Vallejo en la
Expedición Humana
Apuntes de campo
Luis Guillermo Vallejo

 

Aquella mañana, algún día de enero de 1993, salimos temprano del Palenque de San Basilio en Sasbiza, una de las camionetas de la Expedición Humana, con rumbo al aeropuerto de Cartagena: Nina de Friedemann debía estar temprano en Bogotá y traía con ella, cuidándolos como un tesoro, los dibujos que Vallejo había elaborado para el siguiente número de nuestra revista América Negra.
 
Llevábamos varios días en Palenque con Nina, quien se había encargado de que todos nosotros entendiéramos allí algo de la historia negra de nuestro país, y Vallejo había desarrollado un trabajo febril; en las hojas de papel bond había dejado consignados los rostros de muchos de nuestros anfitriones, ataviados con sombreros vueltiaos o con gorros que recordaban algún lugar del Africa; las mujeres danzando, los grupos musicales y los contrastes arquitectónicos que no son raros en Palenque.
 
Alguna noche, ya tarde -tal vez amanecía- supimos después, Vallejo fue sacado de la hamaca por unas voces que cantaban a lo lejos. Salió a la calle y comenzó a caminar siguiendo su intuición y buscando el origen de los cantos. Rápidamente fue interrumpido por alguno de los habitantes locales que lo envío de vuelta a su habitación. Allí, con algo de susto, según su relato, tomó una hoja de papel, y el lápiz, no él, nos dijo, trazó con asombrosa rapidez y en maravilloso detalle un velorio. Hecho esto, Vallejo concilió el sueño. Al día siguiente Nina aseguró que representaba con fidelidad el velorio al que en la noche anterior no había podido llegar Vallejo.
 
En Sasbiza transitamos con lentitud el polvoriento camino que separa al Palenque de la troncal. Llegados allí, pude acelerar a fondo; había algo de prisa. Concentrado en el camino creo haber oído cuando Adriana le pidió a Nina que le dejara ver los dibujos. Lo siguiente que recuerdo fue el grito de Nina: se voló un dibujo... Sin embargo, si la memoria no me engaña, yo creo que lo vi volar primero y, por el espejo retrovisor seguí sus pirutetas en el aire. A la orilla de la carretera esperé a que el pesado tráfico me permitiera volver atrás; al fin, después de un tiempo que pareció eterno, estuvimos al lado del pequeño cuadro blanco tan fácilmente identificable en la negra cinta de asfalto. El que quiso volar fue... El velorio.
 
Hay magia en la pintura de Luis Guillermo. La magia que le imprime al arte un hombre que ve el mundo solo con el corazón, esa estructura anatómica que en tantos de nosotros se acelera con más frecuencia por el esfuerzo físico que por los afectos.
 
Jaime Bernal Villegas, MD, PhD.
Editor Terrenos de la Gran Expedición Humana