mito, también se somete a los modelos masculinos aunque, en algunas ocasiones, deja vislumbrar una soterrada rebeldía. En vista de esa actitud, común a muchas escritoras, Pulgarín propone que -a diferencia de lo que sugieren muchas feministas, que sólo reivindican a las autoras transgresoras- se valoren también las autoras pasivas y las no agresivas, para poder recuperar el proceso creativo femenino.

En 1949, Elisa Mújica, a quien, a manera de homenaje, dedicamos dos artículos, publicó su novela Los dos tiempos. Ésta, -según Yolanda Forero Villegas en "Un ejemplo de narrativa moderna de los años cuarenta: el discurso feme­nino de Elisa Mújica y su novela Los dos tiempos"-, exhibe técnicas narrativas propias de la novela moderna y establece un diálogo con el proceso de modernización que experi­mentaba el País en aquella época. Por tanto, junto con otros textos publicados en esos años, (24) corresponde a ciertas lagunas que se encuentran en los estudios sobre la novelís­tica colombiana entre La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera y La hojarasca (1955) de Gabriel García Márquez, considerada por algunos como la primera novela colom­biana moderna. Los dos tiempos es también una novela de aprendizaje que muestra cómo la protagonista adquiere una doble conciencia: la política marxista y la conciencia de ser mujer.

Mary G. Berg, en "Las novelas de Elisa Mújica", añade al estudio de Los dos tiempos su lectura de Catalina (1963) y de Bogotá de las nubes (1978). Para Berg, las tres obras entrelazan la historia del País con los destinos de las protago­nistas y aunque emplean estrategias narrativas distintas, con­testan a una pregunta fundamental: ¿cómo puede la mujer definirse a sí misma dentro de la sociedad colombiana?

La obra de Mújica, quien además de novelas ha publi­cado varias colecciones de cuentos y algunos ensayos, repre­senta el inicio de un nuevo momento en el desarrollo de la escritura femenina nacional. Ejemplifica cómo la crisis de valores -que en Colombia comenzó con la desconfianza en las instituciones que habían sustentado el poder tradicional y que produjeron La Violencia (1948-1962)- alcanzó en Occidente su punto culminante con la guerra fría hacia el decenio del sesenta, acentuó las luchas ideológicas y políti­cas y dio al traste con las formas tradicionales de vida familiar, lo que apremió el avance de la escritura femenina. Los efectos de la crisis y las limitaciones de instituciones como el matrimonio y su concepto del amor, sumados a la incorporación paulatina de las mujeres a los frentes de trabajo y su acceso a la educación, les permitió dilucidar sus inconformidades, sus angustias y sus vicisitudes. Ellas ex­ploraron esas temáticas y descubrieron discursos silenciados y marginales; la escritura se convirtió en una forma apta para construir un logro y erigir una identidad. Por otra parte, sus colegas masculinos también rompieron con los compromisos políticos y morales que les exigía el país tradicional y se proyectaron hacia nuevas búsquedas.

Hacia el decenio del cincuenta empezaron a circular las obras de Matilde Espinosa, que se destacan por su interés en los temas sociales y, particularmente, en los problemas del campesino y del indígena despojado de la tierra. Emilia Ayarza continuó esta corriente de poesía social y, como lo dice Ramiro Lagos, sus poemas desacralizan el discurso poético oficial y academicista que imperaba en el País. (25) El ataque a los esquemas patriarcales y las instancias de poder ha sido sinuoso y contradictorio. Muestra de ello es la obra de Rocío Vélez quien, como Espinosa y Ayarza, comenzó a publicar en la mitad del siglo y pertenece a la Academia de la Lengua. Esta autora, -según María Mercedes Jaramillo en "Rocío Vélez de Piedrahíta: la de/construcción de los valores tradicionales antioqueños"- idealiza en sus novelas Terrateniente y La tercera generación al patriarca y realizador de la colonización antioqueña. Sin embargo, en sus Cuentos desagradables, así como en La cisterna y Por los caminos del sur; deja entrever los problemas familiares que resquebrajan la solidez de ese mismo mundo y, en especial, los que enajenan a la mujer.

Rocío Vélez perteneció al grupo La tertulia, que se formó en Medellín en 1961. Éste, -estudiado por Augusto Escobar Mesa en "La tertulia: seis escritoras antioqueñas en busca de su expresión "-, congregó a varios autores ya escritoras como Sofia Ospina, Pilarica Alvear, Regina Mejía, María Helena Uribe de Estrada y Olga Elena Mattei -quien se destaca por su elaborada lírica que profundiza en el desencanto y problemática del ser humano moderno, y en especial de la mujer-. (26) Ellos, anota Escobar Mesa, hicieron el balance de los grandes cambios que se produ­jeron en el decenio del sesenta y que anunciaron las otras transformaciones que han marcado el resto del siglo XX: el superdesarrollo tecnológico y el desmoronamiento de las ideologías tradicionales. Esos años de búsqueda trajeron a la literatura nacional el realismo mágico, textos fundamen­tados en lo onírico, mítico y religioso.

María Helena Uribe de Estrada también participó en las reuniones de La tertulia. Discípula del filósofo antio­queño Fernando González, recreó, -según afirma Augusto Escobar Mesa, en "María Helena Uribe de Estrada: intimi­dad y trascendencia"-, ese desconcierto por medio de los parámetros del existencialismo, en sus cuentos recopilados en Polvo y ceniza (1963) . Su última novela, Reptil en el tiempo (1986), se refiere a la angustiosa marginalidad de la mujer y su condición casi de prisionera dentro de la sociedad patriarcal. La voz femenina intenta surgir por los quiebres y hendiduras de este formidable andamiaje de censura y apenas puede configurarse y tener una conciencia del yo que la enuncia. Desquiciada y encerrada en su cuarto, se parece a la protagonista de Jaulas ( 1985) de María Elvira Bonilla ya la niña esquizofrénica, enajenada por una so­ciedad racista y una madre -patriarca, en ¿Recuerdas Juana? ( 1989) de Helena Iriarte.

Flor Romero presenta en sus novelas, de manera crítica, los conflictos de sus protagonistas, ansiosas en la búsqueda de su identidad, pero los articula a los fenómenos de la sociedad ya la historia de Colombia, para conseguir un examen ingenioso de ésta. Para Jonathan Tittler, en "La voz en flor: autoridad discursiva en la ficción de Flor Romero", el logro más importante de esta narradora, cuya cuentística se concentra en la recreación literaria de los mitos precolombinos, es la subversión perspicaz de la tradicional voz autoritaria, lo que ubica a la autora entre los autores exponentes de la pos modernidad en el País.

Algo similar se puede decir de Fanny Buitrago, cuya primera novela, El hostigante verano de los dioses (1963), se inserta dentro del movimiento nadaísta y cuya obra cono­cida hasta el presente, compuesta de novelas, colecciones de cuentos y dramas, es fundamental para aclarar la transi­ción de la novela moderna a la posmoderna en Colombia. Según Elizabeth Montes Garcés, en "El cuestionamiento de la autoridad de los mecanismos de representación en la novelística de Fanny Buitrago", esta autora emplea hábil­mente el género de la novela para exponer y criticar los mecanismos autoritarios de representación. Su postura manifiesta claramente la tendencia posmoderna a cues­tionar no sólo los límites de la capacidad representativa de la novela como género, sino también la ideología que sustenta la cultura y el sistema social. Mediante el uso de estrategias narrativas novedosas, esta novelista convierte el interés moderno por la forma en interés posmoderno en la producción del significado, la importancia de los sujetos participantes (emisor-receptor) y el contexto. Al hacerlo, demuestra el efecto nocivo de esos mecanismos repre­sentativos sobre la conducta social e individual de la mujer

y del hombre colombianos.

En los años setenta, surge en Colombia el primer grupo de literatura feminista. Muchas de sus obras conforman una literatura que desenmascara el machismo pero no la tras­ciende; otras, aún temerosas, apelan a sutilezas y juegos de evasión o a la demencia y la banalidad para mostrar el absurdo de las vidas femeninas. Helena Araújo y Albalucía Ángel son abiertamente feministas y comenzaron a publicar en esa década. Su actitud las vincularía con otros narradores de ese periodo cuyas obras se distinguen por interpretar los fenómenos de la vida urbana y por ser menos tremendistas, más líricos y más interesados en la cotidianidad que sus predecesores.(27)

Araújo -señala Myriam Luque de Peña en "Helena Araújo: la búsqueda de un lenguaje femenino"- ha produ­cido un volumen de cuentos, La M de las moscas (1970), y una novela, Fiesta en Teusaquillo (1981), que enfocan el tema urbano, ridiculizan la burguesía y escudriñan lo femenino de diversas maneras. Esta indagación se filtra en su obra crítica más destacada, La Scherezada criolla (1989). En ella, Araújo discute la formulación de un lenguaje que permita a las autoras no sólo exponer su conocimiento de la reali­dad, aplastar el aislamiento y establecer un diálogo con el/la lector/a, sino que las induzca a salir de la "frigidez verbal" a que las conmina una sociedad que rechaza "los procesos íntimos o gratuitos de la creatividad".

Albalucía Ángel publicó su primera novela, Los girasoles en invierno, en 1970. Desde entonces, --como anota Betty Osorio de Negret en "La narrativa de Albalucía Ángel, o la creación de una identidad femenina"- su preocupación constante ha sido la situación de la mujer en sociedades de corte tradicional como la colombiana y su participación en una historia frecuentemente dominada por prioridades masculinas. Sus novelas Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, Misiá señora y su pieza de teatro Siete lunas y un espejo insisten decididamente en esa temática. Otro motivo recurrente de Ángel es el examen de la historia colombiana desde el decenio del cuarenta hasta el decenio del setenta, como la hace en Estaba la pájara pinta... -que es además una novela de aprendizaje en la cual el conocimiento de la violencia, la sexualidad y la política son simultáneos-, o en la colección de cuentos iOh gloria inmarcesible!

Pero, de acuerdo con Osorio, el aporte más novedoso de Ángel a la literatura nacional la constituye su poema épico Las andariegas, publicado en 1984. Tras examinar el viaje de las mujeres por la historia de la humanidad y reescribir sus mitologías, ella invita a las mujeres del mundo a construir un espacio donde puedan ser protagonistas, lo cual convierte el poema en un manifiesto político. Además, consigue relacionar el acto de escribir con la condición femenina al escamotear la lógica y la causalidad del discurso patriarcal. El texto, serpentinesco, intrincado, es un desafío cargado de rasgos posmodemos.

Marvel Moreno, al igual que Araújo y Ángel, ha inda­gado en la problemática de los géneros masculino y femenino, que inserta -como se ve en la colección de cuentos Algo tan feo en la vida de una señora bien ( 1980)-, en los conflictos de la sociedad barranquillera, con sus prejuicios raciales y de clase. Moreno también deja al descubierto cómo las estructuras de poder rigen la vida individual y colectiva de esa ciudad y apoyan la formación de un imagi­nario que somete a las mujeres. Lo cual, -según Carmen Lucía Garavito en "Ideología y estrategias narrativas en Algo tan feo en la vida de una señora bien de Marvel Moreno "­revela a una escritora consciente de la relación entre el proceso creativo y sus implicaciones ideológicas. Por tal razón, continúa Garavito, Marvel Moreno desarrolla una especie de feminismo materialista.

La novela de Moreno En diciembre llegaban las brisas (1987) se sitúa también en Barranquilla y recurre a nume­rosas audacias en el manejo de las voces narrativas y del tiempo. El producto es una obra abigarrada, difícil de leer. En ella, como en los relatos de Algo tan feo en la vida de una señora bien, la autora apela a la construcción de un subtexto, camuflado bajo la aparente convencionalidad del texto para trastocar el discurso patriarcal y las prácticas sociales de dominación. Como afirma Sarah González de Mojica en su ensayo "La escritura feminista en En diciembre llegaban las brisas de Marvel Moreno", la voz de la narradora testigo, en proceso de aprendizaje sobre la propia vida, teje otras historias femeninas de la vida familiar. Con ellas dibuja una realidad laberíntica y asfixiante, el texto, en donde abundan las menciones al machismo ya la banalidad de la clase alta barranquillera. Además del texto, ella construye un subtex­to o instancia de subversión. Éste, inscrito en el texto y logrado a partir de alusiones al cine ya la novela rosa, es el espacio liberador en que se expresa su identidad.

Lucía Tono, en "La poesía de María Mercedes Carran­za: palabra, sujeto y entorno", analiza las tres obras de esta poeta: Vainas (1972), Tengo miedo (1983) y iHola soledad! (1987). María Mercedes Carranza pertenece, con Renata Durán y Anabel Torres, al grupo de poetas de la Generación Desencantada, la Generación del Frente Nacional o La Generación de la Revista Golpe de dados; ellos destruyen mitos, liberan el eras y cultivan el humor negro.

El principal interés de Carranza, según Tono, es lograr una nueva voz poética cotidiana, coloquial, que interpele directamente al lector y facilite el diálogo; para lo mal debe contener los símbolos que remitan con mayor claridad a la angustia y la impotencia del hombre colombiano ante la grave situación del País, que a fines del decenio del ochenta se agudizó aún más. Su poesía, desinhibida, se burla de la amistad, el amor, la solidaridad, la fraternidad, la libertad, la igualdad, Dios, la esperanza, la fe, la civilización y la felicidad; en fin, de todo lo que parece positivo en el mundo burgués.

En este contexto, el yo poético que Carranza construye, siempre en proceso de exploración desde su primer poema­rio, va paulatinamente autocaracterizándose como femeni­no. A veces, este yo busca la comunicación y el amor, para identificarse con el otro; en otras ocasiones, se concentra en la diferencia sexual, para afirmarse. También se vale del símil cuerpo de mujer/patria para proclamar la insatisfac­ción del deseo y la soledad.

Anabel Torres, menos desilusionada que Carranza, en­foca su obra en las temáticas feministas. En su ensayo "Lo existencial femenino, eros y poesía en la obra de Anabel Torres", Cecilia Castro Lee destaca los elementos de un proceso escritural que comienza en Casi poesía (1975) y continúa en La mujer del esquimal (1980), Las bocas del amor (1982) y en Poemas (1987). En este proceso, Anabel Torres se compromete en el logro de un mundo poético circuns­crito a su experiencia en tres aspectos: su vida como mujer o lo existencial femenino, el amor o la realización de la feminidad, y la escritura o la definición de su identidad. En su obra, Torres propone una nueva imagen de la mujer, integrada a la historia, libre para ser y para crear.

La obra de Ketty Cuello es otro ejemplo del desarrollo no lineal de la producción literaria nacional. Esta autora, interesada en estudiar la provincia colombiana, recurre al realismo. Su primera novela, Algún día brillará el sol (1977), se dedica -según Cecilia Caicedo Jurado en "Niveles escri­turales en la narrativa de Ketty Cuello de Lizarazo"- a la defensa de la virginidad sexual femenina como predicado cultural absoluto. Por otra parte, en San Tropel eterno (1985), Cuello muestra claramente cómo los esquemas sociales tradicionales van siendo transformados por gentes venidas de afuera y cómo el narcotráfico propone como válida la imagen del hombre inescrupuloso m yo único fin es el éxito en los negocios. Esta obra se compromete con la historia reciente del País y señala el vínculo entre las nuevas formas de violencia y las instituciones sociales de tradición. A su vez, iMandinga sea! (1989) representa un retorno a esquemas que fueron muy usados en las novelas del decenio del sesenta. Se sitúa en Agualuna, un pueblo ya desaparecido para la época del relato, y explora un mundo sincrético donde los conflictos derivados de la bonanza carbonífera coexisten con mitos como el del Mandinga.

Hacia el decenio del ochenta, se empiezan a producir otros tipos de literatura femenina en Colombia. Las autoras dependen menos del enfrentamiento hombre/mujer y de­dican sus trabajos no a la búsqueda de identidad sino a la explicitación de esa identidad. Así, se lanzan a manifestar su deseo, sin cortapisas, como lo hace Carmen Cecilia Suárez en sus cuentos recopilados en Un vestido rojo para bailar boleros (1988); o, reflexivas, reescriben el cuerpo feme­nino y formulan la poética pertinente; o aspiran a volver al matriarcado y cargan de semánticas nuevas los viejos mitos femeninos.

Por su parte, otras prefieren el tema social. Preocupadas por los azarosos conflictos que han sacudido al País desde el decenio del ochenta hasta el presente -la guerra sucia, el narcotráfico y sus secuelas de torturas, desapariciones y masacres-, crean personajes femeninos o voces poéticas que viven ese horror o se han incorporado a los grupos insurgentes. Algunas de ellas se valen del testimonio para cuestionar la historia oficial. Escudriñan, impugnan y de­muelen los andamiajes del sistema de representación pa­triarcal en todas sus manifestaciones. Empiezan a ser consideradas autoras de fin de siglo, posmodernas, o ambas cosas.

Patricia Ariza escribe como activista po1ítica y como feminista. Por tanto, su obra -como afirma Nora Eidelberg en "Patricia Ariza: entre la transgresión y el compromiso po1ítico"- se sitúa claramente del lado de la marginalidad. Esta actriz, dramaturga y poeta, es coautora de Guadalupe años sin cuenta (1975), autora de El viento y la ceniza (1986), una lectura crítica de la conquista de América, y de tres obras en un acto, inéditas. En una de éstas, "Monólogo para una pelada. Mi parce", utiliza la jerga de los parias de Colombia, lo que le da el tono a la pieza y la sitúa en un ambiente de degradación social. "Cuarto menguante" se refiere a los diferentes ciclos de la vida de la mujer y al conocimiento que ésta ha acumulado en siglos de experien­cias. Su trabajo poético, también inédito, está compuesto por cuarenta poemas cortos, escritos con lenguaje claro y cotidiano. Ellos revelan los dos aspectos que se integran para, por un lado reflejar las preocupaciones de un País donde la violencia es de ocurrencia diaria, y, por otro lado, íntimo, expresar sus vivencias de forma anticonvencional. Guiomar Cuesta Escobar, Amparo Romero Vásquez y Mónica Gontovnik también enfrentan el poder, al aclarar las relaciones entre éste y el amor. Según Teresa Rozo-Moor­house en "Feminismo, conjuro y erotismo en tres poetas contemporáneas colombianas: Guiomar Cuesta Escobar, Amparo Romero Vásquez y Mónica Gontovnik", estas tres poetas, nacidas en el decenio del cincuenta, pertenecen a la generación de mujeres que ha recibido los beneficios logra­dos gracias a la lucha de las primeras feministas: el derecho al sufragio ya la educación universitaria; y han vivido la revolución sexual del decenio del setenta, lo cual les ha permitido tomar conciencia de la situación de la mujer objeto. Incitan a la mujer para que sea el sujeto de la historia; ponen en tela de juicio la virtud, el recato y el pudor; son considerablemente audaces en la exploración poética del erotismo. Para ello, redefinen vocablos, fabrican metáforas iconoclastas, ironizan y dejan de lado los subter­fugios.

A Cuesta, Romero y Gontovnik las vivencias de su generación las han llevado a la demolición gozosa de los estereotipos femeninos. Pero Alba Lucía Tamayo, Eugenia Sánchez Nieto, Sonia Truque y Luz Helena Cordero, naci­das en la misma época, no escapan al escepticismo -como afirma Fabio Martínez en "Cuatro movimientos en la litera­tura colombiana actual: Alba Lucía Tamayo, Eugenia Sánchez Nieto, Sonia Truque, Luz Helena Cordero"-. Su actitud se debe, en parte, a que la apatía es un sentimiento generalizado en el País. Pero hay otras razones para ello. La nueva idealización de la familia y la domesticidad -moti­vada por los peligros de la anarquía sexual del fin de siglo y como reacción contra los avances logrados por las mujeres en los decenios del sesenta y del setenta- ha destruido los ideales de vida apasionada y auténtica hasta ahora vigentes.

Tamayo, Sánchez Nieto, Truque y Cordero muestran, en­tonces, su total desencanto o se aferran a su posición con­testataria, para tratar temas como la enfermedad, la tragedia, la soledad, el miedo y la desilusión y dar relieve a personajes, la mayoría femeninos ambivalentes, inciertos, irredentos, temerosos y suicidas (28).

En las reuniones anuales de Roldanillo, que congregan a muchas mujeres y escritoras, Guiomar Cuesta, Alba Lucía Tamayo, Nora Carbonell, Marga López, Águeda Pizarro, Lucy Fabiola Tello y Meisy Correa Hernández han presen­tado sus poemas. Basada en ellos, Meisy Correa plantea -en "Siete voces bilabiales en los encuentros de poetas de Roldanillo"- algunas reflexiones de orden lin­güístico-feminista sobre la escritura de las mujeres. Correa invalida las nociones de un yo poético que, al adecuarse a un yo que oculta la voz de mujer que ha permanecido en los sub mundos, es sólo un simulacro. También inquiere sobre la resemantización del cuerpo de la mujer, visto tradi­cionalmente desde la perspectiva exterior masculina y, por tanto, ajeno a la autopercepción femenina. Finalmente, Correa formula su propuesta de liberación para el siguiente milenio. No aboga por el cambio de roles y poderes; promueve la liberación del sexo masculino y de todas las voces acalladas por el discurso dominante. La suya es una invitación a celebrar el ritual de los encuentros.

Gloria Cecilia Díaz también cuestiona la autoridad del sujeto tradicional masculino. En su cuento "El valle de los Cocuyos" -analizado por Nayla Chehade Durán en "La construcción del sujeto en El valle de los Cocuyos de Gloria Cecilia Díaz"-, esta autora construye un sujeto complejo y abierto, que promueve continuamente la actitud de in­trospección crítica, adopta una postura de resistencia frente al poder totalizante, cuestiona la oposición excluyente entre lo femenino y la masculino y transfiere a la mujer el papel de fundadora, por excelencia, de una estructura familiar alternativa a la patriarcal.

OIga Behar, Ana María Jaramillo y Mery Daza Orozco, con sus novelas Las noches de humo (1988), Las horas secretas (1990) y Los muertos no se cuentan así (1991), cometen otra irreverencia: atacan la unicidad del discurso de la historia oficial. Lucía Ortiz, en su ensayo "La subversión del discurso histórico oficial en Oiga Behar, Ana María Jaramillo y Mery Daza Orozco", explica ese proceso, propio de la literatura de la posmodernidad, y deja claro cómo éste se logra a partir de la utilización de lo oral/vivido; en este caso, de los testimonios de algunos participantes en la toma del Palacio de Justicia, en 1985, y en los sucesos violentos del Urabá antioqueño, en los últimos años. Dichos testimonios -im­bricados con las perspectivas íntimas, las anécdotas de las/los personajes y las manipulaciones de lenguaje propias de lo literario--- trastornan las versiones oficiales de los hechos y constituyen así una insubordinación, en la que las voces femeninas apoyan la insurgencia, revelan sus padecimientos y desnudan su deseo.

Según Eduardo Espina -en "Orietta Lozano: el deseo en las heridas de Medusa"-, si en el poemario de Lozano Memoria de los espejos ( 983) la apertura hacia el cuerpo empezaba a tener una presencia definitiva, en El Vampiro esperado ( 1987) tal apertura se articula ya claramente como lenguaje del deseo, como discurso desean te que hace de la búsqueda el hallazgo, puesto que la expresión del cuerpo no tiene fin y el deseo es indefinible. Ese mundo fragmen­tado, inacabado, en el mal no hay un ocultamiento de sentido sino más bien una multiplicación de éste en distintos haces de discursividad, define la lírica de Lozano. Su obra es pues, un desafío a el/la lector/a. También lo es el ensayo innovador de Espina, que no se contenta con analizar a Lozano, pues no cree en las interpretaciones, sino que llega hasta el propio acto del lenguaje y pone en cuestión la palabra poética. Ésta, afirma Espina, arremete contra el entendimiento, al transmutar una cosa en otra, y es lo femenino reconociéndose como lo irreconocible, apunta a un futuro estremecido, al margen de lo real, a la naturaleza semiótica y diciente del universo.

La tercera parte, "Para quitarse la máscara se necesita más que un escenario", reúne dos ensayos sobre las obras de teatro colombiano escritas por mujeres. El primero, "Hacia una poética feminista: la increíble y triste historia de la dramaturgia femenina en Colombia" de Beatriz J. Rizk, es un recuento y un balance de esa actividad -muy escasa por cierto-- que se cimenta en el examen de la funcionali­dad de las coordenadas representación, masculino y feme­nino. Tras estudiar las obras de Judith Porto de González, Beatriz Ortega de Peñalosa, Sofía de Moreno, Fanny Buitra­go, Patricia Atiza, Beatriz Camargo, Albalucía Ángel, Pie­dad Bonnett, Adelaida Nieto y de grupos femeninos como La máscara, Rizk establece las rupturas y los momentos claves en el desarrollo de la dramaturgia femenina nacional. Ésta comienza por definir a la mujer según lo propuesto por la cultura dominante; después, refleja la vida de una manera directa e impulsa una imagen más positiva de la mujer en la sociedad, y llega, en el decenio del ochenta, a una dramaturgia que disloca su escenificación tradi­cional. Las piezas así creadas incorporan recursos temá­ticos aptos para manifestar lo femenino y producir discursos discontinuos y plurales. Además, suscitan la reapropiación del cuerpo de la mujer por medio de técnicas ya usadas por la vanguardia, como el collage, el pastiche, la parodia y el montaje. Lo logrado en el teatro parece entonces coincidir en muchos aspectos con lo alcanzado en la narrativa y la lírica.

María Mercedes Jaramillo, en "Del drama a la realidad en las piezas de Albalucía Ángel y Fanny Buitrago", analiza dos piezas de cada autora. Las obras de Ángel recrean los conflictos que la mujer ha enfrentado en la esfera indivi­dual; como otras feministas, esta autora usa un lenguaje que expresa mejor esa experiencia vivencia!. Buitrago, por el contrario, escudriña la realidad política de Colombia en sus dos momentos más críticos: los años de la violencia y la época del narcotráfico.

La cuarta parte, "La ¿alegría? de leer, escribir y tradu­cir" ¡encara el problema de la escritura femenina desde diferentes ángulos. El artículo de Susy Bermúdez sobre la Alegría de leer; estudia el texto con el cual aprendimos a leer varias generaciones de colombianos y colombianas y nos advierte sobre cómo se han construido los imaginarios, cuestionados hoy, que definen nuestra sociabilidad. El en­sayo de Montserrat Ordóñez "El oficio de escribir", que reeditamos, nos permite vislumbrar la compleja situación de una voz femenina que desea ser escuchada y leída. Por su parte, Helena Araújo, en "Traducir a María Mercedes Carranza, Eugenia Sánchez Nieto, Renata Durán, Anabel Torres y Orietta Lozano: ¿una intertextualidad emocio­nal?", intenta despejar la incógnita de una posible escritura femenina; con ese fin, comparte con nosotros su experiencia de traductora de las mencionadas poetas, del español al francés. Su trabajo, es decir, su lectura/creación de un nuevo discurso poético, lo elabora desde una perspectiva de mujer. De esa manera, privilegia lo dicho entre líneas, para afirmar, entre otras cosas, que Carranza prefigura la autodestruc­ción, Sánchez Nieto la asimila, Torres la erotiza, Durán la mistifica y Lozano es prisionera de ella.

La quinta parte, "Una voz antifeminista: aportes a una controversia", recoge las opiniones de María Mercedes Ca­rranza. En su artículo "Feminismo y poesía" encontramos la misma actitud que asumen otras escritoras: pese a que sus obras evidencian el uso de una semiótica que atenta contra el discurso patriarcal, estas autoras niegan ser feministas. Se molestan cuando son consideradas escritoras, o cuando sus obras son incluidas en antologías y obras que reúnen sólo trabajos de mujeres (29). La autora piensa que son infructuo­sos y errados los intentos de las feministas de agruparse en congresos literarios sólo de mujeres o de publicar Única­mente sus obras. Lo cual, a nuestro modo de ver, correspon­de a la etapa intermedia de un proceso que pasa por relocalizar y re evaluar la producción literaria de las mujeres, y cuyo objetivo es la escritura de una nueva historia literaria nacional. Obviamente, ése es un asunto que, al beneficiar directamente a las mujeres (30) les impele a congregarse, a investigar y editar sus obras.30 Carranza se contradice, pues reconoce que nuestra cultura no es un foro neutral donde se juzguen sin prejuicios ideológicos la poesía escrita por hombres y aquella escrita por mujeres. Por otra parte, esta misma autora censura, por importados, los planteamientos del feminismo que circulan en Colombia y cree necesario que se adecuen a las condiciones del País. Esto último, que compartimos y consideramos prioritario, es uno de los intentos de esta colección de ensayos.

Como apéndice, incluimos el trabajo de Isolina Balleste­ros, "La creación del espacio femenino en la escritura. La tendencia autobiográfica en la novela". Este ensayo expone planteamientos de teoría literaria que consideran la posibili­dad de una narrativa femenina con rasgos intrínsecos y ubica­bles en los marcos del discurso de la posmodernidad.

Esta recopilación estudia los caminos que ha recorrido la escritura de las mujeres colombianas y evidencia su rapi­dísimo avance. En sólo sesenta años -después del decenio del treinta, cuando se inició la modernización del País-, se ha pasado de la literatura romántica que idealizaba al ángel de la casa ya la madre ideal, a obras que retan, desde diversas perspectivas, el discurso falocéntrico y asumen el ser mujer. Ellas desarticulan los ejes ideológicos y estéticos de las representaciones convencionales y evidencian la for­mación de los sujetos femeninos, la cual implica la disolu­ción del sujeto unificado creado por el patriarcado y por el discurso de la modernidad; por tanto, incorporan otras voces y literaturas marginales. Se ha creado, entonces, una literatura que, aunque comparte con la producción mascu­lina o defensora del poder las inquietudes sobre muchos problemas sociales y epistemológicos -unas de importancia nacional y otras de repercusión universal-í tiene su propia dinámica y sigue sus propios derroteros (30).

Esa literatura diferente ha sido leída por la crítica como una no-presencia o según su inadecuación al canon; lo cual ha llevado a su exclusión de las historias literarias naciona­les. Es esta misma diferencia la que exige que se amplíen los parámetros de ese canon. En otras palabras, que se decons­truya y reescriba la historia de la producción literaria de todos los colombianos y colombianas.

 

María Mercedes Jaramillo

Betty Osorio

Ángela Inés Robledo

Editoras

 

Abril, 1992

 

1 Citada por Elzbieta Sklodowska en La parodia de la nueva novela hispanoamericana ( 1960-1985). Amsterdam/Philadelphia: john Benjamin Publishing Company, 1991:141.

2 Varios críticos han llamado la atención sobre el término posmoder­nismo que en Hispanoamérica se refiere a la época posterior al modernismo y que no corresponde al término inglés postmodernim. Postmodernism en la literatura inglesa se refiere a un movimiento literario diferente. Así, para evitar equívocos, se han propuesto las siguientes equivalencias: modernism correspondería a modernidad, y postmodemism a posmodernidad. Véase George Yúdice, "¿Puede ha­blarse de posmodernidad en América Latina?" Revista de crítica literaria latinoamericana. 25.29, 1989: 105-128.

3 Citada por Alice jardine en Gynesis'. Configurations of Woman and Modemity. Ithaca y Londres: Cornell University Press, 1985:114-115.

4 Gilles Deleuze y Felix Guattarí. "Devenir Intense, Devenir Animal, Devenir Imperceptible". Capitalisme el Schizóphmlie: Mille Plateaux. París: Minuit, 1980:284-380.

5 Fabio Giraldo y Fernando Viviescas, comps, Colombia: el despertar de la modernidad. Santafé de Bogotá: Cinep, 1993.

6 Entrevista con Fabio López sobre su libro. Izquierdas y cultura política ¿oposición alternativa? Santafé de Bogotá: Cinep, 1994.

7 Algunas de tales publicaciones son: La mujer y el desarrollo en Colombia de Magdalena de León. Bogotá: Acep, 1977. Debate sobre la mujer en América Latina y El Caribe, ed. Magdalena de León, 3 vols. Bogotá: Acep, 1982B. Voces insurgentes. Eds. María Cristina Laverde y Luz Helena Sánchez. Bogotá: Editora Guadalupe, 1986B. "Simbología femenina y orden social." Texto y contexto. Ed. Elssy Bonilla Bogotá: Universidad de los Andes, 7(1986). Mujer y Familia en Colombia. Ed. Elssy Bonilla. Bogotá: Plaza y Janés, 1985. Otras publicaciones más recientes son Mujer amor y violencia. Bogotá: Tercer Mundo Editores; 1990; es un trabajo del grupo Mujer y Sociedad de la Universidad Nacional. Hijas esposas y amantes, de Susy Bermúdez. Santafé de Bogotá: Universidad de los Andes, 1992. Elssy Bonilla y Penélope Rodríguez, Fuera del Cerco. Mujeres, estructura y cambio social en Colombia. Santafé de Bogotá: Pre­sencia, 1993.

8 Lola Luna, comp. Género, clase y raza en América Latina. Algunas aporta­ciones. Barcelona: Universidad de Barcelona, 1991.

9 Véase Elssy Bonilla y Penélope Rodríguez. Fuera del Cerco. Mujeres, estructura y cambio social en Colombia. Santafé de Bogotá. Editorial Presencia. 1993. Estas autoras consideran que las mujeres colom­bianas. de los sectores altos y medios. que han buscado una mejor posición en la sociedad deben asumir. desde la perspectiva del com­promiso político y de los intereses estratégicos de género. responsabi­lidades sociales con las mujeres de los estratos más bajos (245).

10 Casa de la Mujer, Violencia en la intimidad. Santafé de Bogotá: Editorial. Gente Nueva. 1988.

11 Para un enfoque informativo sobre la escritura femenina colombiana y su proyección social. véase María Mercedes Jaramillo y Betty Osorio de Negret. "Escritoras colombianas del siglo XX. El tránsito del silencio al reconocimiento". En prensa.

12 Susan Kirkpalrick, al analizar las obras de Madame de Stael, Mary Shelley y George Sand, llega a la siguiente conclusión, que considera­mos interesante citar: "La tensión entre el yo egocéntrico, movido por sus deseos, ideado en el discurso romántico, y el sujeto femenino, desapasionado y orientado hacia el otro, determinado por la defini­ción burguesa de la diferenciación sexual, recorre y vincula las diversas producciones de dichas autoras y responde a las oportunidades ya las limitaciones de la autoría femenina ofrecidas por una revolución cultural que incluía los ideales liberales, el movimiento romántico y una nueva definición de diferenciación de sexos, elementos que se convirtieron en exponentes fundamentales de una subtradición ro­mántica". Las románticas. Escritoras y subjetividad en España, 1835-1850, trad. Amalia Bárcena. Madrid: Cátedra, 1991:44.

13 Una de tales autoras, Agripina Restrepo de Noms produjo obras de teatro, novelas y artículos de crítica, que se han perdido. De ella sólo nos quedan, según Luz Amparo Palacios Mejía, sus artículos periodísti­cos y la revista Numen que fundó en 1932. "La mujer y el periodismo literario: Semblanza crítica de Agripina Restrepo de Noms." Ponencia leída en la Universidad del Quindío, Armenia, 7 de agosto de 1992.

14 Los estudios pioneros dedicados a la literatura escrita por mujeres fueron: La mujer en la sociedad moderna de Soledad Acosta. París: Gamier Hermanos, 1895; y el de Lucía Luque Valderrama, la novela femenina en Colombia. Bogotá: Cooperativa de Artes Gráficas, 1954.

Algunos de los trabajos más recientes y más citados sobre este tema son los siguientes: "Escritoras latinoamericanas ¿Por fuera del boom?" Quimera 30 (1983) y la Scherezada criolla. Bogotá: Universidad Na­cional, 1989, de Helena Araujo; este último se ha convertido en uno de los ensayos de crítica literaria más importantes para la literatura escrita por mujeres en Colombia. Montserrat Ordoñez también ha contribuido a inaugurar una tradición crítica en esta dirección con sus ensayos sobre Elisa Mujica, Marvel Moreno y la coordinación de la traducción del inglés al español de Escritoras de Hispanoamérica. Una guia bio-bibliográfica, compilada por Diane f:. Marting. Bogotá Siglo XXI escritores, 1991. El libro y las mujeres? Ensayos sobre literatura colombiana. Medellín: Universidad de Antioquia, 1991; de María Mer­cedes Jaramillo, Ángela Inés Robledo y Flor María Rodríguez-Arenas, es un trabajo panorámico acompañado de una extensa bibliografía que descubre una faz nueva de la literatura colombiana. La publicación de Voces en escena. Antología de dramaturgas latinoamericanas. Medellín: Universidad de Antioquia, 1991; de Nora Eidelberg y María Mercedes Jaramillo es de indiscutible valor para conocer el trabajo de autoras de teatro colombiano. El comentario anterior también podría apli­carse a las investigaciones de Teresa Rozo-Moorhouse en el campo de la poesía escrita por mujeres.

Se debe observar que si bien esta corriente investigativa está dominada por mujeres, también existe una participación valiosa de colegas hombres. Ramiro lagos publicó una antología titulada Voces femeninas del mundo hispánico. Bogotá: Tercer Mundo Editores y El Centro de Estudios Poéticos Hispánicos. 1991. Jonathan Titler, James Alstrum y Raymond Williams también han estudiado el fenómeno de la escritura femenina colombiana. En Colombia se debe señalar el continuo interés de Juan Gustavo Cobo Borda por este tema; en su obra la narrativa colombiana después de García Márquez. Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1989, dedica uno de sus capítulos a estudiarlo. Hernando valencia Göcckel y Santiago Mutis le abrieron un espacio a la escritura femenina en el Manual de literatura colombiana. Bogotá: Planeta, 2 1998 .

15 Para entender cómo se desarrolla la literatura del siglo XIX y cómo recurre a mecanismos estéticos originados en la Colonia y cuyo uso continúa en el siglo XX, véase el ensayo de Ángela Inés Robledo, "Algunos apuntes sobre la escritura de las mujeres colombianas desde la colonia hasta el siglo XX", Colombia, literatura y cultura del siglo xx. Ed. Isabel Rodríguez Vergara. Washington, DC.: Departamento Cul­tural de la OEA, 1993. En prensa. Algunas ideas de esta presentación provienen de dicho ensayo.

16 Eduardo Camacho Guizado, "La literatura colombiana entre 1820 y 1880". Manual de historia de Colombia. Eds. Juan Gustavo Coba Borda y Santiago Mutis Durán. 3 vols, 2a cd. Bogotá Procultura-Instituto Colombiano de Cultura, 2, 1982:613-693.

17 Véase la cita 2.

18 Débora A. Castillo, Talking Back. Toward a Latin American Feminist Literary Criticis. Ithaca y Londres: Cornell University Press, 1992.

19 Electa Arenal y Stacey Schlau, eds. Untold Sisters. Hispanic Nuns in Their Oum Works. Trad. Amanda Powel. Albuquerque: University of New Mexico Press, 1989.

20 Veamos algunos ejemplos de esta actitud: Javier Arango Ferrer en La literatura de Colombia (Buenos Aires: Coni, 1940) afirma que “La colombiana es feminista en aquellas actividades compatibles biológicamente con la naturaleza y destino de la mujer” (97). El padre Félix Restrepo en el prólogo a Viento de Otoño de Juanita Sánchez Lafaurie (Bogotá: Cromos, 1941) alaba el estilo de la autora en los siguientes términos: "Tema tan doloroso está tratado por usted no con el crudo realismo que ahora se usa, sino con la exquisita delicadeza de una gran señora y con la más perspicaz mirada psicológica" (6). Antonio Panesso en la presentación de la obra de Magda Moreno, El embrujo del micrófono (Medellín: Editorial Bedout, 1945), anota que su obra "no va a tener repercusión sobre la bolsa de valores, ni es un acontecimien­to para ser comentado entre gerentes. Es una obra del espíritu. del espíritu valiente de una mujer. igualmente capaz de prescindir de nuestro gris ambiente y del Diccionario de la Real Academia" (60).

21 Otras de las escritoras que se distinguen por sus cuentos para niños son Elisa Mújica, Fanny Buitrago, Gabriela Arciniegas, María For­naguera y Gloria Chávez -quien desde Nueva York ha continuado su labor-.

22 Paulina Encinales de Sanjinés, “Juanita Sánchez Lafaurie y la crítica". Ponencia presentada en el VI Congreso de Antropología en Colombia. Julio de 1992. En este trabajo, Encinales recoge las opiniones, muy reveladoras, de algunas autoras de los primeros años del siglo, sobre la relación entre ellas y la escritura. Ellas son: María Cano, María Isabel Sañudo, María Emma Eastman, Rosario Grillo de Salgado, Elvia García de Moreno, Uva Jaramillo Gaitán y Ángela Valencia. Tales comentarios fueron tomados del libro Mujeres de América de Bernardo Uribe Muñoz, Mede1lín: Imprenta Oficial, 1934.

23 Marta Cecilia Vélez, "En nombre del amor." Voces insurgentes. Eds. María Cristina Laverde Toscano y Luz Helena Sánchez Gómez. Bogo­tá: Universidad Central y Servicio Colombiano de Comunicación Social, 1986:107-122.

24 Forero se refiere a 45 relatos de un burócrata con cuatro paréntesis de Rafael Gómez Picón, Bogotá: Editorial Minerva, 1941. Babel de Jaime Ardila Casamitjana: La Plata, Argentina: Editorial Calomino, 1944. De la vida de Iván el mayor (2 t.) de Ernesto Camargo Martínez, Bucaramanga: Impresora del Departamento, 1 (1942) y Bucaramanga: Impresora del Departamento,2 (1943).

25 Voces femeninas del mundo hispánico. Bogotá: Tercer Mundo Editores y Ediciones Centro de Estudios Poéticos Hispánicos. 1991:77.

26 También fueron parte de este grupo: Gonzalo Restrepo Jaramillo. Manuel Mejía Vallejo, Arturo Echeverri Mejía. Jaime Sanín Echeverri y Jorge Montoya Toro.

27 Véase Helena Araújo, "La novela colombiana de la década del 70." Eco 230, diciembre de 1980:160-174.

28 María Clara Rueda, en sus cuentos, también se une a esta corriente iconoclasta, al cuestionar el papel de la familia, el amor materno y la responsabilidad filial.

29 Véase el artículo de Fanny Buitrago: "El verso aquel, el sexo aquel", en Quimera, edición Latinoamericana 9, marzo-abril 1991:25-28, en el cual define su posición antifeminista. Parece que también ella, al igual que otras autoras, ignora que el canon literario vigente está construido según los parámetros del patriarcado, que califica de bueno lo que se adecua a él y de malo lo que no le sirve de apoyo. Lo cual, además, indica que se desconoce la existencia del concepto escritura femenina, acuñado hace ya bastante tiempo por la crítica literaria. De esta forma, la idea de que la literatura es buena o mala y no femenina o masculina resulta no sólo insostenible desde el punto de vista teórico sino que, en última instancia, promueve la discrimi­nación contra quienes fomentan una voz diferente a la hegemónica.

30 Creemos que la afirmación de Elaine Showalter, quien ya en 1971 abogaba por estudiar a las mujeres como grupo, sigue siendo válida porque señala factores que determinan las relaciones sociales, políticas y económicas de la mujer con su medio. "La idea de estudiar a las mujeres como un grupo aparte no está basada en que todas sean iguales, o en que desarrollen un estilo parecido, propiamente femeni­no. Pero sí cuentan con una historia especial, susceptible de análisis, que incluye consideraciones tan complejas como la economía de su relación con el mercado literario; los efectos de los cambios sociales y políticos en la posición de las mujeres entre los individuos y las implicaciones de los estereotipos de la escritora así como de las restricciones de su inde­pendencia artística." Citada por Toril Moi, Teoría literaria feminista, Trad. de Amalia Bárcena, Madrid: Cátedra, 1988:61.

31 No logramos encontrar obras publicadas de mujeres negras o indíge­nas; lo que es una prueba de la doble marginalidad que padecen las minorías en Colombia.

 

 


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