Me unte de negro
- Adriana Ordoñez Vásquez
- Bacterióloga, Expedición Humana
La Gran Expedición
Humana brinda a cada expediocionario nuevas y variadas oportunidades para
enriquecerse en conocimientos y en experiencias... Entre otras tuve la
oportunidad de ser expedicionario del segundo tramo (Buenaventura, Nuqui,
Bahía Solano, Quibdó), en el que aprendí mucho y disfruté
aún más.
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- En nuestro paso por Nuquí, un paraíso
a orillas del Océano Pacífico, y ainstalados en el laboratorio
improvisado, tuve una experiencia que me dejo sin palabras...
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- Trabajaba sentada sumergida en mi mundo de microscopio,
cuando la presencia de tres pequeñas figuras delgadas atrajo mi
atención. Eran tres niños de la comunidad negra, parados
en la puerta de mi laboratorio con mirada ansiosa y curiosa preguntaban
que éra lo que estaba haciendo con el tal aparato.
- Animosamente los invité a entrar, dispuesta
a satisfacerlos. Les expliqué que miraba el microscopio para determinar
que microorganismos encontraba. Para hacerme entender les dije que cada
cosa que ellos tocaban y veían estaba llena de minúsculos
"animalitos" que a simple vista no veían.
- Entonces, les pedí que me trajeran una
hoja de árbol, y una hormiguita para ponerlas en el microscopio.
Al observar la hoja por entre el lente, uno de ellos me preguntó:
- "Docto, ¿qué hay más
en el mundo, hojas o bacterias?".
- Después de mi corchada, seguí con
mi ilustrada explicación, sin darme cuenta de que, el mismo pequeño
que había hecho la gran pregunta, al levantarse del asiento que
yo le había cedido para acercarse al microscopio, lo limpiaba con
su manita para que yo me pudiera sentar. Al principio no le di importancia,
pero a la tercera vez, con gran curiosidad e incertidumbre le pregunté
porquñe lo hacía y tristemente me dijo: "Docto, no quiero
que se unte de negro". Calores me subieron al rostro y algo en la
garganta me impidió hablar. Sentí que esos ojitos tiernos
dividían mi corazón en dos. Me tomó varios minutos
reaccionar.
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- Cogí su delgado bracito, me levanté
la manga de la blusa y de manera algo brusca restregué mi brazo
contra el suyo, y le pregunté angustiada: ¿ves algo? ¿ves
que destiñes o que yo me "unto" de negro? Le dije: NUNCA
le limpies la silla a nadie. El niño bajando la mirada me explicó:
"Pero Docto, un día estaba jugando con un niño muy lindo
blanco y su mamá se lo llevó y le dijo: ven no quiero que
te untes de negro".
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- Días más tarde, a medida que la
lancha que nos llevaba al buque se alejaba de esa hermosa playa negra colmada
de sentimientos y de niños que sentían sin entender el peso
del racismo, me di cuenta de lo que aquel niño negro había
logrado enseñarme.