
- Los Jaibaná:
- aquellos sabios pasivos
- Heidi Pohl
- Diseñadora Industrial. Universidad Javeriana
-
- En medio de una selva inhóspita y húmeda,
cargada de misticismo y ruidos extraños encerrados en troncos antiguos,
tuvo lugar nuestro encuentro. Allí, a orillas del bajo San Juan
(Chocó), en un pequeño delta que el río formó
por capricho, se levanta una de las comunidades Waunana. Es una comunidad
conformada por doscientos habiantes que viven en tambos de madera y techos
de zinc que el progreso aportó. Las familias ubicadas en cada tambo
constan aproximadamente de 12 integrantes, entre los cuales se encuentran
padres, hijos y nietos. Viven de la pesca, la tala de árboles y
la fabricación de artesanías.
-
- Llegamos un día cualquiera, como seres
curiosos cargados de equipaje, de extraños elementos y de millones
de inquietudes.
-
- Las mujeres, tímidas y calladas, nos recibieron
al principio con recelo y sonrisas desconfiadas, pero luego con el transucrrir
de los días nos ofrecieron humildemente su cotidianidad. Su intimidad
sucede entre llantos de pequeños, humo penetrante que despide un
hogar que jamás se apaga, un constante tejer de cocas de werregue
y de pintura corporal con jagua. Mientras preguntábamos y observábamos,
ellas tejían interminablemente haciendo uso de sus manos y pies,
curtidos por el constante roze con el "werregue" teñido
de negro y naranja.
-
- Entre palabras en lengua Waunana, desconocidas
por nosotros, y gestos amistosos, nos enseñaron pacientemente su
arte. Mientras tanto los niños más pequeños rondaban
desnudos por todo el tambo, acercándose a sus madres cuando estaban
hambrientos. Las mujeres más ancianas tejían en silencio
y de vez en cuando se levantaban a avivar el fuego, conformado por tres
troncos colocados en triángulo y recubiertos con palos más
pequeños. Luego observaban y mecían cariñosamente
a los bebés ubicados en pequeñas hamacas improvisadas, conformadas
por bateas enrolladas con parumas.
-
- Mientras las horas pasaban, nos confundíamos
en el humo constante que despedía el hogar, entre historias y cuentos
y el sabor amargo de un café oscuro, acompañado con crujientes
tortillas de papa china.
-
- Aquellas niñas hechas mujeres desde edades
muy tempranas nos abrieron una brecha en sus costumbres, mientras los hombres
observaban pasivos, ocultos en las penumbras de sus moradas "invadidas".
-
- Luego fueron los niños, quienes inquietos
con nuestras cámaras y nuestras constantes preguntas, decidieron
seguimos para investigarnos, como ellos a su vez estaban siendo investigados.
Jugamos juntos, reímos juntos y, reímos juntos y, sobre todo,
compartimos elementos de nuestras culturas específicas, como el
baile del "meneíto", así como el del "jari
chapari".
-
- Finalmente los hombres cedieron caprichosamente
a nuestra presencia. Decidieron hacer preguntas, conversar con nosotros
e indagar a fondo nuestras intenciones. Y fue en ese momento después
de un arduo trabajo y una constante lucha por ganar confianza, que logramos
acercarnos al "Jaibaná" o médico brujo.
-
- Uno de los cuatro que habita en la comunidad
nos recibió una noche callada, para contarnos historias y recordar
tradiciones. En medio de un tambo, iluminado tan sólo por la luz
tenue de una vela gastada, nos sentamos a su alrededor, ansiosos por escuchar,
por descubrir, por aprender. Su voz sonaba lejana, perdiéndose en
los ecos del silencio y nos adormecía recordando historias de la
creación, de la madre naturaleza, de los dioses que habitan la noche
y el río. Era un hombre común, pero sus palabras estaban
cargadas de un dulce misticismo. Sus relatos eran cálidos y paternalistas
y nos envolvían lentamente en la historia de un pueblo que ha mantenido
sus costumbres por medio de la tradición oral.
-
- Poco a poco nos sumergimos en sus relatos, observando
de cerca aquellas sombras, que según ellos conforman a cada ser
humano y que huyen de vez en cuando a la selva, atraídas por las
almas de los árboles. aquellas sombras oscuras que son indispensables
para la salud de su dueño. Sombras que deben ser devueltas a su
origen por medio de los Jaibanás en noches eternas de rezos curativos,
adornadas con guirnaldas de palmas, encantadas con cantos antiguos y bastones
tallados, amenizadas con olor a tabaco, viche y café.
-
- Los Jaibanás, esos sabios pasivos que
permanecen junto al río esperando a quién curar. Compañeros
de tongueros y conocedores de una ciencia maravillosa, destinada a unos
pocos, practicada por unos cuantos. Los conocí en medio de una selva
inhóspita y húmeda, cuando su murmullo se lo llevaba lastimosamente
el olvido.
-
- En la penumbra de atardeceres irreales, tuvimos
la oportunidad de compartir sus vidas por unos instantes, unos preciosos
minutos que no sólo nos enriquecieron como investigadores de la
Gran Expedición Humana, sino como seres humanos.