El palo golondrino
Oscar Salazar Gómez
Médico Cirujano. Universidad de Caldas
Salimos de San Antonio de Getuchá un grupo más de la Expedición Humana, buscando las comunidades indígenas colombianas del Caquetá y Putumayo. Tomamos el río Orteguaza, llegamos a su desembocadura en Solano y seguimos por el río Caquetá: ancho, inmenso río, cercado de tupida vegetación selvática, donde sobresalen palmeras espigadas con fértiles penachos e imponentes ceibas que abren sus brazos abarcando misteriosos espacios y colgando en sus ramas nidos de bulliciosos mochileros que los adornan como árboles navideños; oscuro río que refleja el azul del cielo y sus blancas nuebes que se tornan grises, rojas y violetas a medida que transcurre el día sentados sobre tablas en el suelo de una larga embarcación. Recorrimos dos días, entre risas, chistes y jolgorio, y nos acercamos al fin a la orilla para remontar un caño de claras aguas, el Jirijirí, que da nombre a una comunidad de indígenas Murui Muninane, donde encontramos un amplio asentamiento de gente amable, y una gran maloca que nos fue prestada para instalarnos y dormir. Esta es sostenida por pilares que nos dan cobijo a este gran grupo de 28 personas, debido a que su centro amplio es cubierto por un techo de fina palma, cocido entre trasversales peldaños que no llegan al suelo. Así que no teníamos sitio donde guindar nuestras hamacas, pero sí un gran sitio donde permanecer.
 
Nuestro dilema era cómo acomodarnos, y fue así como algunos de nosotros guindamos las hamacas en los pocos postes que sostienen las puertas y la cocina. Pepe guindó su hamaca en uno de los extremos laterales cerca a la puerta de salida; Anuar y la Negra resolvieron dormir en el suelo sobre unas ásperas tablas; Connie Cárdenas guindó cerca de la cocina y se dio cuenta que tenía por compañeros a una gran araña amarilla y peluda que no pudo ahuyentar con sus gritos y un enorme sapo que se inflaba al sentirla cerca; Roosevelt resolvió hacerle compañía y protegerla de tan feroces animales. Marta C. se dejó organizar por Anuar en un amplio espacio que ocupó casi media maloca. Pero quedabamos faltando más de 12 personas por organizar nuestras hamacas. Entonces el cacique, preocupado y al saber que el podría acomodar en su amplia maloca más de cinco comunidades con 50 miembros y no podía acomodarnos a nosotros debido a nuestra amplia y voluminosa forma de ser y vivir, mandó traer un inmenso "palo golondrino". Así nos encontramos con un elemento que antes hallábamos en su lugar de trabajo y nunca tuvimos la necesidad de reacomodar a nuestro antojo, sino que simplemente nos adaptábamos a él... y ahora deberíamos acomodarlo para poder disponer e instalarnos.
 
Así entró por la enorme puerta cargado por dos indígenas, ypor su gran tamaño casi no cabía en la maloca. Y fue deajado a nuestros pies, necesitando a más de 20 de nosotros para poderlo levantar, aún con la ayuda de Luisa Tobar, nuestra coordinadora, que por su tamaño quedaba más bien colgada.
 
Inicialmente tratamos de colocarlo en forma diagonal pasando por el centro de la maloca, pero empezaron las voces de consejos que decían que allí quedaba mal, que estaba muy al centro, que ocupaba mucho espacio y debería ser corrido. Entre todos movimos el enorme "palo golondrino" dentro de la maloca, sin mucho éxito ya que los diámetros de ésta chocaban con sus puntas limitando sus movimientos, a pesar de las lógicas afirmaciones de Pepe que aseguraba que por unos cen´timetros más hacia arriba o hacia adentro el palo se acomodaría. Intentos fallidos.
 
Volvimos a oir sugerencias de todos: que lo corran adelante, que mejor atrás, que lo levanten, no, que mejor lo bajen. Adriana propuso que por el tamaño del palo lo mejor sería cortarle un buen pedazo a uno de los extremos. Martha Catalina opinó que lo mejor sería cambiar su posición horizontal por vertical para que a modo de ramillete colgáramos las hamacas faltantes; Roberto decía que mejor sería colgarlo sobre el sagrado pilón de la coca. Luego de oírlos y obedecerlos a todos, lo mejor fue sacar el palo de la maloca, voltearlo y volverlo a entrar, ya no por la puerta sino por uno de sus lados. Resueltos a no oír más consejos, y balo la única y absoluta dirección de Memo Vallejo, el palo atravesó el espacio, y con ayuda de nuestra fuerza bruta quedó instalado en un extremo de la maloca listo para ser utilizado. Si embargo, tampoco sirvió: quedó inseguro y sobre un peligroso borde donde podría caerse y matar a varios de nosotros. Entraron Paula Gómez y Liliana Andrade y opinaron que mejor sería sacar el palo y volverlo leña, y a comodarmos mejor entre los ya instalados o en la cocina y olvidarnos del golondrino. Más los cálculos de instalación eran cortos y quedaríamos incómodos; así que resolvimos volver a sacar el palo, reubicar la punta más delgada y entrar de nuevo a la maloca. Transcurrían las horas, oscurecía, hacía mucho calor; ya cansados no queríamos ni mirar el palo; era como un enemigo para nosotros, que no tenía acojo ni cabida en este sagrado lugar de la maloca.
 
Desesperados tomamos fuerzs y volvimos a levantar en nuestros hombros al palo golondrino. Lo entramos nuevamente a la maloca ya oscura, caminando a tientas y tratando de atravesarlo por enciama de hamacas, equipaje, comida, el pilón sagrado de la coca, las hojas secas del yarumo, la hoguera, las mujeres, los perros y los niños. Maltratamos el techo, rayamos las paredes, tumbamos los objetos de las repisas y al fin pudimos atravesar el golondrino, quedando casi cmo estaba al principio de nuestra dispendidosa odisea.
 
Tuvo un amplio vuelo y nuestro peso al colgar las hamacas lo haría encorvar. Oscar trajo un palo que colocó vertical en el medio como soporte, ante las voces de protesta de Arquitectura y Diseño que decían que no ser´via, y que sin sofisticados elementos del taller de la Javeriana, no se podría ubicar dicho paral. Pero pudierom nás las buenas razones que la lógica universitaria y al fin Roosevelt sacó su "filuda" navaja tratando de hacer una cuña de apoyo, la cual tuvo que ser ayudada más tarde por un machete y posteriormente por un serrucho, y con amarres laterales y un gran tensor, propuesto por Liliana, la arquitecta, quedó al fin instalado este elemento que cruzaba y dividía la maloca ante los ojos asombrados de la de la comunidad que no entendía que hacíamos y no creía que pudiera sostenernos. Tendimos al fin nuestras hamacas quedando cómodos y amplios entre cajas, mosquiteros, el mercado, timbos con droga, planta eléctrica y filudos materiales, pero lejos de las ratas y demás musarañas terrestres.
 
Adriana y Claudia con miedo resolvieron irse a dormir a un lugar distante de este palo. Carolina y María Luisa resolvieron hacernos contrapeso guindando hacia el centro de la maloca. Al fín todos instalados. La gorda resolvió probar la resistencia del palo y todos sigilosa y nerviosamente nos sentamos en las hamacas, oyendo el leve crujido y sientendo un leve arqueo, demostrando que este palo evidentemente podía con nosotros. El golondrino quedó, finalmente, adornado con guindos multicolores, ponchos, ropa, morrales, bolsas con comida, elementos de trabajo y dos salchichones. Fue el testigo mudo de la estadía de la Expedición Humana. Vigiló nuestro trabajo, nuestro sueño; sirvío de centro a nuestras actividades y aderezó las palabras y los cantos de la gran fiesta que entre danza, música, mitos y magia quedó grabada en el recuerdo de nuestras mentes como una maravillosa experiencia que hoy no sabemos si fue soñada o vivida.