Dos ángeles
en el Ortegüaza
 
David Mauricio Medina
Médico Oftalmólogo. Universidad Javeriana
 
Esa mañana Oscar debía volvera a San Antonio de Getuchá para averiguar si el bus vendría por nosotros, era el tercer viaje emprendía a San Antonio en busca de un sí. Llevabamos siete días en la comunidad de San Luis de los Coreguaje, a orillas del río Orteguaza, a tres horas de San Antonio, esperando el regreso, habíamos culminado nuestras actividades y algunos que inicialmente nos habíamos desplazado a San Luis por dos días ya completabamos seis días con la misma ropa, nuestra única muda de ropa se encontraba desde ya hace varios días colgada en una cuerda tratando de secarse entre las lloviznas y los aguaceros.
 
Me ofrecía acompañarlo a San Antonio; a las siete de la mañana romamos la voladora, era una mañana gris donde costaba trabajo mirar la ruta para esquivar los troncos por la grn neblina que reposaba sobre el río, ya en San Antonio llamamos a Bogotá y se escuchó un "sí, mañana parten, ustedes deberán estar en San Antonio para devolverse en el mismo bus".
 
Nos dirigimos entonces a Mamaguey, punto intermedio entre San Antonio y San Luis en una voladora, coordinamos nuestro gregreso para el día siguiente y luego de un delicioso almuerzo ofrecido por las hermanas del colegio nos dirigimos al cacerío aledaño, Granario, donde tomaríamos una lancha hacia San Luis con la feliz noticia: "mañana regresamos".
 
Luego de cuarenta y cinco minutos sentados en el muelle con nuestros salvavidas esperando la lancha, comprobamos lo dicho por un hombre de la región: "despúes de las doce del día no se consiguen lanchas". Eran las dos de la tarde, teníamos dos mil pesos, y debíamos llegar como fuera a San Luis.
 
-"David, vaya y busque un "potrillo", a ver si llegamos hoy a San Luis", dijo Oscar.
 
Idea un poco descabellada, en lancha a motor era una hora y media, además desconocíamos el punto exacto de entrada A San Luis ya que no se encontraba sobre el Orteguaza sino sobre un pequeño afluente que desembocaba en una gran maraña de selva, por último lo que si conociamos era nuestra escasa destreza como remeros de potrillo en un río de hasta 300 metros de ancho.
 
Minutos después y luego de recorrer la calle principal ­la única calle de Granario, encontré lo que parecia un potrillo hundido en el río; con Oscar volví a ese sitio y mientras lo mirabamos un hombre canoso y obeso se levantó de la mecedora y se acercó, era el propietario de una de las tiendas de abarrotes y del potrillo. Oscar le preguntó:
 
-Muy buenas tardes, ¿usted cree que podemos llegar a San Luis en un potrillo?
-Yo ceo que sí, yo bajo por la orilla del río hasta la finca, duro unos cinco minutos.
-Y... ¿cuánto cree usted que nos gastamos hasta San Luis?
-Unas tres horas, o cuatro...
-Oiga David, ¿a usted le da miedo?
-No, pero me preocupa la llegada a San Luis, el río se vifurca y fuera de eso está cubierta de selva la entrada.
-¿Usted sabe nadar?
-Yo sí...
 
Una sonrisa nerviosa se apoderó de nosotros mientras discutíamos el alquiler del potrillo, en caso de que se nos perdiera nos cobraría quince mil pesos, sino al día siguiente lo subiríamos remolcado. Sólo contabamos con un remo partido por la mitad y un tarro para sacar el agua, que nos consiguió el hijo del señor. Sacamos el "potrillo" del agua, y el agua del "potrillo", era un "modelo" bastante viejo, todo su piso se encontraba remendado con brea. Habíamos decidido remar por la margen izquiera, debíamos tener cuidado en caso de encontrarnos con alguna lancha ya que nos podría hundir y sólo faltaba ver si no se hundía con el peso de nosotros.
 
Partimos, la población entera de Granario se había volcado a ver nuestra partida; pocos segundos después escuchábamos sus carcajadas al ver como davamos vueltas como un trompo mientras eramos arrastrados por la corriente hacia el centro del río, al parecer sin ningún rumbo.
 
No contabamos con reloj, ya que todos los documentos y objetos personales los había empacado en una bolsa y colocado en el canguro que llevaba, pero unos minutos después no veíamos a Granario, nuestro reloj era el sol, el cual veíamos descender lentamente, sólo escuchábamos el sonido del remo al entrar y salir del agua, y cuando nos acercabamos a las orillas el ruio de miles de bichos metidos entre la selva a espera de nosotros.
 
Era una tarde espectacular, nosotros con la misma sonrisa,no lo podíamos creer, en la mitad del Orteguaza y rumbo a san Luis.
 
-Oiga David, ¿usted se acuerda del sancocho de pescado que nos comimos ayer?
- Sí, claro. ¿por qué?
-¿Se acuerda del tamaño de ese animal cuando lo compramos?
 
Recordé que medía como metro y medio, y tenía unos grandes y filudos dientes.
 
-No vaya a creer que sólo comen maticas; como esos hay varios aquí debajo.
 
Se río y continuó disfrutando del paisaje. Un comentario muy apropiado en mitad del Orteguaza y a sólo siete centímetros por encima del nivel del agua.
 
Continuamos bajando turnándonos el remo y el tarro para sacar agua, de pronto escuchamos el ruido de un motor, era un bongo que subía por el río... La gran prueba, debíamos coger las olas generadas por éste de frente, se veía como un enorme buque que venía hacia nosotros, remé del lado derecho, pasó la primera, la segunda y luego la tercera gran ola, sin problemas, fué poca la cantidad de agua que entró.
 
El sol continuaba descendienco, escuchamos el ruído de tres motores más, pero para dicha nuestra eran tres aviones que nos sobrevolaron. Un rato después y en la margen derecha vimos un caserío, al cual intentamos acercanos, remamos fuertemente tratando de llegar pero la corriente nos arrastró impidiéndonoslo, gritamos en varias oportunidades pidiendo que nos vendieron un remo, apenas nos miraron, posiblemente ni nos escucharon. ¡Era como estar a la deriva en un río! En dos otres oportunidades el río de dividió en varios brazos.
 
-¡Oscar! por la derecha
-No, es el de la mitad
-Yo estoy seguro que es el de la derecha
-No David, es el de la mitad.
 
Realmente no importaba cuál, ya que para cuando habíamos tomado la decisión el río nos había mandado para alguno; efectivamente el más largo y desconocido para nosotros.
 
Continuamos bajando, ya el sol producía reflejos dorados en el río que nos indicaban que era tarde, mi espalda no daba más, tenía una ampolla en mi mano fruto de la remada; Oscar por lo menos podía arrodillarse y darse la vuelta, yo no, porque nos hundiamos ­David Medina debe tener cerca de dos metros­. Empece a pensar que deberíamos buscar un "claro" en la selva, donde pudiéramos pasar la noche, yo llebaba un encendedor con el que podríamos prender una fogata y al otro día, alguien nos remolcaría. De pronto aparecieron dos niñas río abajo, intentaban cruzar el río en un potrillo con gran habilidad, cada una con un remo, tenían sus cabellos dorados, piel blanca y una hermosa sonrisa... todo a su alrededor era paz, era hermoso.
 
-Nenas, por favor vendanos un remo, gritabamos incesantemente.
 
Se detuvieron en la mitad del río a unos veinte metros de nosotros, luego de suplicarles, mostrarles los dos mil pesos, nos dijeron una vez más.
 
-No podemos
-¿Para dónde van? les preguntó Oscar.
-Para la casa, y señalaron una de las orillas del ´rio cubierta por una selva impenetrable-
-¿Estamos muy lejos de San Luis? Les pregunté.
-No
-¿Dónde queda?
 
Rapidamente se giraron y dijeron:
-Ahí ­mientras señalaban con sus dedos­.
 
Efectivamente ahí estaba sobre la margen izquierda el árbol caído que rozaba el agua, que se movía constantemente y que marcaba la entrada a San Luis, nosotros por supuesto estábamos del otro lado del río, Oscar empezó a remar fuertemente y yo con el tarro trataba de ayudar y dirigir el potrillo, todas nuestras energías por alcanzar las ramas de ése árbol parecían alejarse, atrás quedaron las iñas, lentamente nos fuímos acercando, mientras el río nos arrastraba, por fin estiré mi mano y alcancé una rama del árbol, lo habíamos logrado, estábamos en San Luis.
 
Mientras nos dirigíamos al cacerío remando por la cañada, pensamos en las niñas... eran dos ángeles, dos ángeles en el río, sus sonrisas, sus cabellos dorados, esa alegría que irradiaban. De no haberlas encontrado, no sabemos a dónde hubieramos ido a parar.
 
¿Casualidad o milagro? No sé, pero no podremos olvidar la imagen de esas niñas, tal vez durante esas tres horas en el río nos acompañaron, nos guiaron, tal vez fueron dos ángeles en el Orteguaza.