
- Ojos que sonríen
- Galo Naranjo
- Memoria Visual. Expedición Humana
La Gran
Expedición Humana visitó a los indígenas Nukak Makú
en Abril de 1993, quienes fuimos (Ignacio Zarante médico,
Oscar Salazar médico, Camilo Riaño odontólogo,
Luis Guillermo Vallejo artista, Diana Neira bacterióloga
y Galo Naranjo comunicador social), recordaremos esto como aquello
que siempre habíamos soñado, pero que no sabíamos
exactamente qué era. Lo incierto de su localización, sus
rasgos desconocidos, y la alegría que todo aquello encerró,
tiñén de vivos matices los recuerdos de un expedicionario
novato.
-
- Las primeras voces.
- Todos habíamos escuchado ya algo de los
Nukak-Makú, pero sólo hasta la noche en que Ignacio Zarante
nos habló de sus huellas en la selva, de sus sombras perdidas, y
del eco de sus voces, éstas empezaron a ser audibles para nosotros.
Lo incierto del camino a seguir no llegó a preocuparnos; sólo
pensábamos en lo importante que era este encuentro. Empacando todo
lo que nuestro atrevimiento permitió, empezamos a escribir esta
historia.
-
- La lluvia sólo cesó al amanecer.
Parecía en el momento en que nos despedimos del resto de expedicionarios
que el viaje iba a durar mucho tiempo. En realidad, partimos hacia otro
tiempo. Con la primera luz del día nos embarcamos en San José
por el río Guaviare. El ruido del motor se perdía en el silencio
atento con que escuchamos las primeras voces.
-
- No fueron pocos los colonos que al hablar sobre
ellos dibujaron sus siluetas e imitaron sus voces. Las paradas de nuestro
viaje en el río se vieron realmente justificadas por estos relatos;
no sabíamos a quíen seguir, confundidos por todos los sitios
que parecían uno sólo; los sentíamos cerca, allá
en la selva que nos bordeaba. Experimentamos la incertidumbre que mueve
al espíritu. Ya en Charras vimos a los Nukak en los ojos de un colono,
ojos que miraban sabana atrás.
-
- Continuamos nuestro camino. La noche llegó,
pero no llegó sola. Nos encontramos en medio de la selva, con una
bandeja paisa, unas botellas de brandy, y uno que otro paisa que con entusiasmo
nos preguntó cosas que nunca escuchamos por el ruido del último
disco de Wilfrido que llenaba los espacios de esa discoteca, indescriptible
e inesperada. Es algo curioso: estábamos en medio de la selva, en
una discoteca, tomando brandy, y suponiendo la preocupación del
resto de expedicionarios que habían quedado atrás.
-
- Hoy es el día
La mañana en
que nos adentramos en la selva desde Charrasqueras, otro grupo humano nos
respaldaba, los colonos, que en la noche anterior expresaron us preocupación
por el estado de los "Macuses", ofreciéndonos también
su hospitalidad, y guiando nuestro camino al límite indefinido de
su territorio con el de los Nukak. Recuerdo a Cachareto: él hizo
reales a los Nukak; sus palabras tenían el tono conciso de las emociones
que en realidad se han vivido.
-
- Entramos a la selva. Es curioso que en realidad
tenga un límite: uno entra a la selva. Al hacerlo sentimos, y sé
que hablo por todos nosotros, la alegría previa a la risa; nos reíamos
adentro, dentro de nosotros, y esas risas llenaban de un extraño
eco sitios desconocidos ¿Por qué esa alegría repentina?
la verdad, no lo sé.
-
- A nuestro paso por la selva aparecieron cada
vez con menor frecuencia las "chagras" claros para cultivar,
en este caso Coca. La selva a cada momento se hacía más
acogedora. Tiene habitantes, que nos saludaban: "¡buenas!",
como si pasáramos por ahí frecuentemente. Ya debían
ser las dos de la tarde, pero ahora no entiendo por qué parece que
caminamos apenas cinco minutos, y no varias horas. Pasamos muchos puentes
sobre caños; eran un tronco de un árbol derribado, mojado
como todo, aunque ya al final les teníamos práctica. La fatiga
era evidente. Estábamos cansados pero no pensábamos en eso.
El cansancio del que nunca hablamos se desvaneció cuando Felipe
nos miró por vez primera.
-
- El encuentro: la promesa de una amistad.
- Felipe es un hombre joven, atento, de mediana
estatura, de pelo rapado; por su cara se dibujaban patrones de líneas
rojas delgadas; tenía aretes de una fibra blanca, como
algodón, un collar oscuro en su cuello, una larga y oscura cerbatana
en su mano derecha; bajo su brazo, envueltos en hoja de palma, muchos dardos;
sonreía.
-
- Felipe caminó hacia nosotros en compañía
de algunos colonos que con dificultad le habían contado de nuestra
presencia. Cachareto era uno de ellos, un ser alegre que se llama a sí
mismo "el papá" de los Nukak. A su manera, sé que
en verdad los estima. Pero también es fácil pensar que los
utiliza para conocer la selva sólo ellos la conocen, para
aprovecharse de su mano de obra, para hacer más "chagras",
para cultivar más coca. A su lado, no recuerdo si cogidos del brazo,
se encontraba Felipe. Hoy todos recordamos la intensidad de su mirada;
puede ser que nuestros múltiples, y estoy seguro fallidos intentos
de expresar verbalmente lo que queríamos compartir con ellos, con
su comunidad, de nada sirvieron ante la sencilla promesa de una amistad
traducida en ojos brillando, sonrisas y tímidos saludos con la mano.
Parecíamos el hombre que de frente se encuentra a la mujer con que
siempre ha soñado, y no puede tomar control de sí, su cuerpo
se rebela, y esa rebelión es alegre.
-
- Felipe es el líder de un grupo Nukak compuesto
por 17 personas. Cuando lo seguíamos por la selva, él y nosotros
atrás quedaron los colonos, nuestros pasos eran cortos
y pesados ante su agilidad, muchas emociones brotabán de nuestra
piel. Sentí sed. No quedaba agua en la cantimplora de Camilo. Felipe
se dio cuenta y me obsequió una fruta de su selva; deliciosa sobra
decirlo. Era como una guanábana, pero la superficie no era corrugada,
era más clara, y más dulce. No que yo sea alto pero Felipe
si es más bajo. Por eso podía mirar mejor sus ojos, no los
he olvidado, no lo haré.
-
- En un tiempo que ninguno de nosotros es capaz
de precisar ahí fue que desapareció el tiempo,
nos encontramos en el interior de su campamento: mujeres, hombres, y niños
nos miraban. Esas miradas "hacían" silencio. Ese silencio
sólo pudo haber sido roto por sus manos y las nuestras, aquellas
que al tocarnos liberaron las palabras, aquellas que al ser escuchadas,
con su sonido, dibujaron sonrisas.
-
- ¿Cómo Llama?
- Todo en ese momento se hizo más claro;
nuestros temores se fueron con el humo de sus pequeños fuegos. Nacimos
a otro mundo en el que todo era nuevo; caminamos llevados de la mano, viendo
por vez primera, tocando por vez primera; a tientas encontramos nuestro
espacio.
-
El silencio implantado
por las miradas fue roto por una armónica que desde nosotros intentó
producir música. Como si lo anterior fuera una pregunta, ellos respondieron
con la nostalgia traducida en música, nostalgia interpretada en
un hueso a manera de flauta. Esta música se encontraba en completa
armonía con todo, incluso con nosotros mismos.
-
- En ese momento nos encontrábamos sonriendo,
nos mirábamos mutuamente, imitábamos su lengua como ellos
la nuestra ellos con mayor éxito; sonreíamos del
otro, sonreíamos de nosotros mismos, nos sonreíamos. Recuerdo
ahora a Linda: caminó hacia mí, de sus negros ojos salió
una sonrisa, de sus pequeño cuerpo se estiró una mano, me
tocó, y dijo: "¿Cómo llama?". Así
con todos nosotros.
-
- Después de un tiempo empezamos a mirar
su espacio. Ellos continuaron su cotidianidad. En sus chinchorros comían
toda clase de frutos, nos los ofrecían, atizaban su fuego, esperaban.
Su campamento era semicircular, con un espacio comunal libre en el centro.
A los lados se encontraban sus chinchorros, uno encima del otro, por parejas;
se protegían de la lluvia con hojas de platanillo colocadas por
encima de un travesaño atado a los árboles. Contaban con
varios fuegos que nunca dejaban morir. Por entre las palmas y por el Centro,
llegaba la luz, luz que venía de una tierra lejana; era como si
la casa estuviera en el aire.
-
- Un "simulacro" real
- Era hora de instalarnos. Así que buscamos
un sitio cercano donde construir nuestro campamento. Bueno, buscaron: Nacho,
Oscar, Camilo y Luis Guillermo, mientras Diana y yo permanecíamos
a la espera en el campamento. Ellos los acompañaron los hombres,
pero a cada momento los llevaban más lejos indicando que los siguieran.
Felipe escogió el sitio y se hizo un "claro" en la selva
que era simplemente exagerado para nosotros seis. Al tiempo, en el campamento,
las mujeres y los niños empezaron a empacar sus pertenencias; Diana
y yo no sabíamos que hacer, pensábamos que se iban a ir,
no sabíamos dónde andaban los otros. Los seguimos. Nos llevaron
al sitio donde se encontraban todos. Con asombro los vimos mudarse con
nosotros.
-
De seguro nunca
lo podremos explicar: por todas las esquinas del campamento llegaron Felipe,
Dumas, Tocayo y Luis cargados con hojas de platanillo; lo increible es
que venían con ellas por la espesa selva desde distancias superiores
a los 100 m, y estas hojas llegaban al campamento completamente intactas,
no se deshilachaban; con una estética envidiable, techaron armoniosamente
sus casas. Al terminar nos indicaron lo poco que desde ahí pudimos
ver de las nubes, ¿ah! y una sonrisa. Entendimos que se aproximaba
la lluvia; ante la oportuna insistencia de Oscar, y sólo por eso,
techamos nuestra parte del campamento, con la diferencia de que nuestras
hojas de palma se deshilacharon, dando a nuestro pequeño hogar la
apariencia de la única rosa que no florece.
- Una noche vivida gota a gota
- Desde nuestras hamacas podíamos ver sus
sombras jugar con los fuegos; podíamos oir sus voces, reír
sus historias; podíamos sentir como gota a gota se inundaban nuestras
hamacas, hasta que la lluvia nos impidió escucharlos más.
De nada valía levantarse a construir otra casa. De no ser por el
canto de uno de ellos, no podríamos haber caído dormidos,
arrullados tan dulcemente.
-
- Despertar
- Amaneció sin dolor, suavemente. Linda
despertó a Diana para que las acompañara a tomar el baño.
Los hombres ya habían salido de cacería; nosotros nos aprestamos
a trabajar. Del trabajo se hablará mucho: Las primeras muestras,
las primeras fotos, el primer cuadro, las primeras historias... Sin embargo
de eso no quiero hablar, como tampoco del camino de vuelta. Que mi crónica
finalice con ellos es una manera de quedarnos con ellos.
-
- Prefiero recordar ese día: compartimos
mucho, aprendimos de cada cual, ellos rieron por largo tiempo de la noche
"húmeda" que pasamos. Luego, construyeron nuestras casas
nuevamente. No lo pedimos: ellos simplemente lo hicieron. Y, al hacerlo,
nos dieron un hogar en su mundo.